Aleksander Solovyev
El lobo ya no gruñe dentro de mí como antes.
No me exige, no me arrastra hacia la oscuridad como lo hacía en el campo de batalla. Ahora… ríe. Juega. A veces lo escucho en las mañanas, cuando ella abre los ojos aún adormecidos y me mira como si yo fuera algo más que un monstruo. Entonces, el lobo dice cosas que jamás me atrevería a repetir en voz alta, porque se ruborizaría, y aunque me guste verla sonrojarse, también me gusta guardarme secretos con él.
Han pasado meses desde que quedó atrás Alaska. Desde la sangre, los gritos, las explosiones que parecían el final del mundo. Meses desde que vivo en esta cabaña, rodeado de montañas que se alzan como guardianes de piedra, con ríos helados que reflejan el cielo y bosques donde puedo correr libre, sin cadenas, sin armas, sin órdenes.
Pero lo mejor de todo es que no estoy solo.
Sonya camina conmigo en este nuevo mundo, y aunque sigue siendo la mujer que puede mirar a un enemigo a los ojos sin pestañear, también aprendí que es la misma que puede acurrucarse en mi pecho y quedarse dormida con una paz que me desarma más que cualquier batalla.
Por las noches, cuando la tengo entre mis brazos, siento que todo lo vivido antes no fue más que una preparación brutal para llegar a este instante.
A veces despierto antes que ella. Es inevitable; el lobo no necesita tantas horas de sueño, y yo me acostumbre a dormir poco desde la guerra. Entonces me quedo viéndola, con la luz del amanecer filtrándose por la ventana. Su cabello desordenado descansa sobre mi brazo, su respiración es tranquila, y cada tanto hace un pequeño gesto con los labios, como si soñara algo dulce.
El lobo suele susurrar entonces.
—Nuestra.
Y yo sonrío, porque es cierto. Porque ella no solo aceptó la bestia que soy, sino que aprendió a convivir con ella. A veces incluso me gana en sus juegos.
Hace unas semanas, por ejemplo, decidimos correr juntos. Yo me transformé por completo, huesos y músculos cambiaron hasta que la bestia se apoderó de mi cuerpo. Pensé que iba a asustarse, que me miraría con esos ojos humanos que siempre temí… pero en lugar de eso, ella sonrió y me lanzó un reto.
—Atrápame si puedes.
Y corrió.
Corrí detrás de ella, con el viento silbando en mis orejas y la nieve crujiendo bajo mis patas. Y aunque podía alcanzarla en segundos, la dejé ganar, sólo por escuchar su risa cuando giraba la cabeza y gritaba que era más rápida que un lobo. El lobo se ofendió, gruñó dentro de mí, pero también rió. Ella nos había domesticado a ambos.
El país sigue recuperándose. Lo escuchamos en la radio. Las voces hablan de reconstrucción, de nuevas alianzas, de cómo Sonya Romanov, la hija del antiguo presidente, se convirtió en la líder silenciosa que organizó las ruinas y levantó un futuro.
Ella siempre se queja cuando escucha esas noticias. Dice que exageran, que apenas hizo lo que debía. Yo no discuto. Solo la observo y pienso que el mundo aún no tiene idea de quién es realmente la mujer que lo salvó.
A veces me toma la mano en esas noches, cuando el fuego ilumina la cabaña y el viento golpea las ventanas, y me dice que tiene miedo de no estar a la altura, de lo que dicen de ella, de no poder cargar tanto sobre sus hombros. Yo la detengo con un beso, profundo, callándola, hasta que se rinde y suspira contra mis labios.
—No tienes que cargarlo todo sola —le digo entonces. Y el lobo añade con un gruñido satisfecho. —Estamos contigo. Siempre.
Ella sonríe y me abraza más fuerte.
Nuestra vida aquí no es perfecta. A veces las pesadillas vuelven. Yo despierto empapado en sudor, con el recuerdo de sangre y gritos en mi cabeza. Otras veces es ella quien despierta temblando, con la voz rota al recordar la cripta donde me convirtieron.
Pero cuando eso pasa, siempre encontramos el mismo refugio: uno en el otro.
La tomo en mis brazos, dejo que sienta mi calor, y el lobo se queda en silencio, como si entendiera que ahora lo que necesitamos no es fuerza, sino calma. Ella también hace lo mismo cuando soy yo quien tiembla: acaricia mi rostro, me habla en susurros, me recuerda que ya no estamos allí, que la guerra terminó.
Y de alguna forma, siempre encontramos la manera de volver a dormir, juntos.
No todo es oscuridad. También hemos encontrado la calma en lo cotidiano.
Me gusta cazar en el bosque, traer un ciervo y prepararlo con paciencia mientras ella se sienta junto al fuego con un libro. Ella dice que cocina mejor que yo, pero siempre termina aceptando mi carne asada con una sonrisa, y yo me hago el orgulloso.
Me gusta verla arreglar la cabaña, tarareando canciones que no reconozco. O verla salir con los abrigos viejos de mi madre, sus mejillas sonrojadas por el frío, riéndose cuando los perros salvajes de la montaña nos siguen de lejos como si fueran parte de la manada.
Y sobre todo, me gusta cuando, al final del día, nos encontramos en la cama. No importa si hablamos de lo vivido, si hacemos el amor con la misma furia de la primera vez, o si simplemente nos quedamos en silencio escuchando la respiración del otro. Siempre hay algo en esos momentos que me recuerda que, contra todo pronóstico, sobrevivimos.
Que estamos aquí.
Algunas noches, cuando ella ya duerme, me quedo despierto con el lobo.
Él no habla como un humano, pero siento sus pensamientos, sus emociones. Y siempre me repite lo mismo.
—Ahora estamos completos. Ella es el resto de nosotros.
Y por primera vez en mi vida, le creo.
Porque antes de Sonya, yo era un soldado, luego un experimento, y al final una simple arma. Pero con ella… soy Aleksander. Soy hombre y lobo. Soy alguien que tiene un lugar donde pertenecer.
Hoy, mientras la observo dormir, con su cabello desparramado como el fuego sobre la almohada y su respiración tranquila llenando la habitación, sé que nada puede arrebatarme esto. No importa si el mundo cambia, si vuelven enemigos, si las sombras nos persiguen. Mientras ella esté a mi lado, el lobo y yo lucharemos hasta el último aliento.