God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo VII: El Archivo Prohibido

Año 20.260 - Catacumbas de Nueva Jerusalén, Nivel -42 - Archivo Secreto

Cristian no podía apartar la mirada del documento holográfico que flotaba ante él.

El registro médico era antiguo, de una época en que los hospitales aún utilizaban sistemas de almacenamiento físico además de los digitales. Había sido escaneado y subido a la red de La Verdad del Libro hacía décadas, parte del vasto archivo de documentos que los guardianes habían recopilado durante siglos. Pero nadie lo había examinado con atención. Nadie había hecho la conexión.

Hasta ahora.

—Daichar —dijo Cristian, su voz apenas un susurro—. Necesito que vengas aquí. Ahora.

Daichar apareció momentos después, con el rostro preocupado.

—¿Qué pasa?

Cristian señaló el holograma.

—He encontrado algo. Algo que cambia todo.

Daichar se acercó y leyó el documento. Sus ojos se abrieron con incredulidad.

—¿Esto es...?

—Es el registro de nacimiento de Jesua —dijo Cristian—. Fechado hace diecisiete años. En el Hospital Central de Nueva Jerusalén.

—Pero dice que murió al nacer.

—Exactamente.

Daichar se dejó caer en una silla, con el rostro pálido.

—¿Entonces quién es el hombre que está predicando en el templo?

Cristian negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero necesito hablar con Pablo. Inmediatamente.

—Pablo está en la superficie —recordó Daichar—. Está observando a Jesua. No podemos contactarlo sin ponerlo en peligro.

—Entonces esperaremos. Pero cuando regrese, esto va a ser lo primero que vea.

Daichar asintió lentamente. Sus ojos se posaron en el holograma, en el nombre del niño que supuestamente había muerto al nacer.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el suelo bajo sus pies no era tan sólido como creía.

En la superficie, el sol comenzaba a ponerse sobre Nueva Jerusalén cuando Pablo decidió que era hora de regresar a las catacumbas. Había pasado todo el día siguiendo a Jesua, observando sus movimientos, escuchando sus palabras.

Y cuanto más lo observaba, más confundido se sentía.

No había encontrado nada que pudiera considerar un engaño. Las curaciones eran reales, los testimonios eran convincentes, y la fe que inspiraba en la gente era genuina. Si Jesua era un falso profeta, era el más hábil que la humanidad había visto en siglos.

Pero también había algo en él que no encajaba con la imagen del engañador. No había arrogancia en sus palabras. No había deseo de poder. No había sed de riquezas ni de fama. Solo había una tristeza profunda, como si supiera que todo aquello iba a terminar en tragedia.

Pablo se detuvo en una esquina, apoyándose contra la pared de un edificio abandonado, y cerró los ojos. La fatiga comenzaba a hacer mella en él. Llevaba días sin dormir bien, consumido por la misión que Kevin le había encomendado.

—Pablo —la voz de Ximena sonó en su comunicador—. ¿Estás bien?

—Estoy cansado —admitió—. Pero estoy bien.

—Cristian ha encontrado algo. Algo importante. Necesita que vuelvas a las catacumbas.

Pablo abrió los ojos. Algo en el tono de Ximena le dijo que no se trataba de un asunto menor.

—¿Qué ha encontrado?

—No quiere decirlo por el comunicador. Dice que es demasiado sensible.

Pablo sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—Estaré allí en una hora.

Cortó la comunicación y comenzó a caminar hacia la entrada más cercana de las catacumbas. Mientras caminaba, no pudo evitar mirar hacia el templo, donde Jesua seguía reunido con sus seguidores.

"¿Quién eres realmente?" —se preguntó.

No obtuvo respuesta.

Las catacumbas estaban en silencio cuando Pablo llegó. Los miembros de La Verdad del Libro estaban reunidos en la cámara principal, con los rostros sombríos y las miradas cargadas de preocupación.

Cristian estaba en el centro, con el holograma del registro médico flotando ante él.

—Pablo —dijo, levantándose—. Necesito que veas esto.

Pablo se acercó y leyó el documento. Cuando terminó, sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—¿Esto es auténtico? —preguntó, su voz apenas un susurro.

—Lo he verificado tres veces —respondió Cristian—. Es auténtico. Jesua nació en el Hospital Central de Nueva Jerusalén, hace diecisiete años. Su madre era una mujer llamada María, de veintitrés años. El padre no está registrado. El niño... el niño murió al nacer. Hay un certificado de defunción firmado por el médico de turno.

Pablo se dejó caer en una silla. Sus manos temblaban.

—Entonces, ¿quién es el hombre que está en el templo?

—No lo sé —dijo Cristian—. Pero hay más.

Deslizó el dedo por el holograma y apareció una segunda imagen. Era otra página del registro médico.

—He investigado a la madre. María. Después de la muerte del niño, desapareció. No hay registros de ella en ninguna parte. Ni en el sistema de identificación, ni en los archivos del gobierno, ni en las bases de datos de las colonias. Es como si hubiera dejado de existir.

—¿Podría haber cambiado de identidad? —preguntó Ximena.

—Es posible —admitió Cristian—. Pero hay algo más.

Señaló una línea al final del documento.

—Aquí hay una nota del médico. Dice: "El cuerpo fue reclamado por una organización religiosa para su sepultura. No se proporcionaron más detalles."

Pablo levantó la cabeza.

—¿Una organización religiosa? ¿Cuál?

—No dice. Pero he estado investigando, y he encontrado algo. En la época en que nació Jesua, había una secta activa en Nueva Jerusalén. Se llamaban Los Guardianes del Cordero. Creían que el mesías nacería en esa generación, y estaban buscando al niño que cumpliera ciertas profecías.

—¿Y qué pasó con ellos?

—Desaparecieron. Hace unos quince años, simplemente... dejaron de existir. No hay registros de su disolución, no hay informes de actividades ilegales. Se esfumaron.

El silencio se extendió por la cámara. Pablo miró a sus compañeros, leyendo sus rostros, sus miedos, sus dudas.



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 03.07.2026

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