Año 20.260 - Antiguo Museo de Historia Religiosa, Nivel -15
El antiguo museo de historia religiosa había sido cerrado al público hacía más de un siglo, cuando el gobierno decidió que las exhibiciones sobre las guerras santas y las inquisiciones eran "demasiado divisivas" para una sociedad que buscaba la unidad. Desde entonces, el edificio había permanecido abandonado, sus salas vacías y sus vitrinas polvorientas sirviendo solo como refugio para los indigentes y los que buscaban escapar de la vigilancia constante de la superficie.
Pablo llegó exactamente a las 22:00, como había acordado. Se movía con sigilo por los pasillos oscuros, iluminado únicamente por la tenue luz de su comunicador personal. A su alrededor, las sombras de las exhibiciones olvidadas se alargaban en las paredes como fantasmas del pasado: estatuas de dioses antiguos, relicarios de santos olvidados, armaduras de cruzados que habían matado en nombre de la fe.
—Sabía que vendrías —dijo una voz desde la oscuridad.
Pablo se detuvo en seco. Su mano instintivamente buscó el arma que llevaba oculta bajo la túnica, aunque sabía que no le serviría de mucho contra alguien que se movía en las sombras con tanta facilidad.
—Kevin —dijo, forzando la calma en su voz—. Sal de las sombras. No estamos aquí para jugar a los espías.
Una figura emergió de la oscuridad. Kevin vestía un traje oscuro, elegante pero discreto, que le permitía fundirse con las sombras. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que recordaba demasiado al de un depredador observando a su presa.
—Tienes razón —dijo, acercándose a Pablo—. No estamos aquí para jugar. Estamos aquí para salvar a la humanidad.
Pablo lo estudió detenidamente. Era la primera vez que veía a Kevin en persona, y la impresión que le causaba era ambivalente. Por un lado, había en él una determinación que Pablo podía respetar, una convicción que parecía genuina. Por otro, había algo frío en su mirada, algo que sugería que estaba dispuesto a cruzar líneas que Pablo nunca consideraría.
—Hablemos claro —dijo Pablo, tomando asiento en una silla cubierta de polvo que había junto a una vitrina vacía—. Dijiste que querías colaborar. Dijiste que tenías recursos que yo no tengo. ¿Qué propones exactamente?
Kevin sonrió. Era una sonrisa calculada, como la de un jugador de ajedrez que ya ha previsto los siguientes diez movimientos.
—Jesua no es lo que parece —dijo—. He estado investigándolo desde que apareció en el templo. Y he descubierto cosas que van a interesarte.
—¿Por ejemplo?
Kevin sacó un dispositivo holográfico de su bolsillo y lo activó. Una imagen apareció flotando en el aire entre ellos: la de una mujer joven, de unos veinticinco años, con el cabello oscuro y los ojos verdes.
—¿Quién es? —preguntó Pablo.
—Se llama Miriam. Es la hermana de Jesua. O al menos, eso es lo que ella cree.
Pablo sintió que su corazón se aceleraba.
—¿Hermana? ¿Tiene familia?
—No exactamente —respondió Kevin, deslizando el dedo por la pantalla holográfica para mostrar más imágenes—. Jesua apareció en la vida de Miriam hace unos diez años, cuando ella tenía quince. Se presentó como su hermano, diciendo que habían sido separados al nacer. Miriam, que había crecido en un orfanato, lo aceptó sin cuestionarlo. Pero los registros oficiales no muestran ningún vínculo entre ellos. No comparten ADN. No comparten antecedentes familiares. Nada.
Pablo estudió las imágenes detenidamente. Miriam parecía una mujer común, sin nada que la distinguiera de cualquier otra ciudadana de Nueva Jerusalén. Pero había algo en su expresión, una mezcla de inocencia y vulnerabilidad, que le hizo pensar que no sabía nada del verdadero origen de Jesua.
—¿Y cómo encontraste esto? —preguntó Pablo—. Los registros oficiales son casi imposibles de acceder sin autorización gubernamental.
Kevin sonrió con arrogancia.
—Tengo contactos en el gobierno. Gente que cree en lo que yo creo. Que sabe que la verdad debe ser protegida, incluso si eso significa doblar las reglas.
Pablo sintió una oleada de desconfianza.
—¿Y qué es exactamente lo que tú crees, Kevin?
Kevin se quedó en silencio durante un largo momento. Su mirada se perdió en el vacío, como si estuviera recordando algo que prefería olvidar.
—Yo creo —dijo finalmente— que la humanidad está al borde de una guerra que no puede ganar. Una guerra que destruirá todo lo que hemos construido. Y que el único modo de evitarla es detener a Jesua antes de que sea demasiado tarde.
—Pero ¿por qué? —insistió Pablo—. ¿Qué interés personal tienes en esto? ¿Por qué arriesgas tu posición, tus contactos, tu seguridad, para detener a un hombre que apenas conoces?
Kevin lo miró directamente a los ojos. Y por un instante, Pablo vio algo en ellos que no había visto antes: dolor. Un dolor profundo, antiguo, que parecía haber estado enterrado bajo años de frialdad y determinación.
—Porque conozco el precio de la fe ciega —dijo, su voz apenas un susurro—. Yo fui como ellos una vez. Seguí a un líder que prometía salvación. Creí en sus palabras, en sus milagros, en su misión. Y cuando descubrí la verdad, cuando supe que todo era una mentira, ya era demasiado tarde. Ya había arrastrado a otros conmigo. Ya había causado daño que no podía reparar.
Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz era más firme.
—No voy a permitir que eso vuelva a suceder. No voy a permitir que Jesua destruya a la humanidad como el otro casi lo hizo.
Pablo guardó silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Había una honestidad en las palabras de Kevin que no había esperado, una vulnerabilidad que contrastaba con su apariencia fría y calculadora.
—¿Quién fue ese líder del que hablas? —preguntó suavemente.
Kevin negó con la cabeza.
—Eso no importa ahora. Lo que importa es que tenemos que detener a Jesua antes de que sea demasiado tarde. Y para eso, necesito tu ayuda.