God's False Prophetes: El Fin de los Tiempos

Capítulo X: El Dilema de Pablo

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (Horas después de la aparición del Creador)

La luz del Creador se había retirado lentamente, como un océano de resplandor que retrocede después de la marea alta, dejando tras de sí un mundo transformado, un mundo que ya no era el mismo, un mundo que había sido tocado por la mano de lo divino. Pero su presencia seguía flotando en el aire como un eco eterno, como una promesa que aún no se había cumplido, como una verdad que esperaba ser aceptada, como un amor que esperaba ser correspondido. La ciudad, que había estado sumida en la oscuridad y la desesperación durante semanas, ahora estaba iluminada por un resplandor que no parecía venir del sol, sino del mismo corazón de la creación, una luz que envolvía todo, que lo penetraba todo, que lo llenaba todo con su calidez y su paz. Los enfermos habían sanado, sus cuerpos restaurados por un toque invisible. Los heridos se habían levantado de sus camas, sus heridas cerradas como si nunca hubieran existido. Los muertos habían abierto los ojos, sus almas regresando de las profundidades del olvido, sus rostros iluminados por la sorpresa y la gratitud. La guerra había cesado, y el silencio que siguió no era el silencio de la muerte, el vacío frío de la ausencia, sino el silencio de la espera, el silencio de la expectación, el silencio de la fe, el silencio de un mundo que contenía el aliento, esperando lo que iba a venir.

Pablo estaba en la Plaza del Redentor, de pie frente a la fuente de mármol blanco que había sido reconstruida milagrosamente por la luz del Creador, como si el tiempo mismo se hubiera revertido para restaurar lo que había sido destruido. El agua fluía de nuevo, cristalina y brillante, reflejando la luz que aún envolvía la ciudad, creando pequeños arcoíris en el aire que bailaban como promesas de esperanza. Sus rodillas temblaban, y sus manos sudaban. Las palabras del Creador resonaban en su mente como un eco eterno, como una campana que no dejaba de sonar, como una verdad que no podía ser ignorada, como un mandato que no podía ser eludido.

"La prueba del amor incondicional."

"La prueba de si la humanidad es capaz de amar como yo amo."

"La prueba de si la humanidad es capaz de perdonar como yo perdono."

"La prueba de si la humanidad es capaz de creer como yo creo."

"La prueba de si la humanidad es capaz de sacrificarse como yo me sacrifico."

Pablo cerró los ojos, sintiendo que el peso de la responsabilidad caía sobre sus hombros como una montaña de plomo, como el universo entero, como la suma de todas las esperanzas y todos los miedos de la humanidad. Sabía que la prueba era la más difícil que la humanidad había enfrentado, más difícil que cualquier guerra, más difícil que cualquier plaga, más difícil que cualquier crisis que la especie hubiera conocido en su larga y tortuosa historia. Sabía que el amor incondicional era la fuerza más poderosa del universo, la fuerza que sostenía las estrellas en el firmamento, la fuerza que daba vida a los mundos, la fuerza que conectaba todas las almas en una red de luz y amor. Pero también sabía que era la fuerza más difícil de alcanzar, la más difícil de comprender, la más difícil de practicar. Sabía que la humanidad había fallado en la prueba una y otra vez, que la historia estaba llena de guerras, de odio, de violencia, de muerte, de traición, de sufrimiento. Sabía que el perdón era una palabra vacía para muchos, que el amor era un concepto abstracto para otros, que la fe era una ilusión para la mayoría. Y ahora, la prueba final estaba frente a ellos, y no sabía si la humanidad estaba preparada, no sabía si el perdón era posible, no sabía si el amor incondicional era alcanzable.

—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro en el silencio de la plaza, rota por la emoción y el cansancio—. "Padre, ¿cómo puedo guiar a la humanidad a través de esta prueba? ¿Cómo puedo mostrarles el camino hacia el amor incondicional? ¿Cómo puedo enseñarles a amar como tú amas? ¿Cómo puedo enseñarles a perdonar como tú perdonas?"

El silencio fue su única respuesta. Un silencio profundo, pesado, absoluto, que se extendía más allá de los límites de la plaza, más allá de los límites de la ciudad, más allá de los límites del sistema solar, más allá de los límites del universo conocido. Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido en lo más profundo del alma.

—"Padre" —dijo de nuevo, su voz más fuerte ahora, como si hubiera encontrado una nueva reserva de fuerza en lo más profundo de su ser—. "Padre, necesito tu guía. Necesito tu luz. Necesito tu amor. No puedo hacer esto solo. No puedo liderar a la humanidad sin tu ayuda. No puedo enseñarles a amar sin tu amor."

El silencio se llenó de una paz que no podía ser explicada, una paz que envolvía a Pablo como una manta cálida en una noche fría, que le decía que no estaba solo, que nunca lo había estado, que nunca lo estaría. Y entonces, una respuesta llegó a su corazón. No era una voz audible, no era un destello de luz, no era una señal del cielo. Era una certeza, una convicción, una fe que nacía en lo más profundo de su ser, una certeza que decía que la verdad siempre prevalece, que el amor siempre vence, que la fe siempre triunfa, que el perdón siempre libera.

—"No estás solo, Pablo" —susurró—. "Nunca has estado solo. Siempre he estado contigo. Y siempre estaré contigo. Hasta el final de los tiempos. En la alegría y en el dolor. En la luz y en la oscuridad. En la vida y en la muerte. En la duda y en la fe. En el miedo y en el amor."

Mientras Pablo oraba en la Plaza del Redentor, en el Vaticano, los líderes de la resistencia se habían reunido en la Sala del Sínodo para discutir la aparición del Creador y la prueba final que se avecinaba. La sala estaba llena de rostros sombríos, de miradas cargadas de preocupación y determinación, de corazones latiendo al ritmo de la incertidumbre. Las velas parpadeaban en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de mármol, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados, sombras que parecían presagiar la tormenta que se avecinaba, sombras que parecían recordarles que la luz siempre está acompañada por la oscuridad.




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