Estar parado en el borde de un edificio de cincuenta pisos mientras llueve a cántaros suena muy épico en las películas de acción, pero en la vida real... bueno, solo digamos que el agua se me estaba metiendo por lugares que no sabía que podían mojarse. Mi Nueva York, la Tierra-904, siempre había sido así: un contraste violento entre los rascacielos ultra-tecnológicos con hologramas de treinta metros y los callejones oscuros que olían a metal oxidado y basura.
—Nota mental: Impermeabilizar mejor las costuras de la entrepierna. Y quizás comprar un deshumidificador para la máscara, porque no veo un carajo —susurré para mí mismo, escuchando cómo mi propia voz rebotaba dentro de la tela técnica blanca.
Llevaba dos horas saltando de azotea en azotea, probando mis límites. Al principio, el pánico me cerraba la garganta cada vez que soltaba una red. Mis disparadores eran un milagro de la ingeniería desesperada y la falta de presupuesto: piezas de un viejo reloj de pulsera, válvulas de botes de aire comprimido y una fórmula de fluido arácnido que, honestamente, olía a una mezcla extraña de menta y pegamento industrial. Pero, contra todo pronóstico, funcionaban. Mis manos se movían por instinto, disparando hilos blancos con una precisión que mi cerebro de estudiante de veinte años aún no lograba procesar.
Bajé la mirada hacia la calle. El tráfico era un río de luces neón y autos que zumbaban bajo la lluvia, ajenos a que un tipo de 1.82 m con un traje de tela blanca los observaba desde las nubes como una gárgola moderna. Todo se veía normal, hasta que el aire cambió. No fue un ruido, fue una sensación.
Un hormigueo eléctrico, como mil agujas calientes, me recorrió la nuca. Mi sentido arácnido no solo me avisaba de un peligro; me estaba gritando que la realidad misma tenía un problema.
—Vale, "sentido arácnido", capto la indirecta. Algo va a salir muy mal en 3, 2, 1...
A dos calles de distancia, en un callejón iluminado por un cartel de gas neón parpadeante que anunciaba fideos baratos, tres tipos estaban forzando la cerradura de una clínica de alta tecnología. No parecían profesionales; eran tipos con chaquetas de cuero sintético y barras de metal, probablemente buscando algo que vender en el mercado negro para pagar sus deudas. Era el momento. Mi debut oficial. El bautizo de fuego de lo que fuera que estaba intentando ser.
Bajé en picada, sintiendo que el estómago se me subía a la garganta. Disparé una red hacia una viga de acero y me balanceé con una fuerza que casi me saca el hombro de su sitio. Aterricé justo detrás de ellos con un golpe seco, haciendo que el agua estancada del suelo salpicara sus botas sucias.
—¿Saben? Es un poco tarde para venir por vitaminas, ¿no creen? La salud es importante, pero el allanamiento de morada es muy de la temporada pasada —solté con mi mejor tono de burla, aunque por dentro mis piernas temblaban como gelatina.
Los tres tipos se giraron al unísono. Sus caras eran un poema de confusión y terror absoluto.
—¿Qué demonios es eso? ¿Un fantasma? —preguntó el que parecía el líder, sacando una navaja automática que brilló bajo la luz verde de mis lentes.
—Me gusta más "Ghost", pero si quieres llamarme "El tipo que te va a dejar pegado a un contenedor de basura", también me sirve —respondí, poniéndome en una guardia que solo había visto en películas de artes marciales.
El líder se lanzó hacia mí con un grito de guerra bastante patético. En ese instante, el tiempo se estiró. Vi la trayectoria de la navaja como si fuera un dibujo lento en el aire. Esquivé el tajo con un giro lateral que desafiaba la columna vertebral de cualquier humano normal y le conecté un golpe seco en las costillas. El impacto resonó en todo el callejón y el tipo salió volando tres metros, aterrizando de cara contra una pila de cajas de cartón mojadas.
—¡Es un mutante! ¡Dispárale, idiota! —gritó el segundo, sacando una pistola del cinturón.
Mi cabeza vibró como un teléfono en máxima potencia. Me agaché por puro instinto justo cuando la bala pasó rozando mi capucha, quemando un poco el aire. Antes de que pudiera apretar el gatillo de nuevo, extendí mis brazos y disparé dos ráfagas de red directas a sus muñecas, tirando de ellas con una fuerza inhumana y pegándolas a los ladrillos del callejón.
—¡Cuidado con el traje, amigo! Me tomó tres noches enteras coser esto, usé una aguja industrial y la pintura verde neón costó lo que me quedaba del mes de renta. ¡Respeta el arte! —exclamé, dándole una patada giratoria al tercer tipo que intentaba golpearme por la espalda con un tubo de metal.
La adrenalina me estaba nublando el juicio. Me sentía invencible, como si finalmente hubiera encontrado mi lugar en el mundo. Estaba a punto de decir otro chiste estúpido cuando, de repente, la realidad decidió que ya se había divertido bastante conmigo.
Un sonido de estática digital, como cuando una televisión vieja se queda sin señal, inundó mis oídos. El dolor fue instantáneo, como si me estuvieran clavando cristales en los dientes. Me miré las manos y solté un grito ahogado: mi brazo derecho se estaba "pixelando". Cuadritos de colores distorsionados aparecían y desaparecían, y por un segundo, mi brazo dejó de ser sólido para convertirse en una masa de ruido visual.
—¿Pero qué caraj...? ¿Me estoy desvaneciendo? ¡No, no, no! ¡Apenas empecé hoy!
Entonces, el aire se rasgó con el sonido de un trueno electrónico. Un hexágono gigante de luz naranja y roja se abrió en medio del callejón, evaporando la lluvia al contacto y creando un vapor denso. De él salió una figura que hacía que los tipos que acababa de golpear parecieran hormigas. Era enorme. Un traje azul oscuro con líneas rojas que parecían venas de energía, garras metálicas que raspaban el suelo y una máscara que no transmitía nada más que una furia contenida.
—T/N T/A. Tierra-904 —la voz del tipo era tan profunda que sentí que mis pulmones vibraban dentro de mi pecho—. Eres una anomalía. No deberías tener esos poderes, y ciertamente no deberías estar alterando el canon de este universo con este... despliegue de aficionados.
Editado: 28.02.2026