Generación Dorada

Diez años antes

Diez años antes...

—El número de muertes confirmadas supera las quinientas. A partir de este momento, se decreta el estado de alarma en todo el país.

Sonreí al escuchar su voz. Siempre me acompañaba de camino al colegio y ponía canciones que cantaba con mi madre, como si formara parte de nuestra rutina.

Una vez llamamos a la radio. Pedí una canción y Scarlett habló un poco conmigo. Recuerdo lo importante que me sentí, lo especial. Aquella mañana me encargué de decirle a todo el colegio que Scarlett Marlon era mi mejor amiga.

La transmisión se escuchaba entrecortada en el coche de mis padres. Afuera, la gente se agolpaba entre los vehículos, y parecía que solo nuestra radio seguía funcionando en aquella fila interminable en la que estábamos atrapados.

Recuerdo que esa fue la última vez que vi el cielo azul. Después, todo se volvió ceniza.

—El impacto de la bomba nuclear en el océano ha provocado graves daños en la capa de ozono, generando grietas de las que emerge una bruma negra y polvorienta que cubre el aire como un velo tóxico. La Organización Mundial de la Salud, junto al gobierno, ruegan mantener la calma. Acudan al punto indicado en sus teléfonos, cojan solo lo imprescindible, cúbranse la cara y eviten esfuerzos innecesarios. Los niveles de radiación son extremadamente altos. Permanezcan dentro de sus vehículos.

El pánico se filtraba en su voz, rompiéndola poco a poco, aunque hizo un esfuerzo por continuar.

—No atiendan a los cuerpos moribundos que encuentren. Todavía no se sabe cómo puede afectar. Avan... —su voz se quebró—. Avancen hacia la dirección indicada en sus teléfonos. Las Fuerzas Armadas del Estado les proporcionarán alimentos y recursos hasta que puedan volver a sus casas. Confiemos en nuestro gobierno...

Todos intercambiamos miradas de miedo. Yo tenía apenas ocho años y no entendía la gravedad de la situación, pero aun así copié sus gestos, su tensión y su forma de quedarse en silencio.

Mi madre alargó la mano desde el asiento del copiloto y me la apretó con fuerza. Después sacó varias mascarillas de la guantera, y mi hermano mayor nos las colocó a mi hermana y a mí antes que la suya propia. A todos parecía costarles respirar.

Yo también lo imité, aunque a mí no me faltaba el aire.

—El gobierno solicita su cooperación y hospitalidad —continuó, cada vez más débil—. Se ruega a médicos, enfermeros y sanadores con habilidades especiales que acudan de inmediato; su vehículo tendrá prioridad. Coloquen un chaleco de emergencia en el retrovisor. Se ruega al resto que les dejen paso.

Se hizo un silencio extraño, pesado.

—Mi nombre es Scarlett Marlon... Me en... me encuentro cerca del punto donde la bomba ha caído. Queridos oyentes, la radiación es muy alta en esta zona... —le quedaba apenas un hilo de voz—. Es posible que esta sea mi última conexión. El técnico de sonido se llama Dy... Dylan Lionell. Esperamos que lleguen sanos y salvos...

La conexión crujió, como si fuera a romperse en cualquier momento.

Y entonces, otra voz irrumpió. Masculina, temblorosa.

—Lexi, amor... no me esperes... —dejó escapar una risa débil—. En mi chaqueta azul hay una caja... una caja con un anillo... —respiraba con dificultad—. Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

El aire dentro del coche se volvió más denso, más difícil de respirar.

—Te quiero, mamá —dijo Scarlett.

Después, silencio.

La conexión se cortó.

Fue la última vez que escuché una radio. Nunca volví a oír la voz de Scarlett Marlon.

La mano de mi padre salió de la guantera con un chaleco y lo colocó en el retrovisor, tal como habían indicado. Cerró todas las ventanas, tocó el claxon y pisó el acelerador.

Mi padre era médico.




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