Giulia D'angelo

CAPÍTULO 2

FLORENCIA, ITALIA

GIULIA

 

—No he cambiado de opinión, mamá, seguirá siendo rosado, así que deja de enviarme fotos de vestidos de novia porque no quiero ver nada más, por favor y gracias.

Gruño frustrada al terminar la llamada y lanzo el teléfono del lado del copiloto antes de encender mi auto, porque hoy no estoy de humor para estar rodeada de seguridad, aunque siempre me sigan de cerca.

Mi auto es un Bentley rosa pálido, obviamente customizado para mí, los asientos son de cuero blanco con negro y con calefacción, el volante tiene incrustaciones de diamantes rosados formando la G de mi nombre. Es un lujo, pero a mí me encanta.

Sé que mi hombre ha intentado que todo el proceso de planificar nuestra boda sea lo más relajado posible, pero mi madre lo dificulta mucho cuando se pone de impertinente a cuestionar las decisiones que ya tengo tomadas, como el vestido. Será rosado y con flores que María le está colocando, los vestidos de mis damas serán blancos y ya, no hay cambio de opinión ni vuelta atrás. Cosa que parece que mi madre no entiende cuando me sigue enviando fotos de vestidos que no quiero ver.

Enciendo el reproductor y dejo que la voz de Sia, inunde el espacio, justo veo la pantalla de mi teléfono titilar con el nombre de mi mamá y lo ignoro, no quiero hablar con ella. Suficiente con el día tan pesado que hoy tuve en el corporativo como para cargarme de más cosas, sin contar que se me hizo aún más duro porque mi futuro esposo está en un viaje exprés a Roma por trabajo, lo extraño demasiado cuando no está cerca.

Parecerá una locura para muchos todo el tiempo juntos y que no nos aburramos, pero es todo lo contrario, siempre salimos en citas, nos sorprendemos mutuamente y trabajamos para que nuestra relación avance. Mi Dome es el hombre de mis sueños y de mi vida y no me veo con nadie mas.

Cuando mi papi me llama, ahí sí le contesto y lo pongo en altavoz.

—¿Todo bien, mi Dulce Ángel? —sonrío ante ese apodo que me encanta.

—Ella te llamó, ¿no? Hazla tú entrar en razón antes de que me ponga ácida y no quiero eso, además de que le prometí a mi hombre no amargarme durante los preparativos, papá.

—Ya lo sé, princesa, solo quiero saber que estás bien, nada más. —dice en ese tono calmo que siempre tiene para mí.

—Estoy bien, papi. Es ella quién me estresa porque yo estoy muy tranquila y feliz con mi vestido rosado y los sexis vestidos blancos de mis damas. Y dile a la tía Geo que no le haga caso agregando nada al menú, por favor. Ella ya tuvo su boda ostentosa contigo y su boda remilgada con Tomás, que me deje en paz hacer la mía como se me da la gana.

—Giulia… —Me advierte.

—Lo siento, papi, se me cruzan un poco los cables a veces, ya sabes. ¿Cenamos juntos? —Le propongo.

—Claro que sí, mi Dulce Ángel, te espero para cenar en casa, ¿bueno? Te amo.

—Te amo, papi, nos vemos en un rato.

La llamada termina y sigo conduciendo hasta casa de alguien de la familia que me entiende muy bien: Sabina Mancini. Nos conectamos un día que fue a buscar a Manuela porque discutió con su papá, pero Manu no estaba, empezamos a hablar y desde entonces somos muy buenas amigas y confidentes aunque muchos no lo sepan.

Le escribo y enseguida se abren las puertas del garaje para dejarme entrar, me gusta que su casa no es ostentosa, pero si muy amplia y se nota que es muy ella y Enzo en cada detalle.

—Siempre digo que me quiero robar ese auto hermoso, nena. —Es su saludo que me hace sonreír.

—Ya sé, es mi bebé y me encanta. La mejor inversión que pude hacer con las ganancias del primer contrato que firmamos como ejecutivas del corporativo. —afirmo y compartimos un abrazo.

Sabina me cae bien porque siempre va de frente, lo que ves es lo que es y desde que salió de casa de su padre para vivir a plenitud su relación con Enzo, se la ve más abierta, tranquila y feliz.

—Pasa adelante, estaba por servirme una copa y pintarme las uñas ya que Enzo no regresa hasta la noche. Estuve toda la mañana ensayando y necesito un poco de relax.

—Me viene bien la copa y el relax, querida.

Sigo a Sabina hasta la cocina donde busca dos copas, toma una botella de la hermosa vinera de madera que reposa sobre la isla y vamos a la sala, dónde ya tiene varios esmaltes y todo lo necesario sobre la mesa de café. Nos sentamos en los almohadones en el piso y Sabina sirve el vino para ambas, doy un sorbo al blanco que está delicioso.

—¿Y bien?, ¿tu madre sigue estresándote? —Asiento a su pregunta.

—Estuvo enviándome fotos de vestidos cuando ya tengo el vestido que tu hermana me está arreglando con las flores, ya tengo el de las damas que escogió Sofía, ¿para qué mandarme eso si sabe perfectamente que no voy a cambiar de opinión? —mascullo—. Y ni hablar de los mensajes con sugerencias de comida que le manda a la tía Geo cuando ya Dome y yo escogimos el menú con nuestros platillos favoritos.

—Qué ganas de molestar, conociéndote ya la mandaste por un tubo, ¿no? —Sabina bebe de su copa y escoge un esmalte dorado, yo observo la selección y escojo el rosa pastel.




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