God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo III: Los Primeros Diacípulos

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Sur

El amanecer en el distrito sur de Nueva Jerusalén era diferente al del centro. Aquí, las torres de cristal daban paso a edificios más antiguos, construcciones de hormigón y acero que habían sobrevivido a las guerras del siglo XXI y que ahora albergaban a las clases trabajadoras de la ciudad. Las calles eran más estrechas, los anuncios holográficos menos frecuentes, y el aire olía a comida callejera y a combustible sintético en lugar de incienso y perfume.

Jesua caminaba por una de esas calles, seguido por una pequeña multitud que había crecido desde la mañana anterior. No había dormido. No había comido. No había mostrado ningún signo de fatiga desde que salió del templo, y eso solo aumentaba la fascinación de quienes lo seguían.

—"Mirad los lirios del campo" —dijo de repente, deteniéndose frente a un pequeño jardín comunitario que crecía entre dos edificios—. "No trabajan ni hilan. Pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos."

—Maestro —dijo una mujer joven, adelantándose entre la multitud—, he estado escuchándote desde ayer. He visto lo que hiciste en el templo. He visto cómo sanaste a la niña ciega. Y he visto cómo la gente te sigue.

Jesua la miró con sus ojos profundos, y la mujer sintió que su corazón se aceleraba.

—¿Y tú? —preguntó suavemente—. ¿Por qué me sigues?

La mujer se arrodilló, ignorando el suelo sucio que manchaba sus ropas.

—Porque tú eres el que esperábamos —dijo, su voz quebrada por la emoción—. Yo he pasado años buscando la verdad. He leído todas las escrituras, he visitado todos los templos, he seguido a todos los maestros. Pero ninguno de ellos tenía la respuesta. Ninguno de ellos podía darme paz. Pero tú... tú sí puedes. Lo sé.

Jesua extendió la mano y tocó la cabeza de la mujer. Un susurro recorrió la multitud.

—"Levántate, hija" —dijo—. "Tu fe te ha salvado. Ve en paz."

La mujer se levantó con lágrimas en los ojos, y un grito de alegría escapó de sus labios cuando sintió que algo había cambiado en su interior. No sabía explicarlo. No podía ponerle palabras. Pero sabía que ya no era la misma persona que había llegado allí esa mañana.

La multitud estalló en aplausos y alabanzas.

Pero entre ellos, una figura permanecía en silencio. Un hombre de unos veintisiete años, vestido con ropas sencillas pero bien cuidadas, observaba a Jesua con una mezcla de asombro y escepticismo. Su nombre era Emilio, y había llegado hasta allí por casualidad, arrastrado por la curiosidad que había despertado en él la transmisión del templo.

—Maestro —dijo finalmente, dando un paso adelante—. He visto lo que haces. He visto cómo la gente te sigue. Pero tengo una pregunta.

Jesua lo miró. Sus ojos no mostraron sorpresa ni irritación. Solo una calma profunda, como un lago en el que se reflejaba el cielo.

—Pregunta, hijo.

Emilio tragó saliva. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea que muchos no se atrevían a cruzar. Pero también sabía que, si no preguntaba, la duda lo consumiría para siempre.

—¿Quién eres realmente? —preguntó—. Porque he estudiado las Escrituras. He leído las profecías. Y sé que hay muchos que han afirmado ser el mesías. Muchos que han hecho milagros y prometido salvación. Pero todos ellos terminaron siendo falsos profetas. ¿Qué te hace diferente a ti?

El silencio se extendió sobre la multitud como una manta. Algunos miraban a Emilio con indignación, otros con curiosidad, otros con miedo. Pero todos estaban esperando la respuesta de Jesua.

Jesua sonrió. No era una sonrisa de burla ni de defensa. Era la sonrisa de alguien que había esperado esa pregunta durante mucho tiempo.

—"A mí me preguntas quién soy" —dijo, y su voz era suave pero firme—. "Y yo te respondo con las palabras del Salmista: 'El Señor es mi pastor, nada me faltará.'"

Hizo una pausa, y sus ojos se posaron en cada uno de los presentes.

—"No he venido a hablar de mí mismo. He venido a hablar del Padre. No he venido a pedir que me sigáis a mí, sino que sigáis la verdad que el Padre ha puesto en vuestros corazones. Si lo que digo resuena en vosotros, no es porque yo sea especial. Es porque el Espíritu de Dios está obrando en vosotros."

—Pero —insistió Emilio, sin dejarse intimidar—, eso no responde a mi pregunta. ¿Eres o no eres el mesías? ¿Eres el que esperábamos o no?

Jesua lo miró directamente a los ojos, y Emilio sintió que algo se movía en lo más profundo de su ser. Era como si Jesua pudiera ver más allá de sus palabras, más allá de su escepticismo, hasta el núcleo de su deseo de creer.

—"El que tiene oídos para oír, que oiga" —dijo—. "Y el que tiene ojos para ver, que vea."

Dicho esto, extendió la mano y tocó a Emilio en el hombro. Fue un toque ligero, apenas un roce. Pero Emilio sintió que un torrente de calor recorría su cuerpo, como si una corriente de luz lo estuviera atravesando de la cabeza a los pies.

Cayó de rodillas, sin poder controlar sus propias piernas.

—Maestro —murmuró, su voz apenas un susurro—. Maestro, perdona mi incredulidad.

Jesua se inclinó y lo ayudó a levantarse.

—"No necesitas pedir perdón, hijo. La duda no es pecado. Es la búsqueda de la verdad. Y quien busca la verdad, la encuentra."

Elizabeth observaba la escena desde una de las ventanas del edificio más cercano. Su uniforme de Fe Data Technology le daba una excusa perfecta para estar allí: estaba realizando un análisis de mercado, estudiando los patrones de comportamiento de la multitud. Pero en realidad, estaba haciendo algo mucho más importante.

Estaba vigilando a Jesua.

Desde que Kevin le había ordenado contactar a Pablo, Elizabeth había estado investigando al joven que estaba revolucionando la ciudad. Había revisado todos los archivos disponibles, todos los registros de nacimiento, todos los datos biométricos que el sistema de gobierno había almacenado durante los últimos doscientos años.



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 29.06.2026

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