Gehena

I

"Qué lugar tan horrible".

Eso pienso cada vez que salgo de casa a comprar algo para mi madre.

Este no es el típico escenario frío, con neblina, ambientado en algún rincón de Europa; claro que no. Es un lugar espantoso con el calor a 40 grados, un sol que casi te deja ciega y, lo mejor de todo: el chisme, que corre como fuego abrasador en cuaresma. Aquí no vives, sobrevives. Tengo la experiencia para decirlo, y eso que apenas llevo seis años aquí.

A pesar del tiempo, nadie me conoce realmente, a excepción de unas pocas personas. Aun así, eso no significa que salga por gusto. No soy la típica chica de libro que lee todo el día y no sale de casa porque es "diferente". Al contrario, hablo mucho; soy un completo fastidio incluso dentro de mi hogar, pero este patético pueblo no merece mi personalidad espontánea.
Prefiero ser indiferente. Aquí no se puede confiar en nadie.

-Clave -la voz de la cajera me sacó de mis pensamientos.
-1312 -respondí.

Mientras tanto, observaba a un grupo de chicos que conocía pasando frente a la tienda. Se veían alegres, parecían buenas personas, pero no lo eran. Todos tenían historias oscuras. Ahí iba Sara, por ejemplo; en la fiesta de promoción se la cogieron cuatro de sus compañeros de salón en un plan orquestado.

Ni hablar de los varones, esos hicieron cosas peores, pero no es mi problema.
Tomé el kilo de azúcar para volver a casa a dibujar. Sí, dije que no sería la típica chica de libros, pero tengo que tener algún pasatiempo, ¿no? Se aguantan.

-Fara, ¿dónde está el cubito? -preguntó mi mamá con una ceja arqueada.
-Se me olvidó -dije con un gesto de cansancio.

Tuve que salir de nuevo, pero no a la misma tienda; no quería toparme con esos chicos, así que fui a una que queda un poco más lejos.

Caminé por la zona que tiene más árboles para evitar el sol. Noté, extrañada, que no había nadie, ni siquiera los niños que siempre estaban fastidiando por ahí.

De repente, una brisa fría salió de entre los árboles y golpeó mi cara. Era algo insólito en este lugar donde el calor es patrimonio cultural. Miré al cielo y vi que se avecinaba una tormenta, así que apresuré el paso.

De regreso, mi plan falló.

La lluvia empezó a caer con fuerza y tuve que correr. La gente que se resguardaba en los locales me veía como a una loca, pero mi mamá necesitaba ese cubito para el guiso de corazón.

Casi llegando a casa, visualicé una figura frente al portón. Se veía borrosa por el agua en mis ojos.

-¡Hey, quítate, que me estoy empapando! -grité a unos dos metros.

Pero cuando estiré la mano para apartarlo, la figura desapareció. Era imposible. Allí había alguien.

Antes de que el cubito se deshiciera en mi mano, entré a la casa.

Me quedé pensando toda la tarde. No estoy loca, yo sé lo que vi. Era un chico alto, delgado, de cabello marrón... pero no vi su cara. Fue como una ilusión.

-En serio estás loca -dijo mi primo pequeño, sentándose en la sala al verme hacer gestos mientras pensaba.
-Cállate, tú estás peor -le lancé un lápiz.

Tal vez tenga razón. He escuchado voces cuando me quedo sola y siento que me observan. Incluso he sentido que me tocan mientras concilio el sueño, pero no hay nadie. No se lo digo a mamá; siendo cristianos, esto no se vería nada bien.




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