Genoma Bq25

Capítulo XVII

Sonya Romanov

El fuego apenas lograba calentar la pequeña estancia, pero yo temblaba más por dentro que por fuera. Cada minuto que había esperado allí, sola, había sido un latido pesado en la garganta. Había recorrido media nación, dejando atrás hospitales, despachos y escoltas, siguiendo un rastro que parecía imposible… y ahora, al fin, estaba aquí.

El crujido de la nieve afuera me hizo contener el aire.

Un paso, dos pasos, otro… la madera de la puerta gimió.

Y Aleksander emergió de ella.

Más alto, más sombrío que en mis recuerdos, con los hombros tensos, el cuchillo en la mano aún chorreando la sangre oscura de la caza. El olor a hierro y a bosque lo rodeaba, y sus ojos brillaban con esa mezcla de humano y lobo que me había perseguido en cada una de mis pesadillas.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera ordenar nada.

Me levanté de golpe, la silla cayendo detrás de mí, y sin pensarlo crucé la distancia.

—¡Aleksander!

Me lancé contra él, sin importarme la sangre, sin importarme el filo del cuchillo que aún sostenía. Su pecho era duro, áspero por la tela empapada y la tensión de sus músculos, pero me aferré como si soltarlo significara volver a perderlo.

El calor de su cuerpo me golpeó más fuerte que el fuego de la chimenea. Sentí cómo sus brazos dudaban un instante, rígidos como si no supieran qué hacer.

Mi rostro quedó hundido contra su cuello, y el olor era todo: sangre fresca, humo de madera, tierra húmeda… y debajo de todo eso, él. Aleksander.

—Te encontré… —mi voz se quebró contra su piel, como si el peso de todas las batallas, las cicatrices y las pérdidas se hubiera acumulado en esas dos palabras.

Él no respondió. Solo su respiración, áspera, contenida, y el latido furioso en su pecho.

Sus brazos me envolvieron con una violencia contenida, como si tuviera miedo de quebrarme o miedo de no poder soltarme nunca más. Entonces lo sentí: sus manos ásperas subiendo por mi espalda, hasta que una de ellas tomó mi rostro con brusquedad.

Lo miré.

Y lo vi a él, no al monstruo, no al soldado, no al experimento. A Aleksander. Sus ojos, dorados por el reflejo del fuego, me quemaron como brasas. No hubo palabras. No hubo permiso. Solo ese instante donde el mundo se quebró.

Su boca cayó sobre la mía.

Un beso feroz, desesperado, lleno de fuego. Sabía a sangre y a humo, pero también a todo lo que nos habíamos callado en las trincheras, en las huidas, en las batallas. A todo lo que nunca nos dijimos cuando el tiempo se nos iba entre balas y monstruos.

Me aferré a su cuello, respondiendo con la misma furia. No era un beso dulce. Era una guerra. Una confesión brutal de que la vida había intentado arrancarnos el uno del otro y habíamos sobrevivido. Que incluso en la oscuridad más honda, nos habíamos buscado.

Cuando por fin se separó, apenas un suspiro de aire entre los dos, sus ojos aún me tenían prisionera.

—Meses… —mi voz salió rota, ahogada, pero no podía detenerla—. Meses queriendo verte, buscándote.

Él frunció el ceño, como si mis palabras fueran otra herida abierta.

—Desperté en Moscú, rodeada de médicos, y lo primero que pedí fue verte, y tú te fuiste.

El recuerdo me golpeó como un puño en el pecho. Bajé un poco la mirada, aún con sus dedos firmes en mi mejilla.

—Mientras organizaba al país… mientras ponía en orden el caos, buscando líderes que pudieran sostener lo que quedaba… yo seguía buscándote. En cada informe, en cada sombra. Encontraba rastros, rumores, pero nada de ti.

Tragué saliva, el calor de sus manos me anclaba, aunque mis palabras me desgarraban.

—Hasta que descubrí que tu familia tenía una cabaña en las montañas. Era una línea perdida en un viejo archivo. Dejé todo. Todo. —Mis dedos se cerraron en su camisa manchada de sangre—. Y vine aquí. A encontrarte.

El silencio se volvió pesado, casi insoportable. El fuego chisporroteaba en la chimenea, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera. El olor a humo y a nieve húmeda impregnaba el aire, mezclándose con el calor áspero de su piel tan cerca de la mía.

Tragué saliva, y sin apartar mis ojos de él, murmuré.

—¿Vas a hablarme… o solo vas a quedarte mirándome así?

Mi voz sonó más temblorosa de lo que quería, y para ocultarlo seguí hablando, como si llenar el aire con palabras fuera mi única defensa contra la intensidad de su mirada.

—Porque… si no lo haces, voy a seguir desvariando, y créeme… ya tuve suficiente de hablar sola en mi cabeza.

Lo vi sonreír. No esa sonrisa oscura y dura con la que solía encarar al mundo, sino una curva breve y humana en sus labios.

—Es que… aún no creo que seas real —dijo, su voz baja, grave, con un filo de incredulidad que me atravesó como un susurro íntimo.

El calor en mi pecho se expandió, pero no me dejó tranquila. Porque si me detenía, si lo miraba demasiado, sentía que iba a desbordarme.

Respiré hondo, intentando ordenar el caos de mi corazón.

—¿Sabes? —continué, apenas un hilo de voz—. Al principio… te odiaba. Eras mi enemigo. El monstruo que intentó matarme más de una vez, el arma de un proyecto al que yo quería destruir.

Me estremecí. Sus dedos aún estaban en mi mejilla, y no me apartaba.

—Pero luego… —seguí, las palabras brotando como una confesión inevitable—… luego empezaste a ser un aliado improbable, alguien que me salvó cuando no debía. Y en cada misión, en cada cicatriz compartida… me descubrí buscando tus ojos.

Bajé la mirada, mis labios rozando apenas su pulgar.

—Y no entendía qué me pasaba. No sabía si era miedo, gratitud… o esta maldita… confusión que se fue haciendo más grande. Hasta ahora.

El silencio volvió a caer entre los dos, pero esta vez era diferente. Ya no era un vacío. Era una pausa cargada de algo nuevo, algo que me dolía y me aliviaba al mismo tiempo.

Me atreví a mirarlo de nuevo.




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