Gehena

II

-Ven...
-Ayúdame...
-Me has visto...
-Recuerda...
-¡RECUÉRDAME!

Salté de la cama con el corazón galopando y bañada en sudor. Lo peor es que el aire de la habitación está casi congelado, pero mi piel arde.
Miré la hora: las 3:00 a.m.

-Otra vez -susurré. No es la primera vez que despierto a la misma hora, con el eco de esos sueños taladrándome los oídos. A veces ni siquiera intento dormir; me quedo mirando el techo hasta que amanece.

Me levanté y fui a la sala para dibujar la imagen que se había quedado grabada en mi mente.
Es un chico. No tengo idea de quién es, pero sueño con él constantemente. Lo único que me desespera es que no logro recordar su rostro. Tengo una carpeta llena de bocetos de él, todos con la cara borrosa; son casi cincuenta dibujos acumulados a lo largo de tres años.

En este nuevo dibujo lo retrataré de espaldas; así es como mejor lo recuerdo. Me puse los audífonos para aislarme con música, pero por el rabillo del ojo vi una sombra parada a mi lado.

Mi respiración se entrecortó. Podría jurar que había alguien observándome, evaluando cada trazo.

Tomé valor para girar la cabeza, pero no había nadie.

Lejos de tranquilizarme, el vacío me hizo sentir mucho peor. El miedo se apoderó de mi cuerpo y regresé corriendo al cuarto; esa tensión era insoportable.

°°°

Fui a la universidad sin ganas. Este inicio de semestre es peor que el anterior: la hipocresía de mis compañeros, el calor sofocante y los profesores insoportables son una combinación letal para mi paciencia.

Me senté en el salón a revisar el celular, pero algo me distrajo: un muchacho al fondo del aula. No tenía nada de especial a simple vista, pero emanaba un aura misteriosa, sospechosa, como quien oculta un secreto pesado.

Tenía la mirada baja, pero su postura hablaba por él. Me quedé observándolo; no me generaba ni un ápice de confianza. ¿Un estudiante nuevo? ¿Algún traslado? Mi curiosidad, esa que dicen que mató al gato, se disparó.

Aunque supongo que eso no aplica para los humanos, ¿no?

-Sí aplica -susurró una voz justo a mi oído.

Giré bruscamente, pero el chico del fondo ya iba saliendo del salón. ¿Había sido él? ¿Cómo pudo escucharme? A menos que estuviera pensando en voz alta sin darme cuenta, algo que me sucede a menudo. De todas formas, fuera él o no, ¿qué le importaba? Un metiche más, como todos los demás. Mejor que se guarde sus comentarios; no me interesa conocer a nadie.

Pasé la mañana concentrada. Mi mal genio no me hace mala estudiante; no entiendo a los que dejan que su actitud arruine sus notas.

Al salir, me dispuse a subir al bus, pero el chico misterioso estaba allí, ocupando el último puesto libre. Preferí bajarme y esperar el siguiente. Sin embargo, en cuanto el bus arrancó, él se bajó también y se paró a mi lado.

-Oye, si te ibas a bajar, me hubieses dejado el puesto. Hay personas con ocupaciones, ¿sabes? -le solté con mi tono más serio.
-Por andar afanados, a veces causamos nuestras propias tragedias, niña -respondió sin mirarme. Al bajar la vista hacia mí, noté que tenía heterocromía: un ojo marrón y otro negro. Me quedé helada; nunca había visto algo así.

-¿Y eso qué tiene que ver con lo que te dije? -pregunté extrañada.
-Lo verás.

Se dio la vuelta y se marchó. Qué tipo tan raro. Tenía unas ojeras que no eran normales; quizás algún vicio, quién sabe.

Al fin llegué a casa. Mi mamá me recibió con un abrazo tan fuerte que me extrañó. No es que no sea cariñosa, pero lo hizo con una angustia palpable.

-Mamá, ¿qué pasa?
-El bus en el que siempre vienes tuvo un accidente, hija. Un camión lo chocó por detrás y murieron los que iban al fondo. Gracias a Dios estás a salvo.

Me quedé gélida. Un accidente... ¿Cómo pudo saberlo él? Justamente estaba sentado en el último puesto. No puede ser casualidad. ¿Cómo lo sabía? "Es solo una coincidencia", me repetí una y otra vez, intentando convencerme.

Para distraerme, por la tarde fui a la cancha a practicar básquet. No es que juegue mucho, pero lanzar el balón me ayuda a pensar. Allí me encontré con Javier, uno de mis pocos amigos.

-Increíble, el ratón salió del escondite -bromeó.

Charlamos un rato. Me contó que se iba a casar a sus veinticuatro años; quería sentar cabeza y no ser un padre viejo. Reímos y, cerca de las 9:00 p.m., me despedí. Él quiso acompañarme, pero decidí tomar un atajo para llegar rápido y no preocupar a mi madre.

El pueblo estaba extrañamente vacío. Solo las luces mortecinas de los postes y una brisa fría -esa maldita brisa- llenaban el lugar. Apuré el paso. Sentía ojos sobre mi nuca, una vigilancia invisible que me erizaba la piel.

Al llegar al callejón que servía de atajo, la oscuridad era total. El pasillo parecía alargarse de forma antinatural; la salida se veía cerca, pero nunca llegaba a ella.

-¿Tienes miedo? -una voz siseó entre las sombras, haciendo eco en las paredes.

Decidí ignorarlo. No era la primera vez que oía cosas donde no había nadie.

-No me ignores. Estoy aquí, Fara.

-Puedes ser luz las veces que quieras, pero las sombras son eternas -continuó la voz.

-Las sombras siempre huyen de la luz, imbécil -respondí, aunque quizá no fue lo más inteligente.

-Ja, ja, ja... -una risa maquiavélica inundó el callejón-. Solo observa cómo huyo de ti.

Un remolino de negrura absoluta se abalanzó sobre mí. Solo alcancé a soltar un grito ahogado antes de que todo se apagara.

-¿Fara? ¿Fara, me escuchas?

La voz de mi mamá me sacó de un pozo profundo. Salté de la cama, desorientada.

-¿Qué pasó? ¿Cómo llegué aquí?

-Estabas desmayada frente a la puerta, cariño. ¿Qué sucedió?
-Tranquila, mamá... me dio otro mareo -mentí para no asustarla.

Ella se fue, prometiendo llevarme al médico. Suspiré. No estoy loca, sé que lo que pasó en el callejón fue real. Y algo me dice que ese chico de la universidad tiene algo que ver. No tengo pruebas, pero tampoco dudas




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