Gembly

EL CAGÜEIRO (CORTOMETRAJE)

"UN CORTOMETRAJE DE GEMBLY"

"GEMBLY PRESENTA"
🛸

"EL CAGÜEIRO"

En las laderas de la Sierra Negra, donde la neblina se aferraba a los abetos como un sudario, existía la aldea de Los Pinos. Era una comunidad de fe sencilla pero profunda, congregada en la Iglesia Bautista “Ebenezer”, cuyo pastor, Elián, era un hombre joven de convicciones sólidas como la roca sobre la que se construyó el templo. Predicaba sobre la soberanía de Dios, la realidad del pecado y la autoridad de Cristo. Sus sermones a menudo mencionaban las batallas espirituales, pero los habitantes, en su mayoría campesinos y leñadores, creían que esas batallas ocurrían en ciudades lejanas, no entre sus montañas.

Hasta que llegaron las marcas.

Primero fue en el rebaño de Otoniel, el ovejero más anciano. Encontró tres corderos degollados, no por lobos o pumas, sino con una precisión quirúrgica, y alrededor de los cuerpos, huellas que cambiaban: empezaban como patas de lobo, se transformaban en pisadas de un ave grande y terminaban como las de un hombre descalzo, todo en una misma línea imposible. Sobre una roca cercana, alguien había dejado un montón de hierbas amargas y un diente de serpiente de cascabel.

Luego, los ataques se acercaron. El perro guardián de la familia de la señora Rebeca apareció crucificado —sí, crucificado— en la puerta de su granero, con las patas traseras atadas a un travesaño de madera. El animal tenía los ojos abiertos, y en ellos, según juraba la señora Rebeca entre sollozos, no había dolor animal, sino un odio inteligente y burlón.

El terror se apoderó de Los Pinos. Por las noches, se escuchaban sonidos que helaban la sangre: el aullido de un lobo que, a mitad de camino, se quebraba en el graznido de un cuervo y terminaba en una risotada humana. Veían sombras que se movían entre los árboles con una agilidad antinatural, trepando por los troncos como felinos o deslizándose por el suelo como serpientes. Algunos decían haber visto ojos brillantes, amarillos y verticales, observándolos desde la espesura, ojos que no pertenecían a ninguna bestia conocida.

La gente empezó a murmurar. Hablaban del “Cagüeiro”, un término antiguo y olvidado que sus abuelos usaban para nombrar a aquellos que, mediante pactos con lo oscuro, podían mudar su piel y tomar la forma de bestias. Era un poder demoníaco, decían, concedido a cambio del alma y de sembrar el caos entre los siervos de Dios.

Pastor Elián investigó en los archivos del pueblo y en viejos diarios de los misioneros bautistas que fundaron la iglesia. Encontró referencias a un hombre, hace décadas, llamado Cayo. Un habitante solitario y amargado que vivía más arriba en la montaña, cerca de un ciprés retorcido que se decía era un altar para ritos paganos. Cayo había desaparecido, no sin antes proclamar que prefería la compañía de las bestias del monte a la de los “hipócritas de la iglesia”. La leyenda decía que había aprendido los secretos de la transformación de un chamán corrupto, y que su espíritu, o algo peor, aún merodeaba.

La evidencia se hizo irrefutable cuando el hijo menor del diácono, de apenas seis años, desapareció una tarde cerca del bosque. La búsqueda desesperada los llevó a una cueva oculta. Allí, en la entrada, encontraron al niño, aterrado pero ileso. Entre lágrimas, balbuceó: “Un señor con cara de lobo… me dijo que Jesús no podía salvarme aquí… que este era su reino. Luego se convirtió en un cuervo y se fue volando”.

Esa noche, El pastor Elián convocó a la congregación a un culto de oración de emergencia. El miedo era palpable. Alguien sugirió ir a la montaña con escopetas. Otros hablaban de conseguir ayudantes. Elián escuchó con paciencia, pero su rostro se endureció.

“Hermanos”, comenzó, su voz tranquila pero cargada de una autoridad que venía de lo alto. “Lo que enfrentamos no es solo un hombre lobo. Es un espíritu de rebelión y de pacto con las tinieblas. Es un poder demoníaco que se burla de la creación de Dios imitándola de manera perversa. Pero escuchen bien: ‘El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. ¡Nuestras escopetas no pueden matar un pecado! ¡Nuestros intentos no pueden romper un pacto!”

Les recordó la verdad central de su fe y los exhortó.

Mientras hablaba, un sonido estremecedor rasgó la noche. Era el bramido de un puma mezclado con un chillido humano, proveniente de afuera de la iglesia. Algunos gritaron. Pero Elián no se inmutó. Clamó a gran voz: “¡Ese ruido es el sonido de la derrota! ¡Viene porque sabe que estamos reclamando nuestra victoria! ¡Arrodillémonos y clamemos al Dios de los ejércitos!”

La congregación, temblando pero unida, se arrodilló. Comenzaron a orar, primero con voces titubeantes, luego con creciente fervor. Declararon salmos, proclamaron el nombre de Jesús, repitieron que eran hijos de Dios, comprados con sangre preciosa. Afuera, la entidad se enfurecía. Se oían golpes contra las paredes de madera, arañazos en el techo, aullidos de varias bestias a la vez. Una niebla oscura, que olía a pelo quemado y azufre, se filtró por debajo de la puerta.

Fue entonces cuando Elián, lleno del Espíritu Santo, se levantó y caminó hacia la puerta. No llevaba crucifijo, ni agua bendita. Solo su Biblia y su convicción que había predicado.

“¡Basta!”, gritó, abriendo la puerta de par en par.

Afuera, en el claro iluminado por la luna, había una figura grotesca. Era Cayo, o lo que quedaba de él. Su cuerpo se retorcía, partes de él transformándose en fragmentos de bestia: una mano era una garra de oso, un ojo brillaba como el de un felino, su espalda se arqueaba con la postura de un lobo. Era una abominación viviente, un collage de criaturas unido por un odio centenario.

“¡Pastorcito!”, siseó la criatura con voz múltiple y gutural. “¿Vienes a hablarme de tu cordero? Yo soy el lobo. Yo soy el depredador. Este monte es mi altar. Tu Dios no reina aquí.”




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