Genoma Bq25

Capítulo XVIII

El calor del fuego no era suficiente para explicar lo que sentía. No era el humo, ni la carne, ni siquiera la manta sobre mis hombros. Era él. Aleksander.

Sentado frente a mí, con los ojos ardiendo como brasas, con la mandíbula tensa como si luchara consigo mismo. Cada vez que el fuego iluminaba su rostro, lo veía humano… y a la vez no. Esa mezcla imposible que tanto me aterraba y tanto me atraía.

Cuando terminé el último bocado, dejé el plato a un lado. Mis dedos aún temblaban.

—Aleksander… —mi voz salió apenas un susurro.

Él levantó la vista lentamente, como si emergiera de las profundidades de sus propios demonios. Esa mirada… era un vórtice de tormenta y calma, intensa y devoradora, pero con una vulnerabilidad desgarradora que solo yo podía ver. Era como si en ese instante, yo fuera el único santuario donde podía depositar el peso monumental que cargaba sobre sus hombros, el único lugar donde sus defensas podían caer.

El silencio se volvió tan espeso que podía sentirlo en la piel, un prisma palpable de tensiones y deseos contenidos. Y antes de que mi mente consciente pudiera intervenir, antes de que el miedo o la razón pudieran detenerme, mi cuerpo ya se había inclinado hacia él. No hubo pensamiento, no hubo análisis. Solo un impulso primal, una necesidad visceral que me llevó hacia sus labios como un imán irresistible.

Su reacción fue instantánea, un relámpago de pura necesidad. Su mano, grande y callosa, surcada de cicatrices y recuerdos ásperos, se cerró alrededor de mi rostro con una ferocidad que era a la vez una caricia. Sus dedos se hundieron en mi piel como garras que no querían hacer daño, sino poseer, afirmar. Y entonces, su boca descendió sobre la mía con la fuerza de una tormenta que finalmente es desatada.

El beso fue una explosión de fuego y urgencia. Tan feroz como el primero, pero esta vez no hubo lugar para la sorpresa o la vacilación. Fue una declaración absoluta, un rugido silenciado por el contacto de nuestros labios, un choque de hambres acumuladas y necesidades que fueron demasiado tiempo reprimidas. Sus labios ardían contra los míos, demandantes, urgentes, y su respiración era un eco grave y ronco que vibraba entre nosotros, un sonido que nacía de lo más profundo de su ser, de donde habitaba la bestia que siempre luchaba por emerger. Yo le respondí con la misma moneda, con una desesperación que me sorprendió, como si mi alma hubiera estado esperando siglos por este instante exacto, por esta colisión de almas.

Lo sentí morderme el labio inferior, un pellizco leve pero cargado de intención, y un gemido profundo, involuntario, escapó de mi garganta. Mis manos volaron hacia su camisa, aferrándose a la tela áspera con una fuerza que no sabía que tenía, con un deseo tan visceral que quería desgarrar cada capa que nos separaba, cada barrera física y emocional.

Él se separó solo un instante, el tiempo justo para que nuestros alientos se mezclaran en el espacio mínimo entre nosotros, con su frente apoyada en la mía. Nuestras pieles estaban calientes, eléctricas.

—El lobo… —susurró, y su voz era áspera, temblorosa, cargada de una lucha interna que yo podía sentir en cada sílaba—, dice que ya no piensa dejarte ir.

Sus palabras me traspasaron, no como una advertencia, sino como una promesa oscura y dulce que resonó en lo más hondo de mi ser.

—¿Y tú? —logré articular, con una voz que era apenas un hilo de sonido, mis labios rozando los suyos con cada palabra, saboreando su proximidad—. ¿Qué dices tú?

La sonrisa que me dedicó entonces no tenía nada de cruel o de amarga. Era ardiente, intensa, llena de una verdad que solo podía ser suya.

—Que ya no sé dónde termina él y dónde empiezo yo.

No me dio más tiempo para procesar sus palabras. Su boca capturó la mía de nuevo, más profunda, más intensamente, hasta que el aire se volvió superfluo y el mundo exterior dejó de existir. Me levantó con una facilidad pasmosa, como si mi cuerpo no pesara más que una pluma, y me sentó sobre sus piernas, aprisionándome contra su torso con una fuerza que era a la vez una jaula y el refugio más seguro. Su calor me envolvía, una hoguera viviente que ahuyentaba cualquier sombra de duda. Aleksander me besaba con una posesividad absoluta, como si el acto de respirar mi aliento fuera tan vital como el suyo propio, como si mi vida le perteneciera y estuviera reclamándola con cada movimiento. Y yo se la entregué. Se la di con cada gemido, con cada curva de mi cuerpo contra el suyo, con la misma hambre rabiosa.

Su mano ascendió desde la línea de mi cuello, sus dedos explorando el latido frenético en mi yugular, hasta enredarse en mi cabello, tirando suavemente hacia atrás para exponer mi garganta y profundizar el beso hasta un nivel casi doloroso. El gemido que escapó de mis labios lo hizo gruñir, una vibración baja y oscura que recorrió todo mi cuerpo como una corriente eléctrica. Sentí mi piel arder, como si las llamas de la chimenea hubieran encontrado un nuevo hogar bajo mi epidermis.

Me apretó con más fuerza contra él, y entonces lo sentí: la evidencia física de su deseo, dura y palpitante, presionando contra mí sin vergüenza ni restricción. Mi corazón se aceleró hasta un ritmo frenético. No había espacio para dudas o temores. Lo quería. Lo había deseado desde mucho antes de admitirlo, desde un lugar oscuro y secreto de mi alma que solo respondía a él.

Sus labios se deslizaron por la línea de mi mandíbula, descendiendo hacia mi cuello con una lentitud deliberada. El roce de sus colmillos, apenas un recordatorio de su naturaleza dual, me arrancó un suspiro tembloroso y cargado de anticipación.

—Aleksander… —mi voz sonó quebrada, suplicante, irreconocible incluso para mis propios oídos.

Él me miró entonces, y sus ojos habían adquirido un tono dorado intenso, como fuego líquido que brillaba en la penumbra. Había lucha en su mirada, sí, los últimos vestigios de su resistencia, pero por encima de todo había una decisión irrevocable.




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