Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (Una semana después de la revelación del secreto ancestral)
El sol se elevaba sobre el horizonte de Nueva Jerusalén, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados, como si el mismo universo estuviera bendiciendo el momento que estaba a punto de suceder, como si la creación entera estuviera celebrando el advenimiento de la verdad. La luz del amanecer se filtraba entre los rascacielos de cristal, bañando la ciudad con su resplandor, iluminando los rostros de los que se habían congregado en la Plaza del Redentor. Era una luz cálida, casi sagrada, que parecía tocar cada alma con la promesa de un nuevo comienzo.
Miles de personas se habían reunido allí. No eran solo los seguidores de la Iglesia de la Verdad, con sus túnicas blancas y sus rostros llenos de fe, sino también los líderes políticos de las colonias espaciales, los representantes de la raza ancestral que habían permanecido en la Tierra como embajadores después de la alianza, los curiosos que habían oído los rumores de que algo importante estaba a punto de suceder, y los indecisos que aún no sabían qué creer y buscaban una respuesta. La plaza estaba llena hasta el borde, y la gente se extendía por las calles adyacentes, por los tejados, por los balcones, por cualquier lugar donde pudieran ver y escuchar. El murmullo de la multitud era como el rumor del mar, un sonido constante que llenaba el aire de expectación y ansiedad, que crecía y menguaba como las olas en la orilla.
Pablo estaba en el centro de la plaza, subido a la fuente de mármol blanco, el mismo lugar donde Jesua había predicado, donde Elías había sido aclamado, donde Ximena había muerto, donde la historia de la humanidad había dado giros inesperados. La fuente había sido reconstruida después de la guerra de Sangre, y su mármol blanco brillaba bajo la luz del sol, reflejando la luz como un espejo. Llevaba ropas sencillas, como siempre, sin adornos ni símbolos de poder, pero su presencia era magnética, como la de un hombre que ha sido llamado a una misión más grande que él mismo, como la de un hombre que ha sido preparado desde el principio de los tiempos para este momento. Su rostro estaba sereno, iluminado por la luz del amanecer, pero en sus ojos brillaba una luz que no había tenido antes, una luz de determinación y fe, una luz que decía que había encontrado la verdad y que estaba listo para compartirla.
A su alrededor, los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban formaban un círculo de apoyo. Angélica estaba a su derecha, con el rostro iluminado por la luz del amanecer, con los ojos brillando de esperanza y miedo, con las manos apretadas en señal de apoyo. Daichar estaba a su izquierda, con su silencio y su fuerza, su lealtad inquebrantable, su mirada fija en Pablo como un soldado que mira a su general. Zamtio estaba detrás de él, con su juventud y su fe, sus ojos brillando con lágrimas de orgullo y temor. Teus estaba en un rincón, observando con su inteligencia y su calma, su mente analizando cada detalle, cada palabra, cada gesto. Emilio estaba entre la multitud, con su devoción y su esperanza, su rostro iluminado por la certeza de que Pablo era el elegido. Milenca estaba en la primera fila, con Daniel en brazos, el niño que había sido sanado por Jesua y que ahora crecía con la fe de los que han visto milagros, con los ojos abiertos de par en par, absorbiendo cada palabra como una esponja.
Pablo respiró hondo, sintiendo el peso del momento en sus hombros, sintiendo el peso de la responsabilidad en su corazón, sintiendo el peso de la verdad en su alma. Había pasado la semana anterior preparándose para aquel momento, orando, ayunando, meditando, buscando la guía del Padre. Había revisado el pergamino del secreto ancestral una y otra vez, memorizando cada palabra, cada frase, cada concepto. Había consultado con los líderes de la Iglesia de la Verdad, con los embajadores de la raza ancestral, con los que habían estado a su lado durante toda la guerra. Y ahora, finalmente, estaba listo.
—"Hermanos y hermanas" —comenzó, y su voz resonó con una claridad que llenó cada rincón de la plaza, que llegó a cada corazón, que tocó cada alma. Era una voz que parecía venir de otro mundo, una voz que contenía toda la sabiduría de los siglos, todo el amor de la eternidad, toda la verdad de la creación—. "He venido hoy para compartir con vosotros una verdad que he descubierto. Una verdad que cambiará todo lo que creemos saber. Una verdad que pondrá a prueba nuestra fe como nunca antes. Una verdad que nos hará más fuertes, o nos destruirá."
La multitud enmudeció. El silencio era absoluto, tan profundo que se podía oír el latido de los corazones, el susurro de las oraciones, el crujir de la ropa, el temblor de los labios. Miles de personas contenían el aliento, esperando lo que iba a venir, sabiendo que nada volvería a ser igual.
—"He descubierto la verdad sobre el Creador" —continuó Pablo, su voz llena de emoción, sus ojos brillando con lágrimas que no podía contener—. "La verdad sobre el origen de la humanidad. La verdad sobre la prueba final. La verdad sobre el destino de la humanidad. La verdad que los Guardianes de la Profecía ocultaron durante siglos. La verdad que la raza ancestral temía revelar. La verdad que el Creador ha estado esperando que descubramos."
—¿Quién es el Creador? —preguntó alguien desde la multitud, con voz temblorosa, una mujer de rostro pálido y ojos brillantes—. ¿Quién es ese ser que ha estado observándonos?
—"El Creador es la fuerza que existe más allá del tiempo y del espacio" —dijo Pablo, su voz firme y clara, como una campana que resonaba en el silencio—. "La fuerza que diseñó el experimento de la humanidad. La fuerza que observa la evolución de todas las especies. La fuerza que juzga a todas las civilizaciones. La fuerza que decide quién es digno y quién no. La fuerza que es el origen de todo amor, de toda verdad, de toda vida."