Melcifer se apoyaba en la pared de un largo pasillo, esperando su turno para ingresar a la arena. Su mente repetía un ciclo constante: contaba de uno a cinco, luego descendía de seis a uno y volvía a empezar. Era su forma de mantenerse concentrada y evitar que sus pensamientos se dispersaran sin necesidad.
Suspiró, tratando de hacer desaparecer nervios y miedos al unísono. Debía mantener la mente alerta para analizar cada posibilidad que se le presentara. Buscó en su bolsillo y sacó un trozo de pan; mientras lo comía, recorría y analizaba la arena en su imaginación. Gracias a sus recuerdos, tenía una imagen vívida del lugar, la cual necesitaba conservar nítida para planificar sus movimientos y determinar qué sería factible. Conocía los desniveles y desgastes del terreno, así que también los aprovecharía a su favor. Se esforzaba por detectar cualquier detalle que no quisiera que se usara en su contra; debía anticiparse incluso antes de que su contrincante la divisara. Era excesivamente precavida en cada situación, ya fuera favorable o adversa.
Pasados unos minutos, comenzó a revisar los materiales con los que entraría a luchar. Debía comprobar que todo estuviera en orden y que no le faltara absolutamente nada. Al terminar, sacó el regalo que su madre le había hecho antes de salir de Bélenn: se colocó el guante y observó el cifrado grabado en su superficie. Su mirada reflejaba la nostalgia que le producía aquel objeto inerte, el recuerdo más preciado que poseía. Lo ajustó mientras respiraba hondo, tratando de deshacerse del último resto de nerviosismo que la atenazaba. Debía liberar su mente de toda duda y de cualquier idea irrelevante.
La gran puerta se abrió, anunciando el inicio de su combate. Entró bajo los gritos de la multitud, lo que intensificó sus nervios. Trataba de ocultarlos lo mejor que podía, pero le resultaba difícil no mostrar tal emoción. Se detuvo, miró a su alrededor en todas las direcciones, se quitó la campera y la arrojó a un costado.
—Buenas. Soy Esben del linaje Radsadios; es un placer enfrentar a una muchacha tan linda como tú.
Melcifer estaba tan absorta en la observación de su entorno que no prestó atención a sus palabras. Ello hizo que él sonriera, ya que no era común que lo ignoraran de ese modo.
—Trato de ser amable. Es cortés presentarse antes de una pelea.
—En una pelea real no tendrías tiempo ni de pronunciar la primera sílaba de tu nombre. Concéntrate.
Melcifer desapareció de su vista. Él no le dio la debida importancia, pues creía ciegamente que no podía hacer nada fuera de lo ordinario. Sin darse cuenta, recibió un golpe directo en la espalda que lo lanzó varios metros hacia adelante. Cayó al suelo, pero logró ponerse de pie en un instante.
Esben se quedó desconcertado, sin entender de dónde había salido el ataque. Si se suponía que ella estaba en el lado opuesto de la arena, no lograba comprender cómo había podido golpearlo por la espalda de ese modo. Escuchó cómo un grupo de espectadores alentaba a Melcifer; al prestar atención, se dio cuenta de que había un pergamino adherido a la pared. Así dedujo su truco y sonrió por la ocurrencia, por el tiempo que se había tomado en planificar tal acto.
—¡Te dije que te concentraras!
Al observarla, vio que ella le apuntaba con la mano. Se puso en guardia, preparándose para amortiguar el impacto lo máximo posible, pero en ese instante ella bajó la mano hasta el suelo mientras sonreía. Escuchó un sonido característico y, al localizar su origen, se dio cuenta de que provenía de la campera que Melcifer había arrojado minutos antes. Maldijo entre dientes justo cuando un golpe le alcanzó de lleno en las costillas; por segunda vez fue lanzado por los aires.
Melcifer aprovechó la brecha creada y se lanzó contra él, que permanecía desprotegido.
—No te atrevas a subestimarme.
Esben pronunció estas palabras mientras mantenía la vista baja. Tomó aire, llenando por completo sus pulmones, y al sentir que ella estaba a punto de alcanzarlo, abrió los brazos con fuerza, expulsándola de su rango. Ella voló hacia atrás, pero cayó de pie y sonrió.
—Eres linda y tierna por creer que tienes oportunidad contra mí. Bajé mi guardia por causa de tu belleza.
—¡Basta de decirme que soy linda! Pelea, imbécil.
—Lo siento, pero las palabras me salen solas al verte a los ojos.
—Si crees que vas a desconcentrarme con estas ridiculeces, estás equivocado.
—No, por favor. Cuando tengo una belleza enfrente, no puedo evitar elogiarla.
Melcifer hizo caso omiso a las palabras de su contrincante. Para ella, no eran más que una distracción inútil que no tendría ningún efecto sobre su concentración.
Apoyó ambas palmas en el suelo y ese sonido característico volvió a resonar. Esben fue golpeado por la espalda nuevamente; esta vez no lo tomó tan de sorpresa como antes, pero el impacto logró lastimarlo y desgarrar su ropa. Estaba enfurecido y cansado de los mismos ataques.
—¿Maldición, cuántos pergaminos has dispersado por aquí?
Melcifer solo respondió con una sonrisa.
Esben se lanzó contra ella, conectando golpe tras golpe, pero no lograba darle uno certero. Jamás sintió que la tenía acorralada; todo lo contrario: era él quien se sentía en esa situación, a pesar de estar a la ofensiva. Era como si ella hubiera planeado cada una de sus acciones, como si fuera un títere movido por su voluntad. Aún no comprendía el guion que ella tenía en mente, pero ella anticipaba cada movimiento, cada pensamiento. Esto lo hizo desconcentrarse aún más, ya que no lograba entender cómo alguien sin experiencia previa en combates podía tenerlo tan acorralado.
Se alejó para respirar y planificar sus movimientos con más claridad, sin darse cuenta de que estaba haciendo exactamente lo que ella quería. A pesar de haber lanzado la mayoría de los golpes, fue él quien más recibió impactos.
—¿Quién rayos eres?
Esben pronunció estas palabras mientras jadeaba buscando aire; se le notaba exhausto. Melcifer respondió a su pregunta con una sonrisa, un gesto que lo hizo enojarse y emocionarse a la vez, ya que estaba siendo anticipado con extrema precisión en cada movimiento que planeaba.
Esben logró detectar una apertura en su defensa: le dio un golpe en el pie para desestabilizarla y, con la palma de su mano, le impactó en el estómago, haciendo que retrocediera varios metros. Gozó de ese momento, pues al fin había logrado darle un golpe; ahora era el turno de tomar las riendas del combate.
Al intentar dar un paso adelante, fue atraído desde la rodilla hasta el suelo. No podía moverse y no lograba comprender cómo había cometido un descuido tan infantil; para alguien de su entrenamiento, tal error era inadmisible.
—¿Creíste que ahora sería tu turno, verdad?
—¿Dejaste que te golpeara? ¿Por qué…?
No logró terminar la pregunta, ya que el sonido característico del cifrado de signos lo hizo callar de inmediato. Miró a su alrededor buscando descubrir su origen y se quedó atónito al ver que los pergaminos estaban distribuidos por todas partes. Inmediatamente observó a Melcifer, que luchaba con todas sus fuerzas contra los pocos segundos de ventaja que le quedaban. Aun así, su gran esfuerzo fue inútil: fue alcanzado por impactos desde todas las direcciones.