God's False Prophetes: El Fin de los Tiempos

Capítulo XII: La Nueva Fe

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (El día del sacrificio de Pablo)

El sol se elevaba sobre el horizonte de Nueva Jerusalén, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados, como si el mismo universo estuviera bendiciendo el momento que estaba a punto de suceder, como si la creación entera estuviera conteniendo el aliento, esperando el acto final de amor que transformaría a la humanidad para siempre. La luz del amanecer se filtraba entre los rascacielos de cristal, bañando la ciudad con su resplandor, iluminando los rostros de los que se habían congregado en la Plaza del Redentor, tocando cada alma con la promesa de un nuevo comienzo, de una nueva fe, de una nueva vida.

La plaza estaba más llena que nunca. Millones de personas se habían congregado allí, no solo de Nueva Jerusalén, sino de todas las colonias, de todas las estaciones espaciales, de todos los mundos habitados por la humanidad. Habían viajado durante semanas, meses, para estar presentes en aquel momento histórico, para ser testigos del acto final de amor de su líder, para recibir su última bendición, para abrazar la nueva fe que estaba a punto de nacer. Las transmisiones en vivo se extendían por todo el sistema solar, llegando a cada rincón, a cada hogar, a cada corazón. La humanidad entera estaba reunida, en espíritu, en fe, en amor.

Pablo estaba en el centro de la plaza, subido a la fuente de mármol blanco que había sido reconstruida milagrosamente por la luz del Creador. Llevaba ropas sencillas, como siempre, pero su presencia era magnética, como la de un hombre que ha sido elegido para una misión más grande que él mismo, como la de un hombre que ha sido preparado desde el principio de los tiempos para este momento. Su rostro estaba sereno, iluminado por la luz del sol, pero en sus ojos brillaba una luz que no había tenido antes, una luz de paz y amor, una luz de despedida y promesa, una luz de sacrificio y esperanza.

A su alrededor, los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban formaban un círculo de apoyo. Angélica estaba a su derecha, con el rostro iluminado por la luz del sol, con los ojos brillando con lágrimas de amor y dolor, con las manos apretadas en señal de apoyo y despedida. Daichar estaba a su izquierda, con su silencio y su fuerza, su lealtad inquebrantable, su mirada fija en Pablo como un soldado que ve a su general partir hacia la batalla final. Zamtio estaba detrás de él, con su juventud y su fe, sus ojos brillando con lágrimas de tristeza y gratitud. Teus estaba en un rincón, observando con su inteligencia y su calma, su mente registrando cada detalle para la posteridad. Emilio estaba entre la multitud, con su devoción y su esperanza, su rostro iluminado por la certeza de que Pablo era el elegido. Milenca estaba en la primera fila, con Daniel en brazos, el niño que había sido sanado por Jesua y que ahora crecía con la fe de los que han visto milagros.

—"Hermanos y hermanas" —comenzó Pablo, y su voz resonó con una claridad que llenó cada rincón de la plaza, que llegó a cada corazón, que tocó cada alma. Era una voz que parecía venir de otro mundo, una voz que contenía toda la sabiduría de los siglos, todo el amor de la eternidad, toda la verdad de la creación—. "He venido hoy para despedirme de vosotros. He venido hoy para ofrecer mi vida como testimonio del amor incondicional. He venido hoy para mostrar al Creador que la humanidad es digna de la vida."

—¡No! —gritó alguien desde la multitud, una voz desgarrada por el dolor—. ¡No puedes irte! ¡Te necesitamos! ¡La humanidad te necesita!

—"La humanidad no me necesita a mí" —dijo Pablo, con una sonrisa de paz—. "La humanidad necesita la verdad. La humanidad necesita el amor. La humanidad necesita la fe. La humanidad necesita la esperanza. Y todo eso vivirá en vosotros, incluso después de que yo me haya ido. La nueva fe que hemos construido juntos será vuestra guía, vuestra fuerza, vuestra luz."

—¿Y cómo vamos a seguir sin ti? —preguntó otra voz, con lágrimas—. ¿Cómo vamos a mantener viva la nueva fe sin tu guía?

—"La nueva fe no depende de mí" —dijo Pablo—. "La nueva fe depende de vosotros. Depende de vuestro amor, de vuestro perdón, de vuestra fe, de vuestra esperanza. Yo solo he sido un instrumento, un canal, un siervo. La verdadera fuerza de la nueva fe está en vuestros corazones."

—¿Y qué pasa con la prueba final? —preguntó alguien, con voz temblorosa—. ¿Qué pasa con el Creador y el consejo de especies?

—"La prueba final está cerca" —dijo Pablo—. "Pero no debemos temerla. Hemos demostrado que somos capaces de amar, de perdonar, de creer, de sacrificarnos. Hemos demostrado que somos más que un experimento. Hemos demostrado que somos una creación del amor. Y el Creador verá eso. El consejo de especies verá eso. Y la humanidad será declarada digna."

La multitud guardó silencio, procesando las palabras de Pablo. Las palabras que había pronunciado eran demasiado grandes, demasiado abrumadoras, demasiado imposibles de procesar. Pero también eran la única esperanza. También eran la única verdad. También eran el único camino.

—"Así que no lloréis por mí" —dijo Pablo, levantando los brazos hacia el cielo, sintiendo que la luz del Espíritu descendía sobre él—. "No lloréis por mí. Celebrad conmigo. Celebrad la nueva fe que ha nacido en vuestros corazones. Celebrad el amor que os une. Celebrad la esperanza que nunca muere. Celebrad la verdad que siempre prevalece."

—¡Amén! —gritó alguien desde la multitud, una voz solitaria que fue seguida por muchas otras.

—¡Amén! —corearon otros, sus voces elevándose en un coro de esperanza y fe.

—"Y ahora" —dijo Pablo, bajando los brazos y mirando a la multitud con amor—. "Es hora de que me vaya. Es hora de que cumpla mi misión. Es hora de que ofrezca mi vida por la humanidad."

—¡No! —gritó Angélica, con lágrimas en los ojos, corriendo hacia él—. ¡No puedes hacer esto! ¡No puedes dejarnos!




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