Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (Una semana después del debate en el Vaticano)
El sol se elevaba sobre el horizonte de Nueva Jerusalén, tiñendo el cielo de tonos dorados y rojos, como si el mismo universo estuviera celebrando el momento que estaba a punto de suceder, como si la creación entera estuviera conteniendo el aliento, esperando la palabra que cambiaría todo, la verdad que reconfiguraría el destino de la humanidad para siempre. Los primeros rayos de luz se filtraban entre los rascacielos de cristal, bañando la ciudad con su resplandor, iluminando los rostros de los que se habían congregado en la Plaza del Redentor, tocando cada alma con la promesa de un nuevo amanecer.
La Plaza del Redentor estaba más llena que nunca, más llena de lo que había estado incluso en los días de gloria de Jesua, incluso en los días de la guerra de Sangre, incluso en los días de la alianza con la raza ancestral. Era una marea humana que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, que se derramaba por las calles adyacentes, que llenaba cada rincón de la plaza, que se agolpaba en los tejados y los balcones, que se apretaba en las ventanas y las puertas, que se extendía como un océano de rostros y corazones. No eran solo los seguidores de la Iglesia de la Verdad, con sus túnicas blancas y sus rostros llenos de fe, con sus manos levantadas al cielo y sus labios moviéndose en oraciones silenciosas. No eran solo los líderes políticos de las colonias espaciales, con sus trajes formales y sus expresiones serias, sus ojos brillando con la tensión de lo que estaba por venir. No eran solo los representantes de la raza ancestral, con sus cuerpos de luz y sus ojos antiguos, observando desde las alturas con una paciencia que trascendía los siglos. No eran solo los curiosos y los indecisos, los que aún no sabían qué creer y buscaban una respuesta. Eran todos. Era la humanidad entera, reunida en un solo lugar, en un solo momento, para escuchar la verdad que cambiaría todo.
Las transmisiones en vivo se extendían por todo el sistema solar como una red de luz, llegando a cada colonia, cada estación espacial, cada nave, cada mundo habitado. En Marte, en Venus, en las lunas de Júpiter y Saturno, en los puestos avanzados más remotos de la humanidad, la gente se reunía alrededor de pantallas holográficas, con los ojos fijos en la imagen de Pablo, con los corazones latiendo al ritmo de la espera, con las almas suspendidas en un hilo de incertidumbre y esperanza. En los hogares, en las plazas, en las naves de guerra, en las estaciones de investigación, en los centros de culto, la gente se detenía y escuchaba. El silencio era absoluto en todo el sistema solar, como si el universo entero estuviera escuchando.
Pablo estaba en el centro de la plaza, subido a la fuente de mármol blanco, el mismo lugar donde Jesua había predicado, donde Elías había sido aclamado, donde Ximena había muerto, donde la historia de la humanidad había dado giros inesperados. La fuente había sido reconstruida después de la guerra de Sangre, y su mármol blanco brillaba bajo la luz del sol, reflejando la luz como un espejo que capturaba la esperanza de todos los que lo miraban, como una superficie de agua que reflejaba el cielo. Llevaba ropas sencillas, como siempre, sin adornos ni símbolos de poder, pero su presencia era magnética, como la de un hombre que ha sido elegido para una misión más grande que él mismo, como la de un hombre que ha sido preparado desde el principio de los tiempos para este momento, como la de un hombre que ha sido purificado por el sufrimiento y fortalecido por el amor. Su rostro estaba sereno, iluminado por la luz del sol que se elevaba sobre el horizonte, pero en sus ojos brillaba una luz que no había tenido antes, una luz de determinación y fe, una luz que decía que había encontrado la verdad y que estaba listo para compartirla, una luz que decía que la oscuridad no podía vencerlo.
A su alrededor, los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban formaban un círculo de apoyo, un anillo de fe y lealtad que lo rodeaba como una armadura invisible. Angélica estaba a su derecha, con el rostro iluminado por la luz del sol, con los ojos brillando de esperanza y miedo, con las manos apretadas en señal de apoyo y determinación, con los labios moviéndose en una oración silenciosa. Daichar estaba a su izquierda, con su silencio y su fuerza, su lealtad inquebrantable, su mirada fija en Pablo como un soldado que mira a su general en la víspera de la batalla final, su puño apretado sobre su pecho. Zamtio estaba detrás de él, con su juventud y su fe, sus ojos brillando con lágrimas de orgullo y temor, su cuerpo tembloroso pero su corazón firme. Teus estaba en un rincón, observando con su inteligencia y su calma, su mente analizando cada detalle, cada palabra, cada gesto, cada movimiento, preparado para cualquier eventualidad. Emilio estaba entre la multitud, con su devoción y su esperanza, su rostro iluminado por la certeza de que Pablo era el elegido. Milenca estaba en la primera fila, con Daniel en brazos, el niño que había sido sanado por Jesua y que ahora crecía con la fe de los que han visto milagros, con los ojos abiertos de par en par, absorbiendo cada palabra como una esponja, su mano pequeña apretando la de su madre.
Pablo respiró hondo, sintiendo el peso del momento en sus hombros, sintiendo el peso de la responsabilidad en su corazón, sintiendo el peso de la verdad en su alma. Había pasado la semana anterior preparándose para aquel momento, orando en la capilla del Vaticano hasta que sus rodillas dolían, ayunando hasta que su cuerpo se debilitaba, meditando hasta que su mente se aclaraba, buscando la guía del Padre en cada momento de silencio. Había consultado con los líderes de la Iglesia de la Verdad, con los embajadores de la raza ancestral, con los que habían estado a su lado durante toda la guerra. Había revisado el pergamino del secreto ancestral una y otra vez, memorizando cada palabra, cada frase, cada concepto, cada implicación, cada consecuencia. Y ahora, finalmente, estaba listo.