02| Ciudad Capital
La sangre seca cubre parte de mi costado y el dolor punzante en mis costillas sigue recordándome que el felino casi me parte en dos.
Hasan y yo avanzamos con paso constante hacia el pueblo, pero su mirada me dice que no está conforme. Ha insistido varias veces en que descanse, en que le deje cargarme si es necesario, pero no pienso darle ese gusto.
Cuando finalmente cruzamos la empalizada de Anrithal, la gente nos mira con curiosidad. No es común ver cazadores regresar cubiertos de heridas, pero tampoco es la primera vez.
Hasan me toma del brazo con suavidad y me dirige a la pequeña posada donde nos hospedamos.
—Si sigues fingiendo que estás bien, terminarás peor, Elysia —murmura mientras me sienta en el borde de la cama y comienza a sacar vendas y ungüentos curativos.
Me cruzo de brazos, pero dejo que trabaje. Su toque es preciso, cauto, como si temiera lastimarme más. La poción que usa arde como el infierno, y maldigo por lo bajo cuando siento que la piel se tensa bajo la curación.
El aroma de hierbas frescas llena la habitación cuando aplica un bálsamo refrescante sobre mis heridas. No puedo evitar soltar un leve suspiro de alivio.
—Más te vale recordar esto la próxima vez que quieras lanzarte contra un felino de clase dos —gruñe, con una leve sonrisa en los labios.
—Lo recordaré cuando tú dejes de sobreprotegerme como si fuera de cristal.
Hasan no responde, solo sacude la cabeza antes de terminar de vendarme el brazo.
—Deberías descansar —. Repite por enésima vez.
—Y tú deberías callarte —le respondo sin mirarlo.
Él bufa, cruzando los brazos. Sé que detesta verme herida, pero tendrá que acostumbrarse. No planeo quedarme atrás.
-------------
La mañana es fría cuando el primer rayo de sol se filtra por la ventana de la posada. Me levanto con un leve quejido, mi cuerpo aún resentido por la batalla de la noche anterior. Hasan ya está despierto, revisando su equipo con movimientos precisos. Sus cuchillas están afiladas, su capa oscura doblada con meticulosa precisión.
—¿Puedes moverte bien? —pregunta sin apartar la vista de su espada mientras la desliza dentro de su funda.
—Siempre puedo moverme —respondo, estirándome con cautela.
Hasan no parece convencido, pero no insiste.
Mientras él termina de preparar nuestras armas y provisiones, yo me encargo de asegurar los suministros en nuestras monturas. La posada nos ha preparado un par de bolsas con pan de centeno, carne seca y fruta deshidratada, suficiente para el camino hasta Éter.
Antes de partir, paso por la pequeña herrería del pueblo para recoger mi daga, que se melló en la pelea. El herrero, un hombre robusto de barba gris, me la entrega con un asentimiento.
—Trata de no romperla otra vez tan pronto.
Sonrío de lado y guardo la daga en su funda.
Cuando finalmente estamos listos, Hasan y yo montamos nuestros caballos y salimos del pueblo con un ritmo constante. El viento fresco acaricia mi rostro mientras avanzamos por el sendero de tierra que nos llevará de vuelta a la capital.
El viaje apenas comienza, y aunque mi cuerpo aún se siente pesado, la emoción de lo desconocido me mantiene alerta.
…………………
Nuestro camino nos lleva a través del Bosque de Larethian, un lugar envuelto en un resplandor mágico. Los árboles son altos y sus hojas destellan con un brillo esmeralda bajo la luz del sol. Las raíces forman senderos naturales, y pequeños orbes de luz revolotean entre las ramas. Son hadas, seres diminutos que cantan en un idioma ancestral.
Criaturas pacificas viven aquí: ciervos de cuernos cristalinos, aves con plumas tornasoladas, y extraños seres pequeños con ojos curiosos que nos observan desde las distancia.
Un ciervo de pelaje plateado cruza frente a nosotros, su presencia es casi irreal. Este bosque es un santuario, un lugar donde las criaturas mágicas viven en armonía.
—Siempre he querido vivir aquí —comento, observando un grupo de hadas danzar sobre un lago cristalino.
—Te aburrirías en menos de una semana —responde Hasan, sin dejar de caminar.
Tardo en aceptar que tiene razón.
Tras varias horas de viaje, llegamos a Silverbrook, un pueblo que marca la frontera entre el mundo humano y el mundo de los marcados. Es un punto de comercio, con calles adoquinadas y casas de madera decoradas con banderines de colores. El aroma a pan recién horneado se mezcla con el sonido de los mercaderes ofreciendo sus productos.
Encontramos a Renzo y Sybil, dos compañeros que se unirán a nosotros en nuestro regreso a la capital. Renzo es un guerrero alto y fuerte, de cabello oscuro y mirada severa. Sybil, en cambio, es una rastreadora de ojos afilados y pasos silenciosos.
Juntos, seguimos el viaje.
-------------
El aire nocturno trae consigo un viento frío, arrastrando el aroma de la hierba húmeda y la leña ardiendo. Nos encontramos en un claro apartado, lo suficientemente alejado del sendero principal, donde decidimos acampar antes de continuar nuestro viaje a Éter.