Me estremecí un poco al notar la aguja introduciéndose en mi piel. El mareo distorsionó la imagen del cuerpo de Finn, tirado y manchando el suelo de mármol.
—Sacaré un poco más y podrás irte a casa —dijo mientras me apretaba la banda de silicona en el brazo.
No recuerdo si asentí o contesté.
Había visto muchos cuerpos sin vida, tirados en las calles después del desastre. Pero nunca, nunca, nunca había presenciado un asesinato hasta ese día.
Finn Laster fue asesinado por mi culpa.
Finn Laster fue asesinado por mi culpa.
Finn Laster fue asesinado por mi culpa.
—No iba a pasar la prueba —dijo, como si supiera lo que estaba pensando.
—¿Y eso cómo lo sabes? —pregunté, seca.
—En Ciudad de Metal ninguno dais positivo en sangre. Hace décadas que no entra en la guardia alguien de aquí.
—¿Por qué?
—Esta es la parte del continente a la que más afectó la radiación. Os acostumbrasteis a ella—hizo una pausa—vuestro cuerpo se fue haciendo inmune poco a poco.
—¿Y?
En realidad, Ciudad de Metal solo obedecía. Ni siquiera sabíamos por qué era necesaria una muestra de sangre a los veintiún años. Nuestros padres nos decían que el gobierno quería llevar un control sobre el estado de salud de todo el continente.
Como si les importara.
Quizá si en nuestra carta de racionamiento agregaran algo más de alimento, moriríamos de eso que tanto les preocupa, y no de hambre.
—Y no cumplís los requisitos para formar parte del experimento —respondió. Era joven; quizá no era consciente de la información que me estaba dando.
Experimento.
Guardé la palabra en uno de los cajones de mente, bajo llave y con contraseña, para pensar en ello después, cuando comiera algo y no me temblaran las manos.
Habló como si nada, como si no fuéramos más que un número menos en el censo. Como si no hubiera sido un asesinato, como si pudieran despacharnos en un abrir y cerrar de ojos. La ira despertó en mí al instante, y unas ganas insaciables asomaron desde mi estómago: vengar la muerte de alguien que, hasta entonces, apenas recordaba.
No lo recordaba.
No lo recordaba.
No lo recordaba.
Mi cuerpo habló primero. Agarré el brazo de la enfermera, aún con la jeringuilla clavada en mi piel, y lo retorcí. Un huracán de adrenalina y miedo azotó mis pulmones al tenerla cara a cara. Sus ojos no se atrevieron a enfrentarse a los míos: feroces, jóvenes, vivos y muertos a la vez. Noté la tensión en los suyos, el miedo que expulsaban. Sentí satisfacción al ver su pánico, el mismo que había visto en los de Finn. En los de su cuerpo tirado en el suelo.
—¿Quieres que te maten a ti también? —susurró.
«Deberían», pensé. «Debería vengar su muerte con la mía».
«Matarle», le había dicho al soldado.
Yo era la asesina.
La enfermera me agarró la muñeca con suavidad. Estaba aturdida, mareada y enfadada, y supe que esa mañana no solo murió Finn: algo en mí también lo hizo.
—No quería ofenderte —sacó la aguja de mi brazo—. Fue su decisión.
«Vamos, Brianna...», me pidió.
—Podría haber hecho algo —me sorprendí diciendo.
—¿El qué? —preguntó, alzando una ceja.
El tiempo y el espacio se volvieron densos e insoportables en la sala. Por un momento, todo pareció distorsionarse: hacerse grande, luego pequeño, hasta reducirse a una escala infinita en mi cabeza. No supe qué responder, ni tampoco por qué estaba manteniendo esa conversación con ella.
Me desdoblé como una hoja de papel y me vi desde fuera. Mi silueta, translúcida, se esforzaba por salir de mi cuerpo; empujaba, intentaba despegarse de mí como una pegatina.
Necesitaba aire. Salir y correr, correr, correr y correr.
El sonido de su uña golpeando el cristal del recipiente que contenía mi sangre devolvió todo a su sitio y, de golpe, me sentó de nuevo en la camilla. Sus manos empezaron a moverse sobre la pantalla verde y azul de forma compulsiva.
—Hemos terminado, Brianna —miró la puerta con urgencia.
Me levanté, aún aturdida, y me encaminé hacia la puerta.
—No sois vosotros quienes tienen que rebelarse.
—No te en...
—Vete —me cortó.
Salí y cerré la puerta.
—Siguiente —ordenó una voz masculina grave y firme.
Uno de los asesinos de Finn.
Stark, el guardia que le disparó.
Finn Laster fue asesinado por mi culpa.
Finn Laster fue asesinado por mi culpa.
Finn Laster fue asesinado por mi culpa.
Crucé la mirada con aquel chico y no la aparté. Él tampoco. El verde de sus ojos me atravesó como un cuchillo, y yo hice todo lo posible por que el marrón de los míos llegara hasta él como un hacha al corazón. Iba armado hasta los dientes.
La chica estaba a punto de entrar en la sala. Tenía la mano en el pomo cuando el sonido de miles de cristales estallando contra el suelo resonó desde el interior. Primero nos inundó un silencio absoluto.
Nadie se atrevió a moverse hasta que la voz mecánica y femenina sonó en los amplificadores de las esquinas.
Mis ojos volaron hacia la puerta; los de Stark también. Luego volvieron a mí y, antes de que empezara el caos, parecieron decirme:
«Huye».
Y eso hice. Corrí como si el diablo me persiguiera mientras, por los altavoces, aquella voz rebotaba en la sala y en mi cabeza:
—¡Código 12! —avisó—. ¡Mantengan la calma, hay rebeldes en la estancia!