God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo I: El Último Profeta

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Central

La luz del alba se filtraba entre los pilares de cristal líquido que sostenían la cúpula del Templo del Redentor, proyectando sombras danzantes sobre la multitud reunida en la nave principal. El aire olía a incienso sintético y a sudor humano, una mezcla que Sebastián había aprendido a reconocer en sus cincuenta y cinco años como sacerdote, pero que nunca lograba acostumbrarse a tolerar.

—¿Crees que realmente vendrá? —susurró la mujer a su derecha, apretando el rosario de datos entre sus dedos temblorosos.

Sebastián no respondió. Había aprendido que las preguntas sobre la fe eran como ecos en una catedral vacía: cuanto más se repetían, menos sentido tenían. En lugar de eso, observó las pantallas holográficas que flotaban sobre el altar, mostrando las escrituras antiguas superpuestas con gráficos de redes neuronales que pretendían descifrar los patrones proféticos.

El Templo del Redentor era una maravilla de la ingeniería del siglo XXI, una estructura que combinaba la majestuosidad gótica con la funcionalidad de la era digital. Sus paredes de vidrio fotovoltaico se adaptaban a la luz exterior, creando un espectáculo de colores que cambiaba con cada hora del día. Pero Sebastián no veía belleza en aquel lugar. Solo veía el último refugio de una fe que se desmoronaba.

Llevaba treinta años sirviendo en ese templo. Treinta años escuchando confesiones, oficiando bodas, consolando a los moribundos. Treinta años viendo cómo la tecnología devoraba lentamente la espiritualidad de su congregación, cómo los fieles llegaban con sus implantes neurales y sus relojes biométricos, buscando a Dios en el mismo lugar donde antes habían buscado entretenimiento. Y cada año, la fe se volvía más frágil, más superficial, más dependiente de los efectos especiales y las experiencias sensoriales que el templo podía ofrecer.

Pero aquella mañana era diferente.

Algo en el aire, algo que no podía explicar, le decía que todo estaba a punto de cambiar.

La multitud comenzó a murmurar. Desde los altavoces ocultos entre las columnas de mármol reconstituido, una voz suave pero firme se extendió como una marea:

—"Y he aquí que en los días postreros, cuando la humanidad haya olvidado el sabor del sufrimiento, el Último Profeta caminará entre vosotros. No para anunciar la ira, sino para recordaros el amor que habéis perdido."

La voz hizo una pausa, y Sebastián sintió un escalofrío recorrer su espalda. Reconocía esa entonación, ese ritmo. Era la misma que usaban los ancianos guardianes cuando leían las profecías en las catacumbas, durante las reuniones secretas a las que había asistido en su juventud.

—"Él sanará al enfermo, perdonará al pecador, y restaurará la fe que los siglos han erosionado. Pero cuidado, porque muchos se levantarán diciendo 'yo soy el ungido', y solo uno llevará la marca del verdadero Cordero."

Sebastián conocía esas palabras. Las había leído mil veces en los textos antiguos, en los pergaminos que los ancianos guardianes habían protegido durante siglos, escondiéndolos de la mirada curiosa de los tecnócratas y los gobiernos que temían el poder de la fe verdadera. Pero siempre las había considerado metáforas, alegorías que los fieles necesitaban para encontrar sentido en un mundo que ya no tenía uno.

Ahora, mientras la multitud contenía el aliento, comenzó a preguntarse si había estado equivocado.

Las puertas del templo se abrieron.

El joven que entró no era lo que Sebastián esperaba. No llevaba túnicas blancas ni portaba una cruz de luz. Vestía ropas simples, casi humildes para los estándares de Nueva Jerusalén: una túnica gris de fibra reciclada, sandalias de cuero sintético, y el cabello oscuro cayendo sobre sus hombros en ondas descuidadas. No tenía implantes neurales, no llevaba reloj biométrico, ni siquiera parecía tener un comunicador personal. Era como una figura arrancada de los siglos pasados, un anacronismo viviente en medio de la opulencia tecnológica del templo.

Pero sus ojos...

Sebastián había visto muchos ojos en su vida. Los ojos de los desesperados que buscaban una respuesta. Los ojos de los poderosos que creían controlar su destino. Los ojos de los moribundos que se aferraban a la última esperanza. Los ojos de los niños que aún no sabían que el mundo podía ser cruel.

Nunca había visto ojos como los de Jesua.

Eran profundos, casi negros, pero en su interior parecía arder una luz dorada que no era reflejo de las pantallas ni de las velas digitales. Cuando esos ojos recorrieron la multitud, Sebastián sintió que el joven podía ver a través de su piel, más allá de su carne, hasta el núcleo mismo de su ser. Era como si cada persona en el templo fuera examinada individualmente, como si Jesua conociera sus pecados, sus miedos, sus esperanzas más secretas.

—"Paz a vosotros" —dijo Jesua, y su voz no era más que un susurro, pero llegó a cada rincón del templo con la claridad de una campana.

La multitud enmudeció.

No era posible. Sebastián conocía la acústica del templo, había predicado en ese púlpito durante treinta años. Sabía que las palabras se perdían en los rincones más alejados, que los susurros no viajaban más de unos pocos metros sin amplificación. Había supervisado personalmente la instalación del sistema de sonido, había ajustado los micrófonos y los altavoces para garantizar que la voz del sacerdote llegara a todos los fieles con claridad.

Y sin embargo, todos lo habían oído.

"—He caminado por los desiertos de Marte y las selvas de Venus" —continuó Jesua, avanzando lentamente hacia el altar. Sus sandalias apenas hacían ruido contra el mármol pulido, pero cada paso parecía resonar en el pecho de Sebastián como un latido—. "He visto las ciudades flotantes de Júpiter y las minas de Ceres. He escuchado los lamentos de los que sufren y las risas de los que han olvidado el dolor. Y en todos esos lugares, he encontrado una misma pregunta: ¿dónde está Dios?"



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 29.06.2026

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