Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Sur, Asentamiento San Miguel
El asentamiento San Miguel era uno de los muchos barrios marginales que salpicaban la periferia de Nueva Jerusalén. Aquí no había torres de cristal ni autopistas elevadas. Solo edificios de hormigón agrietado, calles de tierra apisonada y el olor constante de la pobreza mezclado con el humo de los generadores de energía portátiles.
Pero aquella mañana, el asentamiento estaba más vivo que nunca.
La noticia se había extendido como un incendio forestal: Jesua, el profeta que había sanado a la niña ciega en el templo, estaba de camino. Iba a visitar a los enfermos, a los desahuciados, a los que la sociedad había olvidado. Iba a ofrecerles la misma esperanza que había ofrecido a los ricos del distrito central.
Milenca, una mujer de cuarenta años cuyo rostro marcado por el cansancio y la preocupación reflejaba años de lucha, estaba en la puerta de su choza cuando escuchó el murmullo de la multitud. Se asomó y vio una procesión de personas avanzando por la calle principal, con Jesua en el centro, rodeado de seguidores que cantaban himnos antiguos.
—¡Milenca! —gritó una vecina—. ¡Ven rápido! ¡El profeta está aquí! ¡Dice que va a sanar a tu hijo!
El corazón de Milenca dio un vuelco. Su hijo, un niño de siete años llamado Daniel, llevaba tres meses postrado en una cama, víctima de una enfermedad degenerativa que los médicos no habían podido curar. Le habían dado medicamentos, terapias, incluso tratamientos experimentales. Nada había funcionado. Los médicos habían dicho que solo era cuestión de tiempo.
Y ahora, aquel joven misterioso que afirmaba ser el enviado de Dios estaba en su puerta.
Milenca corrió hacia el interior de la choza y tomó a su hijo en brazos. El niño estaba pálido, con los ojos entrecerrados y la respiración entrecortada. No había comido nada en dos días. Su cuerpo se estaba apagando lentamente.
—Daniel, mi amor —susurró Milenca, con lágrimas en los ojos—. Hay alguien que quiere verte. Alguien que puede ayudarte.
El niño abrió los ojos débilmente.
—¿Mamá? ¿Quién es?
—Es el profeta, hijo. El que habla con Dios. El que puede hacer milagros.
Milenca salió de la choza con su hijo en brazos, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado frente a su casa. La gente se apartó al verla, con respeto y asombro.
—Maestro —dijo Milenca, arrodillándose frente a Jesua—. Te lo ruego. Mi hijo está enfermo. Los médicos dicen que no hay nada que hacer. Pero tú... tú puedes sanarlo. Lo sé.
Jesua miró al niño. Sus ojos, aquellos ojos que parecían ver más allá de la carne, se posaron en el pequeño cuerpo demacrado de Daniel. Y por un instante, Milenca vio algo en su rostro que la heló: no era compasión, sino algo más profundo. Algo que parecía dolor. Como si Jesua no estuviera viendo a un niño enfermo, sino el precio de la curación que estaba a punto de realizar.
—"¿Crees que puedo sanarlo?" —preguntó Jesua, su voz suave pero firme.
Milenca asintió con fervor.
—Sí, Maestro. Sí, lo creo.
—"¿Y si te dijera que la curación no será sin costo? ¿Qué hay un precio que pagar?"
Milenca sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Qué... qué precio, Maestro?
Jesua no respondió. En lugar de eso, extendió su mano y tocó la frente del niño. Durante un largo momento, no pasó nada. La multitud contuvo el aliento. Algunos comenzaron a susurrar, a dudar.
Y entonces ocurrió.
El cuerpo del niño comenzó a temblar. Un temblor suave al principio, luego más intenso, como si algo estuviera luchando en su interior. Milenca gritó, intentando retener a su hijo, pero Jesua la detuvo con un gesto.
—"No temas" —dijo—. "La vida está volviendo a él."
De repente, el temblor se detuvo. Daniel abrió los ojos. Pero ya no eran los ojos apagados y sin vida de antes. Ahora brillaban con una luz que Milenca no había visto desde antes de que la enfermedad comenzara.
—Mamá —dijo el niño, su voz clara y fuerte—. Mamá, ya no me duele.
Milenca estalló en llanto. Abrazó a su hijo contra su pecho, sintiendo cómo su cuerpo recuperaba el calor y la vitalidad perdidos. La multitud estalló en vítores y alabanzas.
—¡Es un milagro! —gritaba alguien—. ¡El profeta ha sanado al niño!
—¡Gloria a Dios! —respondían otros—. ¡Gloria al enviado!
Pero Jesua no sonreía. No había alegría en su rostro. Solo la misma tristeza profunda que Milenca había visto antes.
Se inclinó hacia ella y susurró:
—"Recuerda lo que te he dicho. La curación tiene un precio. Y un día, tendrás que pagarlo."
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la siguiente choza, seguido por la multitud que lo aclamaba como a un rey.
Milenca se quedó allí, abrazando a su hijo, con las palabras de Jesua resonando en su mente.
¿Qué precio?
¿Qué había hecho ella, sin saberlo, al aceptar la curación de su hijo?
Emilio había estado observando la escena desde la distancia, escondido entre la multitud. Desde que había conocido a Jesua en el parque, había sentido un impulso inexplicable de seguirlo, de ver sus milagros con sus propios ojos, de confirmar que no era un sueño ni una ilusión.
Y ahora, después de haber presenciado la curación del niño, estaba más confundido que nunca.
Porque lo que había visto no podía explicarse con la ciencia. No podía atribuirse a trucos ni a engaños. Era real. Era tangible. Era... milagroso.
Pero también había visto la tristeza en los ojos de Jesua. La advertencia que había susurrado a Milenca. El precio que había mencionado.
¿Qué significaba todo eso?
Emilio se abrió paso entre la multitud hasta llegar al lugar donde Jesua estaba ahora, sentado en un banco improvisado, rodeado de los que buscaban su ayuda. Esperó pacientemente hasta que la multitud se dispersó un poco, y entonces se acercó.
—Maestro —dijo, su voz apenas un susurro—. ¿Puedo hablar contigo?