El amanecer se filtró a través de las cortinas raídas, tiñendo la sala con un gris mortecino. Apenas había dormido. Me quedé la mayor parte de la noche junto al fuego, escuchando cómo la leña crujía y arrojaba chispas que parecían estrellas muriendo.
Un golpe en la puerta me arrancó de mis pensamientos. No un toque tímido. Tres golpes firmes, profesionales.
Me levanté despacio, sentí el peso en mis huesos, el recuerdo de cada batalla aún fresco en mi cuerpo. Abrí.
El hombre frente a mí llevaba un abrigo largo de lana, bufanda oscura y un maletín de cuero en la mano. Tendría unos cincuenta años, cabello engominado, expresión calculada. No se inmutó al verme, aunque sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en mis cicatrices y en la sombra dorada que persistía en mis ojos.
—Señor Solovyev —dijo con voz plana, casi ensayada—. Soy Viktor Melnich, de la agencia Volga Properties. Me dijeron que desea vender esta propiedad.
Asentí. Lo hice a un lado para que pasara. El hombre entró, su perfume demasiado fuerte para la casa impregnada de polvo, madera y cenizas viejas. Sacó una libreta del maletín y comenzó a recorrer el lugar con pasos medidos, tomando notas y midiendo espacios con una cinta retráctil.
Cada vez que sus dedos tocaban una pared, yo recordaba la mano de mi madre al apoyarse en ella. Cada vez que abría una puerta, recordaba los pasos de Anya corriendo por esos pasillos. Y cada vez que escribía un número en su libreta, me preguntaba si ese frío cálculo podía poner un precio a una vida entera.
—La estructura está bien conservada, a pesar de los años. —Se agachó a revisar un zócalo, su voz hueca como una campana—. Será fácil encontrar compradores. El pueblo está creciendo, y esta zona es muy demandada por familias jóvenes.
Familias jóvenes.
Las palabras me atravesaron como un cuchillo lento. Aquí había habido una familia. La mía. Y ya no quedaba nadie.
El lobo gruñó en mi interior.
— ¿Vas a dejar que extraños profanen su guarida?
—¿Cuánto tardará el proceso? —pregunté con voz baja.
El agente se incorporó, ajustándose el abrigo.
—Un par de semanas para tener las visitas iniciales. Con su autorización, podemos tomar fotografías mañana. Si todo va bien, la venta podría cerrarse en tres meses.
Tres meses.
El hombre se volvió hacia mí, con una sonrisa cortés que no alcanzaba sus ojos.
—Si me firma aquí… —dijo, extendiendo una hoja.
Tomé la pluma. Mis manos, acostumbradas a armas y sangre, se vieron ridículas sosteniendo algo tan simple. Firmé. El papel absorbió la tinta como la tierra absorbe la lluvia.
Cuando levanté la vista, el agente ya guardaba los documentos en su maletín.
—Todo en orden. Le avisaremos de los avances. —Se inclinó levemente—. Gracias por confiar en nosotros, señor Solovyev.
Lo acompañé a la puerta. Cuando se fue, el silencio volvió a llenar la casa. Un silencio pesado, casi insoportable.
Me quedé en el umbral, mirando el camino cubierto de nieve. La camioneta de mi padre estaba allí, esperando. Y en mi bolsillo, las llaves eran un recordatorio de que el pasado se había acabado.
El lobo habló de nuevo.
— Cierra este capítulo. Las montañas nos esperan.
Cerré la puerta.
Esta sería la última vez que escucharía ese crujido en la madera.
El teléfono fijo de la sala sonó con su timbre áspero, antiguo. Lo había conectado apenas anoche, solo para cerrar este trámite. Levanté el auricular y la voz de Viktor, el agente, llegó limpia y calculada.
—Señor Solovyev, los demás documentos se los enviaré por correo. Solo necesitamos que deje las llaves de la puerta principal. El resto lo manejamos nosotros.
—Entendido. —Mi respuesta fue breve. No había nada más que decir.
Colgué.
El eco de ese clic metálico resonó como un sello final. El cierre de un ciclo.
Me levanté y recorrí la casa una vez más, habitación por habitación. Guardé los papeles de la herencia de la cabaña en las montañas y los dejé bien protegidos en una carpeta de cuero.
Llevé las cajas hasta la parte trasera del vehículo, apilándolas con cuidado. Comida enlatada, ropa nueva de invierno que había comprado en el mercado, municiones envueltas en un saco, y en un rincón, la chaqueta militar que nunca había dejado de pertenecerme.
Cuando cerré la compuerta, miré hacia la casa. El lobo respiraba conmigo, callado por primera vez en días.
—Aquí termina todo —murmuré.
Las sombras de la tarde se filtraban entre los árboles desnudos.
La casa quedaba atrás. Yo también.
Esa noche dormí en el sofá, con la chimenea encendida, pero no para calentarme. Solo para que las llamas consumieran el silencio, como yo estaba dejando que el tiempo consumiera lo que fui.
Mañana, las montañas.
El amanecer llegó sin pedir permiso, empujando los últimos restos de la noche con un resplandor grisáceo que se colaba por las ventanas. Me levanté temprano, más por costumbre que por descanso; las pesadillas habían sido la alarma más puntual que cualquier reloj.
La casa estaba fría. Callada. Esa calma que ya no parecía mía.
Puse las llaves en un sobre con el sello de la inmobiliaria, lo dejé sobre la mesa de la cocina y lo miré un instante como si fueran cadenas rotas.
No desayuné. No me hacía falta.
Solo encendí un último cigarrillo, apoyado en el marco de la puerta, observando el barrio aún medio dormido. El humo se elevaba lento, como si también quisiera quedarse.
El lobo gruñó bajo en mi interior.
—Ya basta. Vámonos.
Asentí. Tomé la chaqueta militar, ajusté los guantes de cuero, y cerré la puerta por última vez. Ni siquiera me volví a mirar.
En el garaje, la camioneta de mi padre esperaba. Abrí la puerta del conductor, el cuero gastado del asiento crujió bajo mi peso. El motor rugió al girar la llave, una voz vieja pero firme, como un eco de él, de mi padre.