Gembly

UNA SIRENA ENAMORADA (PELÍCULA)

"UNA PELÍCULA DE GEMBLY"

"GEMBLY PRESENTA"
🛸

Prólogo:

La leyenda no nace de la nada. Surge del susurro salado de los viejos que se sientan en los muelles, con las manos destrozadas por las cuerdas y el alma cargada de historias que el mar les contó. Se transmite de padre a hijo, no como un cuento de hadas, sino como una advertencia. Hablan de cosas en las profundidades, de formas que se deslizan entre la niebla y las olas, cuya belleza es tan letal como el iceberg para el casco de un barco.

No les llaman sirenas. Esa es una palabra para libros y pinturas. Ellos les dicen "Las Que Cantan", "Las de los Ojos Verdes" o, simplemente, "La Maldición del Agua Salada". Se dice que su canto no es música, sino una pesca. Un anzuelo de sonido que se clava en la mente de un hombre y tira de él, alejándolo de todo lo que conoce y ama, arrastrándolo hacia un abrazo frío y eterno.

Y se susurra, con un temor reverencial, que cuando "Las Que Cantan" son heridas, cuando son traicionadas por el objeto de su deseo, sus lágrimas no son de agua salada. Son perlas de dolor líquido, y poseen el poder de sanar cualquier herida del cuerpo. Pero conseguir esas lágrimas tiene un precio. Un precio que mancha el alma para siempre y que invoca una venganza que el mar mismo no olvidará.

Esta es una de esas historias.

[Corte]

El amanecer en el Golfo de México no es un evento delicado. Es una explosión violenta y gloriosa de color que prende fuego al borde del mundo. El cielo, de un púrpura profundo, se rasga con cuchillas de naranja y carmesí, derramándose sobre las olas inquietas que se mueven como un animal dormido. El aire huele a sal, a algas podridas y al dulce olor a diesel del motor de un barco.

El "Esperanza" era ese barco. Un pesquero de veinte metros de eslora que había visto mejores días. Su caso de madera estaba marcado con cicatrices de encuentros con arrecifes y tormentas, y la pintura blanca se estaba descascarando para revelar la costra gris debajo. En la popa, desgastada por incontables redes, se podía leer a medias su nombre y puerto base: "Esperanza - Puerto Carreta".

En la cabina, Antonio Martínez giraba el timón con una mano callosa. A sus cincuenta y cinco años, era la encarnación del mar que amaba y temía. Su piel estaba curtida y arrugada como el cuero viejo, bronceada por décadas bajo el sol implacable. Llevaba una gorra de pescado grasienta sobre su cabello negro entrecano, y sus ojos, del color de la pizarra mojada, contenían una profundidad tranquila que hablaba de calmas y tormentas repentinas. Eran ojos que habían visto cosas.

"¿Otro día, otro dólar?" La voz de su hermano menor, Mateo, cortó el rugido del motor. Mateo, delgado y nervioso, con una barba de varios días y una sonrisa torcida, se inclinaba sobre la borda, escupiendo un escupitajo marrón de tabaco al agua. "O dos, si el maldito océano se apiada de nosotros hoy."

Antonio esbozó una sonrisa cansada, sin apartar los ojos del horizonte. "La paciencia, hermano. El mar no es una golfa que se apresura por tu placer. Da lo que da, cuando quiere darlo. Nosotros solo estamos aquí para recibirlo."

Más atrás, los dos jóvenes de la tripulación, Jorge y Rafael, trabajaban con las redes. Jorge, fuerte y callado, movía los pesados aparejos con una eficiencia que venía de la juventud. Rafael, de solo veinte años, era todo nervios y energía, sus ojos brillaban con la emoción de cada captura, aún no apagados por la rutina.

"¡Oye, jefe!" gritó Rafael, señalando con el dedo. "¡Mira esa niebla! Viene hacia nosotros como un fantasma."

Antonio frunció el ceño. Una niebla espesa y lechosa se deslizaba sobre el agua, envolviendo el mundo en un silencio húmedo. El sonido del motor se volvió sordo, amortiguado. Era una niebla antinatural, que llegaba demasiado rápido, demasiado silenciosamente. Una punzada de instinto ancestral, un vestigio de advertencia que había heredado de su propio abuelo, le recorrió la espina dorsal.

"Mateo," dijo Antonio, su voz baja pero urgente. "Prepara el rifle. Algo no está bien."

Pero antes de que Mateo pudiera moverse, el sonido llegó.

Al principio, fue solo un susurro en el borde de la audición, una melodía que se entrelazaba con la niebla. Luego, se hizo más fuerte. No era un canto humano. Era algo etéreo y triste, una música de sueños perdidos y promesas olvidadas. Flotaba en el aire, vibrando en los huesos, helando la sangre en las venas. Prometía consuelo. Prometía placer. Prometía el olvido de todos los pesos terrenales.

Jorge dejó caer la red que estaba sosteniendo. Rafael se quedó paralizado, su boca ligeramente abierta, una expresión de asombro ido en su rostro.

"¡No!" rugió Antonio, agarrándolos y sacudiéndolos. "¡No escuchen! ¡Es una trampa! ¡Es la leyenda!"

Pero la advertencia llegó demasiado tarde para Rafael. Sus ojos se vidriaron, perdidos en la niebla. Una sonrisa tonta y beatífica se extendió por su rostro. "Es tan... hermosa..." murmuró, y dio un paso hacia la borda.

"¡Rafael, no!" gritó Jorge, recuperando parte de su sensibilidad.

De las profundidades de la niebla, junto al barco, una forma se materializó sobre un arrecife semisumergido que no debería haber estado allí. Era una mujer. Su torso era pálido y perfecto, su piel como porcelana bañada por la luz de la luna. Su cabello, largo y del color de las algas de aguas profundas, caía en ondas sobre sus pechos. Y debajo de la cintura, donde deberían haber estado sus caderas, una poderosa cola escamosa de un verde iridiscente se curvaba en el agua. Sus ojos, enormes y de un verde abisal, no mostraban miedo, sólo una curiosidad intensa y predadora. Y estaban fijos en Antonio.

La sirena abrió la boca, y el canto se intensificó, envolviendo a Rafael en su hechizo. Caminó como un sonámbulo directamente hacia el borde.

"¡Agárrenlo!" ordenó Antonio, pero fue inútil.

Con la velocidad de un rayo, la cola de la sirena salió del agua. No era una aleta delicada; era un músculo poderoso, rematado con una membrana que parecía de seda y sombra. Golpeó a Rafael en el pecho con un impacto espantoso, un crujido húmedo de costillas quebrándose. El cuerpo del joven fue lanzado por los aires como un muñeco de trapo, cayendo al agua con un chapuzón sordo que silenció su vida para siempre.



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Editado: 13.02.2026

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