God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo II: El Guardian de la Verdad

Año 20.260 - Catacumbas de Nueva Jerusalén, Nivel -42

Pablo siempre había encontrado paz en el silencio de las catacumbas.

Mientras arriba, en la superficie, la ciudad bullía con el ruido constante de los vehículos aéreos y las pantallas publicitarias, abajo solo existía el susurro del viento filtrándose a través de los conductos de ventilación y el goteo rítmico del agua de condensación. Era un silencio antiguo, pesado, como el que debía habitar en las tumbas de los faraones o en las criptas de las catedrales medievales. Un silencio que invitaba a la reflexión, a la oración, a la búsqueda de respuestas que el ruido del mundo moderno ahogaba constantemente.

Las catacumbas habían sido construidas en el siglo XXI, durante la Gran Crisis Hídrica, como refugios subterráneos para la población. En aquellos años, cuando el agua potable era más valiosa que el oro y las guerras por los recursos diezmaban continentes enteros, la humanidad había excavado kilómetros de túneles bajo las ciudades principales, creando ciudades gemelas en las profundidades de la tierra. Con el tiempo, cuando la crisis se resolvió gracias a las plantas de desalinización y los sistemas de reciclaje atmosférico, los niveles inferiores fueron abandonados. La mayoría de la gente olvidó que existían, enterrándolos bajo capas de progreso y comodidad.

Pero no todos.

Algunos encontraron en esos túneles olvidados el espacio perfecto para mantener vivas las tradiciones que la superficie había enterrado bajo capas de progreso y comodidad. Para ellos, las catacumbas no eran un refugio del pasado, sino un santuario del futuro, un lugar donde la verdad podía ser preservada sin la interferencia de los gobiernos, las corporaciones y las falsas religiones que dominaban el mundo de arriba.

Pablo caminaba por el pasillo principal, sus pasos resonando contra las paredes de hormigón armado. A ambos lados, estanterías metálicas contenían miles de libros físicos, volúmenes encuadernados en cuero y papel que la mayoría de la humanidad consideraba reliquias obsoletas. Pero para Pablo, cada uno de esos libros era un tesoro, un fragmento de verdad que el mundo había decidido ignorar. Había dedicado los últimos diez años de su vida a estudiarlos, a memorizar sus contenidos, a comprender las profecías que contenían.

En el centro de la cámara principal, una mesa larga de madera maciza —otra rareza en la era de los materiales sintéticos— dominaba el espacio. Alrededor de ella, seis personas esperaban en silencio. Sus rostros reflejaban una mezcla de ansiedad y determinación, como soldados antes de una batalla que sabían que no podían ganar, pero que estaban dispuestos a librar de todos modos.

Pablo tomó asiento en la cabecera de la mesa. Tenía dieciocho años, pero su mirada era más antigua, más cansada, como si hubiera cargado el peso de los siglos sobre sus hombros desde el momento en que nació. Su cabello oscuro caía sobre su frente en mechones descuidados, y sus ojos, de un gris profundo, parecían mirar más allá de lo visible, como si pudieran ver las sombras del futuro proyectándose sobre el presente.

—Ha llegado —dijo finalmente, y su voz resonó en el silencio de la cámara—. El falso profeta ha llegado.

Ximena, la más cercana a él en edad y en espíritu, inclinó la cabeza. Tenía veinticinco años, el cabello largo y castaño recogido en una trenza que caía sobre su hombro, y en su rostro se reflejaba la misma determinación que en el de Pablo. Había crecido junto a él, había compartido sus estudios, sus dudas, sus oraciones. Era su hermana en la fe, su compañera en la lucha.

—¿Estás seguro? —preguntó, aunque su tono indicaba que ya conocía la respuesta.

—Lo he visto —respondió Pablo—. He visto las transmisiones. He visto cómo la multitud caía a sus pies. He visto cómo sanaba a una niña ciega y cómo prometía restaurar la fe que hemos perdido.

—No es el primero —intervino Cristian, el mayor del grupo, un hombre de cuarenta años cuyo rostro marcado por las arrugas y las cicatrices contaba la historia de una vida difícil. Había sido soldado antes de unirse a La Verdad del Libro, y su cuerpo aún llevaba las marcas de las batallas que había librado en su juventud—. Hemos visto a otros como él. Predicadores, gurús, líderes de cultos que prometían milagros y salvación. Todos terminaron expuestos como los charlatanes que eran.

—Este es diferente —dijo Pablo, y algo en su tono hizo que todos se quedaran en silencio—. He estudiado las profecías. Las he comparado con lo que ha ocurrido hoy en el templo. Y encaja. Cada detalle, cada palabra, cada gesto... encaja con las advertencias que los antiguos guardianes nos dejaron.

Daichar, un hombre de treinta años con el cabello rapado y una cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, se inclinó hacia adelante. Era el más silencioso del grupo, el que observaba y escuchaba antes de hablar. Pero cuando lo hacía, sus palabras tenían el peso de alguien que ha visto demasiado.

—¿Qué dices exactamente? —preguntó, su voz apenas un susurro—. ¿Qué ha llegado el momento?

Pablo asintió lentamente. Sus dedos trazaron patrones invisibles sobre la superficie de madera de la mesa, como si estuviera escribiendo algo que solo él podía ver.

—La profecía de los ancianos guardianes habla de un tiempo en que la humanidad, habiendo olvidado el sufrimiento que la forjó, buscaría un salvador que no necesitara sacrificio. Un salvador que ofreciera consuelo sin exigir transformación, perdón sin arrepentimiento, amor sin compromiso. Y cuando ese salvador apareciera, la gente lo seguiría ciegamente, porque sus palabras serían dulces y sus promesas, fáciles.

Hizo una pausa, y sus ojos recorrieron a cada uno de los presentes.

—Pero las Escrituras nos advierten que ese salvador será un falso profeta. Que hablará en nombre de Dios, pero su corazón estará lleno de orgullo. Que hará señales y prodigios, pero su poder no vendrá del cielo, sino del engaño. Y que, si no tenemos cuidado, toda la humanidad será arrastrada por su mentira.



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 29.06.2026

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