"UN CORTOMETRAJE DE GEMBLY"
"GEMBLY PRESENTA"
🛸
"BEILLY: LA ADORABLE MUÑECA"
El hogar de los García respiró paz durante siete años. María, una mujer de fe inquebrantable, había criado a su hija Keila bajo los principios Bautistas, en una casa donde cada mañana comenzaba con una lectura bíblica y cada noche terminaba con oraciones de gratitud. Samuel, el padre, era diácono en la Iglesia Bautista "Sion", y juntos formaban una familia que, aunque no exenta de problemas, se aferraba a la certeza de que Dios tenía el control.
Todo cambió un sábado de octubre, en el mercado de juguetes que se instalaba en las afueras del pueblo. María buscaba un regalo para el séptimo cumpleaños de Keila. Fue entonces cuando vio el puesto de antigüedades de la señora Elvira, una mujer de mirada penetrante y sonrisa demasiado dulce. Entre objetos polvorientos, una muñeca de plástico destacaba con inquietante viveza. Tenía el cabello de hilo rubio, ojos de cristal azul que parecían seguirla, y un vestido de encaje blanco, ligeramente amarillento por el tiempo.
—Es única —dijo la señora Elvira, acercándose sin hacer ruido—. Se llama Beily. Perteneció a una niña… de una familia muy devota, como la suya. Pero a veces las cosas sagradas atraen fuerzas contrarias, ¿no le parece?
María, incómoda, sintió un escalofrío. Sin embargo, los ojos suplicantes de Keila, que la acompañaba, y el precio irrisorio, la convencieron. Pagó rápidamente, evitando el contacto prolongado con la vendedora, cuyo dedo índice, al entregarle la muñeca, tenía una cicatriz extraña, como un símbolo antiguo quemado en la piel.
La primera noche, Beily ocupó un lugar privilegiado en la repisa de Keila. La niña, feliz, le leyó versículos antes de dormir, como hacía con sus otros juguetes. María notó que Keila murmuraba en sueños: "Beily dice que los sueños son puertas". Lo atribuyó a la imaginación infantil de la niña.
La segunda semana, los cambios fueron sutiles pero persistentes. La muñeca aparecía en lugares distintos a donde Keila la dejaba. Una mañana, la encontraron sentada a la mesa del desayuno, su cabeza de plástico girada hacia el crucifijo colgado en la pared, como si lo estudiara con aversión. Samuel, hombre práctico, sugirió que quizás el gato la movía, aunque recordó que no tenían gato.
Keila comenzó a cambiar. Su dulzura se tornó en irritabilidad. Rechazaba las oraciones familiares, diciendo que le dolían los oídos. Una noche, María la escuchó discutir en su habitación. Al asomarse, vio a Keila sentada en la cama, hablando hacia la muñeca, que estaba en la silla frente a ella. La voz de Keila no era la suya: era un susurro áspero.
—¿Qué dices, Beily? ¿Que él no es tan poderoso? Pero mamá dice que Jesús es más fuerte que todo…
La muñeca pareció brillar tenuemente a la luz de la luna que irrumpía por la ventana. María, con el corazón en un puño, irrumpió y tomó a Beily. Al contacto, un frío intenso, antinatural, le recorrió el brazo. Esa noche, guardó la muñeca en el clóset.
Los fenómenos se intensificaron. Golpes en las paredes seguían el ritmo de sus oraciones. Olores a azufre emanaban del clóset. Keila, pálida y con ojeras, dibujaba en sus cuadernos símbolos que María reconoció con horror de antiguos libros sobre ocultismo: pentagramas invertidos, sigilos demoníacos. Cuando le preguntaba, Keila decía con voz monocorde: "Beily me enseña. Beily dice que Dios es una mentira para los débiles".
Samuel, desesperado, consultó al pastor Daniel. Hombre de profunda fe y conocimiento bíblico, escuchó atentamente y oró con ellos. Al pronunciar el nombre de "Jesucristo", un estruendo terrible retumbó desde el clóset, como si algo pesado se arrastrara y golpeara la madera. El pastor palideció, pero su determinación se fortaleció.
—Esto no es un juego, hermanos. Hay una entidad impura atormentándolos. Pero recuerden Santiago 4:7: "Someteos a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes".
Investigaron la procedencia de la muñeca. Una visita discreta al mercado reveló que la señora Elvira había desaparecido. Un anciano vendedor, al ver una foto que María había tomado, se persignó.
—Esa mujer… no es de aquí. Dicen que pertenece a un grupo que… bueno, que odia la luz. Que busca corromper hogares como el suyo, señorita María. Hogares que brillan con fe. Su familia es conocida en el pueblo por su servicio en la iglesia. Esto no es casualidad.
La noche más terrible llegó cuando Keila, en trance, entró al cuarto, abrió el clóset y recuperó a Beily. La encontraron en el salón, sentada frente a la muñeca, con un cuchillo en la mano. Los ojos de la muñeca ahora brillaban con un fulgor rojizo interno. La voz de Keila, distorsionada por una fuerza ajena, salió de su boca, pero eran dos voces superpuestas: la de su hija y otra profunda, llena de odio.
—¡Déjenla! Ella es mía ahora. Este hogar es mío. Romperé su fe pedazo a pedazo. Empezaré por la niña.
Samuel intentó acercarse, pero una fuerza invisible lo arrojó contra la pared. María, paralizada por el terror, vio cómo el cuchillo se acercaba al cuello de Keila. Entonces, algo en su espíritu se quebró, no hacia la derrota, sino hacia la furia sagrada. No era solo su hija la que estaba en peligro, era la victoria de Cristo en su hogar la que estaba siendo desafiada.
Con lágrimas de rabia y fe, María alzó su voz. No gritó. Habló con una autoridad que no sabía que poseía, la autoridad de un hijo de Dios bajo cuidado.
—¡Que el Señor Jesús te reprenda espíritu maligno!
La muñeca se estremeció. El aire vibró.
—¡Silencio, mujer! —rugió la voz desde Keila—. ¡Ese nombre no tiene poder aquí!
—¡Tienes mentira y muerte! —continuó María, avanzando, su Biblia en la mano—. Pero yo te diré quién es la verdad: Jesucristo el Señor. ¡Él venció a la muerte y al infierno! ¡Delante de su Nombre, Espíritu inmundo, Caerás derrotado!
Cada palabra era un martillo. Cada declaración de fe, un golpe. Samuel, recuperándose, se unió a ella, clamando el nombre de Jesús. Juntos, como una fortaleza, declararon versículos: "La sangre de Jesús nos limpia de todo pecado", "Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo", "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece".