Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 47.

La arena se llenó de polvo, cubriendo por completo a ambos contrincantes. Cuando este se dispersó, Melcifer limpiaba sus lentes manchadas de tierra. Al frente suyo yacía Esben en el suelo; su ropa estaba desgarrada y algunas heridas rojizas evidenciaban la crudeza del ataque.
—Levántate, Esben. No puedes perder por un golpe así.
—Ya lo sé. Solo que me duele todo el cuerpo.
Tosió con fuerza y se puso de pie con dificultad. Al observar su vestimenta, se dio cuenta de que estaba irreparablemente rota; la remera se había deshecho del todo, dejándolo con el torso al descubierto. Su físico dotado y evidentemente entrenado hizo que Melcifer sintiera un cosquilleo de nervios.
—¿Qué carajos haces? ¡Eso es hacer trampa!
—¡¿Eh?! Lo siento… Me molesta luchar con ropa destrozada.
—¡Jueza! ¡Descalifíquelo!
La jueza observaba la escena y trataba de formular su respuesta con serenidad.
—Señorita Cherysshev, lamento informarle que no está incumpliendo ninguna norma de la institución, ni mucho menos del combate.
Melcifer se irritó y miró a Esben, quien se reía a carcajadas con la situación.
—¿Melcifer, podemos continuar? ¿O aún necesitas tiempo para recuperarte?
Melcifer le lanzó su zapato, que impactó directamente en su cabeza. Su rostro reflejaba la rabia que le producían las palabras de su contrincante.
—¡Devuélvemelo!
Al oír su grito, el cuerpo de Esben dio un pequeño espasmo de miedo. Se acercó hasta ella y se lo entregó; ella le agradeció sin mostrar ningún gesto y, mientras volvía a su posición, se lo calzó.
—¿Ya podemos seguir?
Melcifer asintió mientras terminaba de ajustarlo, pero en ese instante escuchó el sonido característico del descifrado de signos. Inmediatamente se quitó el zapato y lo empujó con velocidad increíble, quedando boca arriba en una postura desventajosa. Esben aprovechó la ocasión, se colocó encima de ella y aprisionó sus brazos, riendo al verla acorralada y sin espacio para moverse.
—Conté tus pergaminos. Ya no te quedan más; no tienes cómo salir de aquí.
Melcifer luchó con todas sus fuerzas, pero no fue suficiente. Esben le pisó ambos brazos con los pies para liberar sus manos.
—Es una lástima que termine así nuestra pelea. Solo me bastará un golpe para acabar contigo, preciosa.
Apuntó la palma de su mano hacia su rostro. Desde esa posición, pudo ver el descifrado que planeaba usar y notó que su potencia era baja: no la mataría, pero sí la dejaría inconsciente. Melcifer se frustraba consigo misma por no encontrar una salida, mirando con desesperación a su alrededor en busca de alguna solución. Al no ver nada, se quedó observando en silencio el guante que su madre le había regalado con tanto cariño. Sentía que la estaba defraudando, que no estaría orgullosa de verla en aquella situación tan humillante. Cerró los ojos y comenzó a contar: del uno al cinco, luego descendía.
—Lo siento, mamá… Pero no pienso perder.
Esben la observó sin entender a qué se refería; las palabras no tenían sentido para él. En ese momento, Melcifer tomó una gran bocanada de aire, inflándose hasta las mejillas. Apretó los puños por un segundo y, al abrirlos completamente, una onda expansiva salió de ambas palmas. Nada se movió: ni la tierra suelta de la arena, ni la ropa de Esben. Todo quedó inmóvil. Él se quedó paralizado, su cuerpo no respondía a ningún comando. Ella se deshizo de él con facilidad, apoyó el brazo con el guante en su pecho y dijo:
—¡Te equivocaste al contar!
Lo lanzó con fuerza contra el paredón de la arena. Al caer al suelo, todo volvió a la normalidad.
Esben permanecía con la mirada perdida y llena de miedo. Algo no cuadraba, algo no estaba bien: sentía un temor inminente, su pecho y garganta ardían. Trató de ponerse de pie mientras su cuerpo temblaba.
Melcifer se agachó y adoptó una posición de ataque que Esben reconoció al instante. Su corazón se aceleró y su cuerpo se quedó inmóvil de nuevo. Con gran velocidad, una aura asesina envolvió su espalda, tiñendo todo de tonos violeta y negro. El suelo temblaba y un pequeño torbellino rodeaba su cuerpo. Esben fue un espectador en primera fila de aquella escena; la sensación ya la había vivido, y recuerdos de aquel momento lo invadieron por completo. El suelo se partió en varias direcciones, el viento levantó la tierra de la arena y todo se volvió marrón por la ventisca generada.
Melcifer se lanzó contra él con los brazos en forma de cruz sobre el pecho. El miedo reflejado en el rostro de Esben era palpable.
—¡ME RINDO!
Gritó con todas sus fuerzas y se quedó jadeando de nervios. Su tez se había vuelto más pálida por el temor. El estadio se quedó en silencio. Melcifer canceló su ataque justo enfrente suyo y lo miró con indiferencia, sin comprender cómo había llegado hasta allí.
—Esa pose la conozco perfectamente. Si hubieras dado ese golpe, igual yo habría perdido.
Esben le susurró al oído. Melcifer estaba enojada: no era la forma en que quería ganar, esperaba más acción, pero todo se había resuelto con unas palabras tan simples.
—No te preocupes. El secreto de aquel viejo está a salvo.
Melcifer lo miró sin entender nada, tratando de descifrar su significado, pero no logró encontrar sentido a sus palabras.
El estadio estalló en gritos de alegría; el ambiente se llenó de felicidad. Mientras anunciaban a Melcifer como la ganadora —aunque la pelea no durara lo que ella había planeado—, Esben abandonó la arena. Ella lo miró con enojo y confusión por lo sucedido.
El combate se había decidido rápidamente, y la incertidumbre de si su desempeño sería suficiente para ascender a una clase de mayor prestigio la invadía. También la inquietud por la rendición de Esben: necesitaba comprender por qué se había retirado de esa manera, sin dar más pelea.




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