Valentía se despertó en la enfermería; le dolía todo el cuerpo y casi no podía moverse. Su organismo estaba en modo recuperación y se cobraba el gran desgaste físico al que se había sometido. Su vista poco a poco se aclaró, y vio que en la camilla frente a la suya se encontraba Ginnett: estaba casi sentada, mirando por la ventana, con vendajes en la cabeza y en el brazo derecho.
—Al fin despiertas. Tus amigos vinieron varias veces a verte; estaban muy preocupados y demasiados ruidosos.
Valentía sonrió de felicidad, una sonrisa auténtica y llena de brillo. No le daba ninguna pena mostrar cómo se sentía.
—¡Sigues viva!
Ginnett se irritó con las palabras que le dedicó, aunque levemente empezaba a sentir vergüenza por la felicidad que irradiaba su contrincante. Pero la ira opacaba dicha emoción.
—¿Por qué crees que estaría muerta, enana tonta?
Valentía suspiró mientras mantenía su sonrisa; era un alivio inmenso que salía de lo más profundo de su ser, y su preocupación finalmente desapareció de su mente.
—Me alegra que sigas viva.
Ginnett apartó la mirada, pues se sentía incómoda: nadie de su misma edad se le había dirigido de esa manera, y no sabía cómo manejarlo.
—¿Por cierto, quién ganó? ¿Yo?
—No me lo preguntes a mí; es obvio que yo gané.
—Qué lástima, creí que había ganado.
Valentía se deprimió por un segundo al darse cuenta de que no había obtenido la victoria.
Al observarla, Ginnett vio que tenía ambos brazos enyesados. Muchas preguntas le venían a la mente, pero la interrumpió la voz de Valentía:
—Por cierto, lamento haberte roto el brazo. Tú me hiciste lo mismo con ambos, así que estamos medio a mano.
Ginnett se sorprendió; trataba de buscar en sus recuerdos el momento exacto en que le había quebrado los brazos, pero no podía identificarlo. Siempre la había visto manipular su martillo como si nada, y ahora se dio cuenta del porqué cambiaba de mano de vez en cuando.
Valentía se bajó de la camilla y se acercó hasta ella a una velocidad bastante rápida, mostrando su mejor sonrisa, llena de orgullo.
—Felicidades por haber ganado. Espero que algún día me des la revancha, porque eres increíble.
Ginnett se sorprendió al ver que no estaba mintiendo; si lo hacía, tendría una maestría en actuación. Su corazón aceleró: era la primera y única persona hasta el momento que la felicitaba por su victoria, y no sabía cómo manejar la situación. Luchaba consigo misma para ocultar las emociones que consideraba inútiles, pero al experimentarlas tan pocas veces, tenía muy poca práctica en el manejo de sus sentimientos.
Se vieron interrumpidos cuando entraron Máron y Loren al cuarto:
—Al fin despiertas, mi pequeña.
Máron gritó estas palabras mientras abrazaba con fuerza a Valentía, sin darse cuenta del daño que tenía en su cuerpo. Loren fue quien se dio cuenta y las separó antes de que agravara su condición.
—Debemos irnos; enseguida empieza la pelea de Melcifer. No puedes perdértela.
Valentía se iluminó de felicidad al saber que otra de sus amigas estaba a punto de entrar en combate. Antes de irse, giró hacia Ginnett, quien no le prestaba atención porque tenía la mirada perdida en la ventana.
—¿Estarás bien sola?
Ginnett se sonrojó ante las palabras tan confiadas de Valentía, más que nada por la preocupación que esta mostraba.
—Claro que sí, maldita enana.
—Está bien, cuídate mucho.
Los tres salieron de la habitación. Máron no quitaba la mirada de Ginnett; quería leer cada gesto o emoción que pudiera mostrar.
De camino a las gradas, se encontraron con Hastel, que iba en dirección contraria:
—¿Melcifer?
—Se acaba de ir a la arena.
Máron lo tomó del cuello y lo miró con mucha ira:
—¿Dejaste que se fuera sola?
—Pues claro, ella no quiso que la acompañara. Se enojó porque insistí.
Máron fue apartada de su hermano cuando Valentía apoyó todo su cuerpo en Hastel para sostenerse.
—No puedo creer que te hayas acordado de mí. Me alegra mucho al fin volverlos a ver.
Hastel empezó a reír de felicidad y la abrazó con mucho entusiasmo:
—A mí también me alegra volver a verte.
Valentía se despegó de sus brazos y lo miró a los ojos:
—Esto te pertenece. No sabes lo mucho que me ayudó cada noche y en cada momento malo que tuve que vivir. Ahora al fin te lo puedo regresar.
Hastel se quedó a la espera para recibir lo que ella quería darle, pero nada sucedió. Máron lo miró con enojo y se acercó como para pegarle, al no entender la situación:
—¡¿IMBECIL NO VES QUE TIENE AMBOS BRAZOS QUEBRADOS?! Hazlo tú.
Valentía se dio media vuelta, mostrando su espalda, y suspiró para aliviar la nostalgia de tener que soltar algo que había estado con ella durante mucho tiempo:
—Gracias, Hastel. Promesa cumplida. Ahora que los tengo, ya no me hará falta.
—Me alegro que te haya sido de ayuda.
Hastel le regaló su mejor sonrisa, aunque un poco forzada. Valentía no se dio cuenta, ya que estaba muy entusiasmada con la pelea de Melcifer.
Hastel se quedó mirando aquel dije: tenía la forma de una luna con una piedra preciosa en el centro. Lo observaba con tristeza; había algo más allá que su corazón debía ocultar.
Máron, al verlo así, supo de inmediato que no estaba del todo bien y se hizo una idea de lo que ocasionaba su humor decaído:
—¿Supongo que ver el collar que compartes con Cassydie no te sentó del todo bien? ¿Me equivoco, hermanito? Si no puedes hablar por miedo a empezar a llorar, solo parpadea dos veces.
—No hay un solo día que no piense en ella.
—Lo sé, yo igual. Seguro debe estar viviendo con una manada de osos o lobos; así es ella.
—¿Aún lo tendrá?
—Claro que sí, jamás se lo quitaría. No debes preocuparte tanto: volvimos a encontrar a Valentía, también encontraremos a Cassydie.
—¿Y si por casualidad está…?
—La rescatamos, no hay duda.
Máron se había puesto seria al dejar que su imaginación funcionara y creer el relato de Hastel. Le temía tanto a esa posibilidad como a su hermano.
—Así que no te preocupes, pequeño.
—No me digas pequeño.
Máron se fue corriendo para alcanzar a los demás, mostrando su mejor sonrisa y llenando el ambiente con su risa. Dejó a Hastel de mal humor, ya que no pudo defenderse como esperaba.