Los minutos no pasan, se rompen. Se deslizan entre mis dedos como si fueran arena que no quiere quedarse conmigo, como si el tiempo también tuviera miedo de estar aquí.
Las paredes de los edificios blancos, impecables y monstruosos, me miran, aunque no tienen ojos. A mi alrededor, una ola de ojos tristes los golpea como un tsunami. Las colas hacia sus puertas son infinitas.
A un metro de distancia, el chico que estaba delante de mí —un poco más bajo, con la ropa sucia y agujereada— alzó el puño izquierdo. Por cómo se ensanchó su espalda, supe que estaba tomando aire.
El pánico me invadió al instante. Cerré los ojos con fuerza, apreté los puños y contuve la respiración, deseando con todas mis fuerzas que fuera un cobarde, como todos los demás.
Estoy en la fila, quieta y respirando.
Creo.
—¡Nos estamos muriendo de hambre!
En ese momento descubrí que incluso el silencio, en su forma densa y transparente, podía gritar. Conté los segundos en mi cabeza y recé a un Dios que nos había abandonado a todos para que su muerte fuera rápida.
El chico se giró hacia mí y trató de animarme con la mirada para que lo imitara. Había algo familiar en sus ojos. Aparté la vista. En un instante percibí cómo sus músculos se relajaban; desgarré su expectativa.
Nada.
Nadie.
Todos evitaban mirarlo.
Entonces escuché las botas. Un sonido seco, rítmico, acercándose. Demasiado cerca. La muerte vestía de negro y traía consigo chaquetas con medallas que hacían eco.
Clin. Clin. Clin.
—Vamos, Brianna... —se acercó un poco a mí, estuvo a punto de tocarme.
Mi nombre. El chico sabía mi nombre. Como si no hubiera escuchado nada, no aparté la mirada del suelo y mi mente viajó años luz por sus conductos, buscando algún recuerdo donde encajar su cara.
Tres hombres, altos y fuertes, aparecieron en mi campo de visión. Me costó no levantar la mirada, no buscar sus ojos... de verdad que me costó. Uno de ellos avanzó hacia mí con los brazos cruzados, mientras otro lo inmovilizaba. Él jadeaba, gritaba, repetía una y otra vez lo mismo, como si aferrarse a esas palabras pudiera salvarlo.
—Nos estamos muriendo de hambre... —repetía.
Podía sentir la expectación; quizá algunos estuvieran esperando que me revelara, que hiciera algo.
—He de decir que encuentro belleza en su desesperación, es conmovedor, ¿no crees? —soltó, ladeando la cabeza.
No contesté. Me fijé en el bordado de su pecho. Los hilos, deshilachados, formaban lo que supuse era su apellido.
Carper.
—Por un mundo mejor... —susurró hacia mí desde el suelo.
Una patada en el costado le hizo toser. Carper soltó una carcajada y me dio un codazo amistoso.
—¿Qué deberíamos hacer con el chico? —me preguntó. Tenía media cara tapada y unos ojos demasiado azules, parecían neones.
Los cables de mi cabeza seguían intentando encajar, y yo esperaba el chispazo, la imagen de ese chico en mi mente. No lo recordaba y me estaba desesperando.
—¿Qué deberíamos hacer con el chico, Brianna? —su tono era seductor.
Mi nombre en boca de un asesino. Tuve ganas de vomitar.
—No tengo todo el día, Brianna —miró su reloj.
—Lo que la Élite considere necesario —conseguí decir.
—Se me está agotando la paciencia —dijo con calma mientras andaba en círculos a mi alrededor—. Es guapa, ¿no te parece, Stark? —sus manos enguantadas colocaron un mechón detrás de mi oreja.
Una leve carcajada sonó a mi derecha. No me atreví a mirar.
—No está mal, tiene el pelo bonito.
—Una pena que sea amiga de un rebelde —fingió una expresión de decepción—. Te lo voy a preguntar solo una vez más, Brianna, cariño —dio una palmadita en mi cara, demasiado fuerte—: ¿qué deberíamos hacer con él?
Entonces, una gota de aceite hizo que los engranajes de mi cabeza se movieran más rápido y me llevaron al momento justo en que conocí a ese chico.
Habíamos ido juntos al colegio, cuando todavía existían las escuelas. La imagen se fundió en mi cerebro, se volvió nítida. Nunca cruzamos palabra; íbamos a la misma clase. Se metían con él. Nadie hacía nada.
Yo tampoco.
Una vez me pegaron un chicle en el pelo. Solo él me ayudó a quitármelo. Ni siquiera le di las gracias.
El recuerdo cayó en mí como una gota helada desde la nuca hasta la espalda.
Para ese entonces, era una cobarde, y el miedo y el pánico me envolvieron, se apoderaron de mi voz.
—Matarle.
—Stark —no le veía toda la cara, pero sus ojos azules sonrieron—, haz los honores.
Finn Laster murió de un tiro en la cabeza por mi culpa.