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EL SILENCIO DE LA HERMANA CLARA (CORTOMETRAJE)

"UN CORTOMETRAJE DE GEMBLY"

"GEMBLY PRESENTA"
🛸

"EL SILENCIO DE LA HERMANA CLARA"

La Escuela del Sagrado Corazón, fundada en 1890, había cerrado sus puertas en 1975 tras un oscuro incidente del que nadie en el pueblo de Valdeluz quería hablar. El edificio, una mole de piedra gris con ventanas alargadas como ojos ciegos, fue donado al municipio y convertido, de manera poco entusiasta, en un museo de historia local. Fue allí donde Lucas, restaurador de obras de arte y escéptico por naturaleza, aceptó un trabajo para catalogar y preservar los objetos religiosos que aún permanecían en la antigua capilla.

Lucas no era un hombre de fe. Había crecido en un hogar Bautista, pero la muerte temprana de sus padres y las duras vueltas de la vida lo habían alejado de cualquier creencia. Aceptó el trabajo porque necesitaba el dinero y porque le fascinaba la técnica artística de los antiguos ornamentos eclesiásticos. Le acompañaba su hija Gabriela, de catorce años, una chica curiosa y sensible que, a diferencia de él, sentía una atracción instintiva por lo espiritual.

El encargado del museo, el señor Bermúdez, les dio las llaves con una advertencia torpe: "La capilla está intacta. Las monjas… bueno, las Hermanas de la Penitencia Perpetua que regentaban la escuela, dejaron muchas cosas. Hay un cuadro, un retrato de la fundadora, la Hermana Clara. Dicen que era una santa mujer, pero de una disciplina férrea. Su doctrina era… particular. ‘La Salvación por el Dolor Puro’. Creía que la gracia de Dios solo se alcanzaba a través del sufrimiento autoinfligido y la absoluta negación de cualquier placer, incluso el de la propia esperanza".

Lucas lo escuchó con una sonrisa condescendiente. Gabriela, en cambio, se estremeció.

La capilla era gélida y olía a cera vieja y polvo sagrado. La luz filtrada por los vitrales sucios teñía el aire de un color enfermizo. En el altar mayor, cubierto por un paño negro, destacaba un enorme retrato al óleo. Era el de la Hermana Clara. La pintura mostraba a una mujer de rostro ascético, de mejillas hundidas y ojos de un gris desprovisto de toda calor. Sus manos, esqueléticas, sostenían un rosario y un libro abierto donde se leía, en latín: "Beati qui lugent, quoniam ipsi consolabuntur" (Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados). Pero algo en la pincelada transmitía una interpretación retorcida de la bienaventuranza: no un consuelo futuro, sino una glorificación del lamento presente.

Gabriela no podía apartar la vista del cuadro. "Parece triste, papá. Pero no… es una tristeza que enoja".

Lucas comenzó su trabajo. Pero desde el primer día, cosas extrañas sucedieron. Las herramientas desaparecían y aparecían en lugares absurdos. Grabadoras nuevas se quedaban sin batería en minutos cuando intentaba documentar. Una fría neblina, localizada solo en la capilla, se arrastraba por el suelo al atardecer.

La noche que todo se intensificó, Lucas se quedó trabajando tarde. Gabriela se había dormido en una bancada de la nave lateral. Él estaba frente al retrato, limpiando con sumo cuidado el marco de madera tallada. De repente, una gota de un líquido espeso y oscuro cayó sobre su mano. Miró hacia arriba. No había humedad en el techo. Otra gota cayó, esta vez sobre el lienzo, deslizándose por la mejilla pintada de la Hermana Clara como una lágrima de alquitrán.

Un susurro, tan bajo que al principio creyó era el viento en los ventanales, llenó la capilla. No venía de un punto concreto, sino de todas partes a la vez. Era una voz de mujer, gastada y llena de una amargura baja, recitando una herejía:

"Bienaventurados los que sufren, porque el dolor es la única verdad.
Bienaventurados los que dudan, porque la fe es un engaño para débiles.
Bienaventurados los que se abandonan, porque la esperanza es el mayor de los pecados.
Dios no consuela. Dios exige. Sangre por sangre, lágrima por lágrima. Esta es la Doctrina del Silencio Eterno."

Lucas, con el corazón galopando, gritó: "¿Quién está ahí?". La única respuesta fue un frío intenso que le heló el aliento. Corrió hacia donde estaba Gabriela. La encontró sentada, con los ojos abiertos pero sin ver, trazando con el dedo en el polvo del banco el mismo símbolo que había en el libro del retrato: un corazón atravesado por una daga, sin sangre, solo vacío.

—¡Gabriela, despierta!— Exclamó Lucas.
Ella parpadeó y lo miró con confusión. "Soñaba… Soñaba con la hermana. Ella dice que para estar a salvo, hay que dejar de sentir. Que papá no me protege, que Dios no me protege. Que solo el silencio interior protege".

A partir de ese momento, una sombra se cernió sobre ellos. Gabriela cayó en una apatía profunda. Dejó de reír, de leer, de disfrutar de la música. Hablaba en monosílabos. Un sicólogo diagnosticó depresión, pero Lucas sabía que era algo más. En su casa, ahora siempre fría, las fotografías familiares aparecían giradas hacia la pared. El sonido de un rosario arrastrándose se escuchaba por los pasillos por la noche. Y Lucas empezó a tener sueños recurrentes: estaba atado a un confesionario en la antigua escuela, y a través de la celosía, la voz de la Hermana Clara, ahora furiosa y hambrienta, le sermoneaba sobre lo que creía: la inutilidad del amor paternal, la vanidad del sacrificio, y la mentira del perdón divino. Ésto era lo que creía la hermana Clara.

Desesperado, Lucas investigó. En los archivos polvorientos de la diócesis, encontró la verdad. La Hermana Clara no había sido una santa. Era una mujer atormentada por secretos y odios, que había fundado una secta dentro de la propia orden. Su "Doctrina del Silencio Eterno" era una herejía brutal que negaba la resurrección y la misericordia, adorando un concepto de Dios como un carcelero cósmico. Había muerto en circunstancias extrañas, encerrada en su celda, y su retrato había sido pintado por una monja bajo su influencia, utilizando técnicas y mezclas de pigmentos que, según rumores, incluían cenizas de documentos prohibidos y tierra de un cementerio de suicidas. El cuadro no era un recuerdo. Era un recipiente, un altar para perpetuar su falsa doctrina y atrapar almas en su ciclo de desesperación.



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Editado: 13.02.2026

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