Gembly

LLANTOS INFANTILES (CORTOMETRAJE)

"UN CORTOMETRAJE DE GEMBLY"

"GEMBLY PRESENTA"
🛸

"LLANTOS INFANTILES"
👶😱

Thalassa y Kaelen nunca fueron personas de fe. Ella, escultora, encontraba lo divino en las formas de la arcilla; él, periodista de investigación, solo creía en lo que podía documentar. Tras un año difícil, buscaban un nuevo comienzo y alquilaron «Villa Amapola», una vieja casa de campo de techos altos y un jardín salvaje que en algún tiempo debió ser hermoso. El precio era inexplicablemente bajo. El agente inmobiliario, un hombre llamado Silas, les entregó las llaves con una sonrisa tensa. «Es un lugar… tranquilo», dijo, evitando sus ojos. «Perfecto para artistas.»

La tranquilidad fue breve. La primera noche, Thalassa despertó creyendo oír risas lejanas, como de niños jugando al escondite en el pasillo. Kaelen lo atribuyó al crujir de la madera vieja o a lechuzas. Pero los ruidos se intensificaron: susurros apresurados detrás de las puertas cerradas, pasitos ligeros que recorrían el ático en plena madrugada, y el sonido constante, desgarrador, de un llanto ahogado que parecía venir de las paredes.

El jardín, en particular, emanaba una tristeza palpable. En su centro, rodeado de maleza, había un arenero seco y tres pequeños bancos de madera podrida, dispuestos en círculo. El aire allí era siempre más frío, y Thalassa juró que, a veces, desde la ventana de la cocina, veía siluetas borrosas y pequeñas sentadas allí, inmóviles.

Kaelen, empeñado en hallar una explicación racional, investigó la historia de la casa. En los archivos municipales, cubiertos de polvo, encontró la tragedia. Hace cuarenta años, «Villa Amapola» había sido un hogar para niños enfermos terminales, dirigido por una fundación de dudosa reputación. Tres de los pequeños, cuyos nombres figuraban solo como Iniciales (L., M. y R.), habían fallecido en la misma semana, en circunstancias opacas que sugerían abandono más que enfermedad. La casa cerró abruptamente, y las historias de avistamientos y fenómenos extraños ahuyentaron a todos los inquilinos posteriores.

«No son fantasmas hostiles», dijo Thalassa una noche, pálida tras escuchar claramente una vocecita que pedía «¿juegas?» desde el cuarto de invitados. «Están… atrapados. Asustados.»

Pero la presencia se volvió más intrusiva y aterradora. Las luces parpadeaban al ritmo de una canción infantil que no reconocían. Dibujos grotescos, que mostraban figuras alargadas y angustiadas llevándose a niños, aparecían en las paredes de la cocina, hechos con un lápiz que no poseían. El frío se volvió gélido, concentrado en ciertas habitaciones, y una pesadilla constante los asaltaba: soñaban con los mismos tres niños, de rostros pálidos y ojos grandes, que los observaban desde un rincón oscuro del jardín, señalando con insistencia.

El punto de quiebre llegó cuando Kaelen, trabajando tarde, vio en el reflejo de su pantalla del ordenador tres figuras pequeñas de pie detrás de su silla. Se volvió de un salto. No había nadie. Pero en su cuaderno de notas, una letra temblorosa, infantil, había escrito una sola palabra: AYUDA.

Agotados, aislados y al borde del colapso nervioso, comenzaron a discutir constantemente. La desesperanza los consumía. Una tarde, en el mercado del pueblo, Thalassa rompió a llorar sin control frente al puesto de verduras. Una mujer mayor, de rostro sereno y ojos bondadosos, se acercó.

«Disculpe», dijo la mujer, llamada Mara. «No es mi costumbre entrometerme, pero… usted vive en la casa del camino viejo, ¿verdad?» Thalassa, sorprendida, asintió. Mara hizo una leve señal de la cruz. «Hay una tristeza muy antigua ahí. A veces, las almas no encuentran la luz. Necesitan que alguien les muestre el camino.»

Kaelen, escéptico pero desesperado, aceptó a regañadientes invitar a Mara a tomar un té. Ella no era una exorcista, se presentó como una evangelista voluntaria de una pequeña iglesia bautista en el valle. No llevaba Biblia, pero su convicción era tan tangible como la luz del sol.

«No voy a recitarles versículos si no quieren escucharlos», dijo con calma, sus manos alrededor de la taza caliente. «Pero sí voy a contarles lo que yo creo. Creo que hay un Dios de amor, tan poderoso que venció a la muerte misma. Y creo que su Hijo, Jesucristo, tiene autoridad sobre todo lo visible e invisible, sobre esta vida y la que viene. Esa autoridad no es magia. Es una verdad que cambia realidades.»

Les habló del amor de Dios, de su justicia, y de la paz que sobrepasa todo entendimiento. Les habló de Jesús, no como un concepto lejano, sino como un Salvador vivo y activo. Por primera vez en semanas, Thalassa y Kaelen sintieron una chispa de algo que no era miedo: era esperanza. Esa noche, después de que Mara se fue, se sentaron en su caótico salón y, tomados de la mano, hicieron una oración torpe, sincera, pidiendo ayuda a un Dios en el que apenas empezaban a creer.

La casa reaccionó con furia desencadenada. Fue la noche más terrible. Las puertas se abrían y cerraban de golpe al unísono. Los susurros se convirtieron en gritos agudos y coléricos. Los tres bancos del jardín aparecieron arrastrados hasta el centro del salón, formando un triángulo perfecto. Un viento helado que olía a tierra húmeda y medicinas viejas recorrió las habitaciones. Era como si la presencia, antes triste, ahora se sintiera traicionada y desatara toda su impotencia.

Thalassa, temblando, recordó las palabras de Mara: «La autoridad está en su nombre. No es un conjuro. Es una declaración de a quién perteneces». Con lágrimas de miedo pero con un corazón que clamaba por aquella nueva fe, se puso de pie en medio del caos.

«¡Basta!», gritó, no con rabia, sino con una firmeza que le brotó del alma. «No sé mucho… pero sé que Jesús es más fuerte que esto. ¡Si estoy con Jesús nada temeré!

El efecto fue instantáneo. El viento cesó. Los golpes se detuvieron. Un silencio electrizante llenó la casa. Entonces, en lugar de gritos, llegó el llanto. El mismo llanto triste y perdido de las primeras noches, pero ahora claro, cercano, y proveniente del jardín.




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