God's False Prophetes: El Fin de los Tiempos

Capítulo I: El Secreto Ancestral

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Catacumbas, Archivo Secreto (Dos meses después de la alianza con la raza ancestral)

La paz se había instalado sobre Nueva Jerusalén como una manta de luz que envolvía cada rincón de la ciudad, cada hogar, cada corazón, cada alma. Después de meses de guerra, de muerte, de sufrimiento y de pérdida, la ciudad finalmente respiraba. Las calles, que una vez habían sido campos de batalla llenos de escombros y cadáveres, ahora estaban llenas de vida, de risas de niños, de voces de mercaderes, de cánticos de alabanza. Los edificios que habían caído bajo el embate de la artillería habían sido reconstruidos, más altos y más hermosos que antes, sus fachadas de vidrio y acero brillando bajo el sol como espejos que reflejaban la esperanza. Los parques, que habían sido trincheras y refugios de los desesperados, ahora estaban llenos de flores, de árboles frondosos, de familias que paseaban, de parejas que se besaban, de ancianos que recordaban con gratitud los tiempos oscuros y celebraban la luz que finalmente había llegado. La guerra había terminado. La flota ancestral se había retirado a las profundidades del cosmos de donde había venido. La humanidad había sobrevivido a la prueba más difícil de su historia, la prueba del amor incondicional, y ahora, por primera vez en siglos, el futuro se abría ante ellos como un camino despejado, sin sombras, sin amenazas, sin miedo.

Pero Pablo no podía descansar. No podía encontrar la paz que la ciudad parecía haber encontrado. No podía compartir la alegría que iluminaba los rostros de los que caminaban por las calles.

Había algo que lo atormentaba, una inquietud que se instalaba en su pecho como una piedra fría cada vez que cerraba los ojos, una pregunta que resonaba en su mente como un eco persistente, una sombra que se cernía sobre su alma como una nube oscura que se negaba a disiparse. La figura de luz le había revelado la verdad sobre la raza ancestral, sobre el origen de la humanidad, sobre la prueba del amor. Le había hablado del experimento, de la evolución, de la oportunidad que la humanidad tenía de demostrar su valía. Pero Pablo sentía que había más. Algo que no le habían dicho. Algo que la figura de luz había omitido deliberadamente, algo que el señor de la guerra había ocultado bajo su fachada de poder y autoridad, algo que los Guardianes de la Profecía habían enterrado bajo siglos de silencio y mentira. Había un vacío en la historia que le habían contado, un hueco en la verdad que no podía ignorar, una pregunta que no podía dejar de hacerse.

Y ahora, en las profundidades de las catacumbas, en un archivo secreto que Cristian había descubierto antes de morir, Pablo estaba a punto de encontrar la verdad que había estado buscando.

El archivo era una sala pequeña, oculta detrás de una pared falsa en el nivel más profundo de las catacumbas, un lugar donde la luz del sol nunca llegaba y el silencio era absoluto. Cristian lo había encontrado durante la guerra de los Pecadores, cuando buscaba refugio de los soldados del Vaticano, pero nunca había tenido tiempo de explorarlo completamente antes de que la guerra lo consumiera todo. Ahora, Pablo estaba allí, con una linterna en la mano, iluminando los estantes polvorientos que contenían documentos antiguos, pergaminos descoloridos por el tiempo, discos de datos que nadie había tocado en siglos.

El polvo se levantaba con cada paso, flotando en el aire como fantasmas de un pasado olvidado, como susurros de voces que habían callado hacía mucho tiempo. El olor a papel viejo y a tierra húmeda llenaba sus pulmones, y el silencio era absoluto, roto solo por el sonido de sus propios pasos resonando en las paredes de piedra, por el goteo constante del agua de condensación, por el latido de su propio corazón que parecía cada vez más fuerte. Pablo sentía que estaba en un lugar sagrado, un lugar donde los secretos del universo esperaban ser revelados, un lugar donde la verdad se escondía de los ojos de los que no estaban preparados para verla.

—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro en el silencio—. "Padre, guíame. Ayúdame a encontrar la verdad. Ayúdame a entender lo que aún no comprendo. Ayúdame a ver lo que aún está oculto."

El silencio fue su única respuesta. Un silencio profundo, pesado, absoluto.

Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido.

Pablo comenzó a revisar los documentos con la intensidad de un hombre que sabe que está a punto de encontrar algo que cambiará su vida para siempre. Había informes de los Guardianes de la Profecía, escritos en un lenguaje críptico que solo los iniciados podían entender. Cartas de antiguos papas, con sellos de cera rotos y firmas que pertenecían a otra era. Diarios de cardenales que habían vivido siglos atrás, que habían sido testigos de conspiraciones y secretos que la historia oficial había enterrado. Había registros de reuniones secretas en las catacumbas, de decisiones que habían cambiado el curso de la historia, de profecías que habían sido cumplidas y otras que aún esperaban su momento. Y había algo más.

Un archivo sellado.

Estaba en el fondo de la sala, en un estante polvoriento, casi escondido detrás de otros documentos más recientes, como si alguien hubiera intentado ocultarlo, como si alguien hubiera querido que nunca fuera encontrado. Estaba marcado con un símbolo que Pablo no había visto antes: un círculo dividido en tres partes, cada una con un color diferente: blanco, negro y dorado. Debajo del símbolo, una inscripción en latín, escrita con una caligrafía antigua y meticulosa: "Veritas Ultima" — "La Última Verdad".

Pablo sintió que un escalofrío recorría su espalda, un escalofrío que no era de frío, sino de reconocimiento. Sabía que aquel archivo contenía la respuesta que había estado buscando. Sabía que aquel archivo cambiaría todo lo que creía saber. Sabía que aquel archivo era la clave de todo.




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