Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Central - Templo del Redentor
El Templo del Redentor estaba más lleno que nunca.
Veintitrés mil personas se apretujaban en la nave principal, mientras otras cincuenta mil seguían la transmisión en las pantallas holográficas que flotaban en el exterior del edificio. Habían llegado de todos los rincones de Nueva Jerusalén, y algunos incluso de otras ciudades de la colonia terrestre. Todos querían ver al profeta que estaba revolucionando la fe.
Jesua estaba en el altar, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. La luz del sol que se filtraba a través de los pilares de cristal líquido creaba un halo a su alrededor, dándole una apariencia casi sobrenatural.
—"Venid a mí todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar" —dijo, su voz resonando en cada rincón del templo—. "Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas."
La multitud suspiró como una sola persona. Las palabras de Jesua parecían tocar algo profundo en cada uno de ellos, algo que habían olvidado que existía.
—"Porque mi yugo es fácil, y mi carga ligera."
Jesua abrió los ojos y recorrió la multitud con su mirada. Cuando sus ojos se posaron en una mujer de la tercera fila, ésta cayó de rodillas, sollozando.
—Maestro —gritó—. Mi esposo. Mi esposo está en la cárcel. Lo acusan de blasfemia porque dijo que Dios le había hablado. ¿Puedes ayudarlo?
Jesua bajó del altar y caminó hacia ella. La multitud se apartó para darle paso, como el mar abriéndose ante Moisés.
—"¿Por qué está preso tu esposo, hija?" —preguntó.
—Porque dijo que Dios le había ordenado predicar. Dijo que había recibido una visión. Y las autoridades... las autoridades lo consideran peligroso. Dicen que está loco. Dicen que está perturbado.
Jesua se arrodilló frente a la mujer y tomó sus manos.
—"Dime, hija: ¿crees que tu esposo está loco? ¿O crees que realmente escuchó la voz de Dios?"
La mujer lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Yo... yo no sé, Maestro. Quiero creerle. Quiero creer que Dios le habló. Pero también tengo miedo. Miedo de que sea verdad. Miedo de que sea mentira. Miedo de que nunca vuelva a verlo.
Jesua sonrió con una tristeza que parecía contener todos los sufrimientos del mundo.
—"El miedo es el ladrón de la fe, hija. No dejes que te robe la esperanza. Tu esposo escuchó la voz de Dios. Y Dios no abandona a los que lo escuchan."
Se levantó y se volvió hacia la multitud. Su voz se elevó, clara y poderosa.
—"¡Oídme, todos vosotros! Hay quienes dicen que la revelación de Dios ha terminado. Que las Escrituras lo contienen todo. Que no hay lugar para nuevas profecías ni nuevas voces. Pero os digo que Dios sigue hablando. Sigue llamando. Sigue guiando a aquellos que tienen oídos para oír."
Un murmullo recorrió el templo. Algunos asintieron con fervor. Otros se miraron entre sí con preocupación.
—"No temáis a aquellos que os dicen que Dios ha callado. No temáis a aquellos que os dicen que la verdad está encerrada en un libro. Porque el Espíritu de Dios sopla donde quiere, y cuando quiere, y no puede ser encerrado por ninguna autoridad humana."
Jesua extendió los brazos hacia la multitud.
—"¡Vosotros sois el templo del Espíritu Santo! ¡Vosotros sois los que podéis escuchar la voz de Dios! No necesitáis intermediarios. No necesitáis sacerdotes. No necesitáis ningún hombre que os diga lo que debéis creer. Solo necesitáis abrir vuestros corazones y escuchar."
La multitud estalló en aplausos y alabanzas. Muchos lloraban. Muchos se abrazaban. Muchos caían de rodillas, levantando las manos hacia el cielo.
Pero entre ellos, una figura permanecía inmóvil.
Sebastián, el sacerdote que había presenciado la primera aparición de Jesua, estaba en el fondo del templo, con el rostro pálido y las manos temblorosas.
Había estado observando en silencio, sin participar en los vítores, sin unirse a los cánticos. Y lo que había visto lo había perturbado profundamente.
No por lo que Jesua decía.
Sino por lo que implicaba.
"No necesitáis intermediarios. No necesitáis sacerdotes."
Esas palabras eran una declaración de guerra contra la autoridad religiosa establecida. Contra el Vaticano. Contra los sacerdotes. Contra toda la estructura que Sebastián había dedicado su vida a servir.
Y sin embargo...
Mientras observaba a la multitud, mientras veía cómo las personas se iluminaban, cómo sus rostros se transformaban con una esperanza que no había visto en décadas...
Sebastián no pudo evitar preguntarse si Jesua tenía razón.
Si la verdadera fe no necesitaba templos ni sacerdotes.
Si solo necesitaba un corazón abierto.
En el Vaticano, la transmisión del templo estaba siendo observada con atención por los cardenales reunidos en la Sala del Sínodo. La pantalla holográfica mostraba la imagen de Jesua en el altar, con la multitud aclamándolo, y los rostros de los cardenales reflejaban una mezcla de ira y preocupación.
—Esto es una blasfemia —dijo el Cardenal Martelli, un hombre de setenta años con el cabello blanco y los ojos oscuros—. Este hombre está diciendo que la autoridad de la Iglesia es innecesaria. Que todos pueden escuchar la voz de Dios. Está socavando siglos de tradición.
—Pero ¿y si tiene razón? —preguntó el Cardenal Fiore, más joven, de unos cincuenta años—. ¿Y si realmente está hablando en nombre de Dios?
Martelli lo miró con desprecio.
—¿Acaso dudas de la autoridad de la Iglesia, Fiore?
—No dudo de la autoridad de la Iglesia. Pero también sé que la Iglesia ha cometido errores en el pasado. Que ha perseguido a personas que decían hablar en nombre de Dios, solo para descubrir siglos después que tenían razón.
—Eso fue en el pasado —dijo Martelli con dureza—. Ahora tenemos la guía del Espíritu Santo. Ahora sabemos distinguir la verdad de la mentira.