God's False Prophetes: El Fin de los Tiempos

Capítulo VII: La Resistencia

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén y Múltiples ubicaciones (Tres semanas después de la revelación de Pablo)

El caos había alcanzado su punto máximo, como una tormenta que finalmente había estallado con toda su furia, como un volcán que había hecho erupción después de siglos de silencio, como un océano que se había desbordado y arrasaba todo a su paso.

Las tres semanas posteriores a la revelación de Pablo habían sido las más oscuras en la historia de la humanidad, más oscuras que la guerra de los Pecadores, más oscuras que la guerra de Sangre, más oscuras que cualquier crisis que la especie hubiera enfrentado en su larga y tortuosa existencia. La fe, que había sido el ancla de la civilización durante milenios, que había sostenido a la humanidad en los momentos más difíciles, que había dado sentido al sufrimiento y esperanza al dolor, se había desmoronado como un castillo de naipes bajo el peso de la verdad. La esperanza, que había sostenido a la humanidad en los momentos más oscuros, que había iluminado el camino cuando todo parecía perdido, se había desvanecido como la niebla al amanecer, dejando tras de sí solo un vacío frío y oscuro. El amor, que había sido la fuerza más poderosa del universo, la fuerza que había unido a la humanidad, que la había elevado por encima de sus instintos más bajos, que la había hecho más de lo que era, estaba siendo puesto a prueba como nunca antes, como el hierro en el fuego, como el oro en el crisol.

En Nueva Jerusalén, las calles estaban llenas de escombros y cadáveres, un paisaje dantesco que parecía sacado de los peores infiernos de la imaginación humana. Los enfrentamientos entre los que aceptaban la revelación y los que la rechazaban se habían vuelto violentos, y la ciudad que una vez había sido el orgullo de la humanidad, el símbolo de su grandeza y su progreso, ahora era un campo de batalla, un lugar de muerte y destrucción. Los edificios que habían sido reconstruidos con tanto amor y esfuerzo después de la guerra de Sangre volvían a estar en ruinas, sus fachadas de vidrio y acero destrozadas por los impactos, sus estructuras de hormigón agrietadas y humeantes. El humo de los incendios se elevaba hacia el cielo como una nube negra que ocultaba el sol, tiñendo todo de un tono sepulcral, como si la luz misma se hubiera retirado de la ciudad. Los hospitales estaban desbordados, los médicos trabajaban sin descanso, y los heridos yacían en las calles, en las aceras, en los pasillos, esperando una ayuda que no llegaba, sus gemidos mezclándose con el sonido de los disparos y las explosiones. Los niños lloraban en brazos de sus madres, sus pequeños cuerpos temblorosos, sus ojos llenos de un miedo que no comprendían. Los ancianos caían de rodillas en las esquinas, sus manos levantadas hacia el cielo, sus labios moviéndose en oraciones que ya no sabían si serían escuchadas. La ciudad, que había renacido de las cenizas de la guerra, ahora se estaba desgarrando de nuevo, y no había nada que nadie pudiera hacer para detenerlo.

En Marte, la violencia se había extendido por toda la colonia como un incendio incontrolable. Los templos de la Iglesia de la Verdad habían sido destruidos, reducidos a escombros humeantes, y los seguidores de Pablo habían sido perseguidos, golpeados, asesinados. Sus cuerpos yacían en las calles, en las plazas, en los rincones, olvidados por los que una vez los habían llamado hermanos. Los líderes políticos habían perdido el control, sus autoridades desafiadas por todos lados, y la anarquía reinaba en las calles, una anarquía alimentada por el miedo, la ira y la desesperación. Los grupos de resistencia se habían formado en ambos bandos, los que defendían la revelación y los que la atacaban, y la guerra civil parecía inevitable, un abismo que se abría bajo los pies de la humanidad y amenazaba con tragarla entera.

En Venus, las ciudades flotantes que surcaban las nubes ácidas estaban en estado de sitio, sus calles vacías, sus hogares cerrados, sus habitantes escondidos. Los líderes políticos habían impuesto la ley marcial, y los toques de queda se habían extendido a todas las horas del día, como una mordaza que silenciaba las voces de los que aún querían hablar. La gente se escondía en sus hogares, con el miedo en sus corazones y la duda en sus mentes, sin saber qué hacer, sin saber qué creer, sin saber a quién recurrir. Las ventanas estaban cerradas, las puertas atrancadas, y el silencio era absoluto, roto solo por el sonido del viento que soplaba entre los edificios y el zumbido de los generadores que mantenían las ciudades en el aire.

En las estaciones espaciales que orbitaban Júpiter y Saturno, la situación era igual de crítica, con los científicos y los trabajadores divididos en facciones irreconciliables que se enfrentaban en los pasillos y en los módulos de observación. Los líderes de las estaciones habían perdido el control, y la violencia se extendía como una plaga, infectando a todos los que tocaba, dividiendo a las familias, destruyendo las comunidades que una vez habían sido unidas por la búsqueda del conocimiento.

Y en el centro de todo, Pablo seguía luchando, su fe puesta a prueba como nunca antes, su amor por la humanidad cuestionado por el dolor que veía a su alrededor. No se había rendido. No se había detenido. No se había dejado vencer por el peso de la responsabilidad, por el peso del dolor, por el peso de la desesperación. Había predicado en las plazas, en las calles, en los mercados, en los parques, en cualquier lugar donde hubiera gente dispuesta a escuchar. Había consolado a los afligidos, había respondido a las preguntas de los que dudaban, había dado esperanza a los que habían perdido todo. Había sido el líder que todos necesitaban que fuera, el faro en la tormenta, la roca en la marea, la luz en la oscuridad, la voz en el silencio. Pero sabía que no podía hacerlo solo. Sabía que necesitaba ayuda. Sabía que necesitaba la fe de los demás.

En la Sala del Sínodo, en el Vaticano, Pablo estaba reunido con los líderes de la Iglesia de la Verdad, los cardenales que lo apoyaban, y los representantes de las colonias espaciales que habían logrado llegar a Nueva Jerusalén, desafiando el bloqueo y la violencia. La sala estaba iluminada por la tenue luz de las velas, que parpadeaban en la oscuridad creando sombras danzantes en las paredes de mármol, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados, sombras que parecían presagiar la tormenta que se avecinaba. Los rostros de los presentes estaban sombríos, marcados por el cansancio y la preocupación, por la pérdida y el dolor, por la fe que aún se aferraba a la esperanza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.