God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo IX: El Arresto

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Central - Templo del Redentor

El Templo del Redentor, que había sido un santuario de paz y esperanza durante los últimos días, se había transformado en una fortaleza sitiada.

Los soldados del Vaticano habían llegado al amanecer, en filas perfectamente ordenadas, con sus armaduras blancas y sus cascos de visor completo que ocultaban sus rostros. No llevaban armas visibles—no las necesitaban. Su sola presencia era suficiente para infundir miedo en los corazones de los fieles.

—¡Por orden del Santo Sínodo! —gritó el comandante, un hombre alto y fornido cuya voz amplificada por los altavoces del templo resonaba como un trueno—. ¡Jesua, el que se hace llamar profeta, es declarado hereje y blasfemo! ¡Debe ser entregado a las autoridades para su juicio!

La multitud que se había congregado dentro del templo estalló en gritos de protesta. Los seguidores de Jesua se abrazaban unos a otros, algunos llorando, otros rezando, otros mirando con ojos desafiantes a los soldados.

—¡No lo entregaremos! —gritó una mujer, la misma Elizabeth que había cuidado de Jesua en el parque—. ¡No tienen derecho!

—¡Es el enviado de Dios! —gritó otro—. ¡No pueden tocarlo!

Los soldados avanzaron lentamente, empujando a la multitud con sus escudos transparentes. No eran violentos—no aún—pero su avance era implacable, como una marea que no podía ser detenida.

En el altar, Jesua permanecía inmóvil. Sus ojos estaban cerrados, y sus labios se movían en una oración silenciosa. A su alrededor, sus discípulos más cercanos—Kevin el trabajador, Emilio el escéptico, y otros que se habían unido en los últimos días—formaban un círculo protector.

—Maestro —dijo Emilio, su voz temblorosa—. Tenemos que irnos. Podemos escapar por los pasadizos. Sebastián nos mostró cómo llegar a ellos.

Jesua abrió los ojos. Su mirada era serena, casi como si estuviera viendo algo que los demás no podían ver.

—"No, hijo" —dijo suavemente—. "No huiré. Si el Padre ha permitido esto, debe ser por una razón."

—Pero Maestro, si lo arrestan...

—"Si me arrestan, será porque así lo ha dispuesto el Padre. No temas, Emilio. El que está conmigo es más poderoso que todos los ejércitos del mundo."

Emilio sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. Quería creer en las palabras de Jesua. Quería confiar en que todo saldría bien. Pero mientras veía a los soldados acercarse, mientras veía el odio en sus ojos ocultos detrás de los cascos, no podía evitar sentir miedo.

—¿No hay nada que podamos hacer? —preguntó.

Jesua lo miró directamente a los ojos.

—"Hay algo que puedes hacer. Algo más importante que luchar."

—¿Qué?

Jesua sonrió. Y en su sonrisa había una paz que trascendía cualquier comprensión humana.

—"Puedes creer."

Sebastián observaba la escena desde la sacristía, con el corazón latiéndole con fuerza y las manos sudorosas. Había visto a los soldados entrar, había escuchado sus acusaciones, y sabía que estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre.

Podía quedarse en la sacristía, esconderse hasta que todo terminara, y seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Podía fingir que no había visto nada, que no sabía nada, que no había sido testigo de los milagros de Jesua.

Pero si hacía eso, sabía que nunca podría perdonarse a sí mismo.

—Señor —murmuró, cayendo de rodillas en el suelo de piedra—. Dame fuerza. Dame valor. Dame la fe para hacer lo que es correcto.

Se levantó lentamente. Sus piernas le temblaban, pero su corazón estaba firme.

Caminó hacia la puerta de la sacristía y salió a la nave principal.

—¡Alto! —gritó, su voz resonando en el templo—. ¡Deténganse!

Los soldados se detuvieron. La multitud enmudeció. Todos los ojos se volvieron hacia el anciano sacerdote que caminaba hacia el altar con paso vacilante pero decidido.

El comandante se volvió para enfrentarlo.

—¿Quién eres tú? —preguntó, su voz teñida de desprecio—. ¿Qué autoridad tienes para detenernos?

—Soy Sebastián —respondió el sacerdote, con voz temblorosa pero firme—. Llevo treinta años sirviendo en este templo. He dedicado mi vida a Dios. Y sé que lo que están haciendo es un error.

—¿Un error? —el comandante rió con desdén—. Este hombre ha sido declarado hereje por el Santo Sínodo. ¿Acaso cuestionas la autoridad del Vaticano?

Sebastián dio un paso adelante. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una luz que no había tenido en años.

—Cuestiono la autoridad de cualquier hombre que se atreva a juzgar a otro en nombre de Dios. Jesua no ha hecho nada malo. Ha curado a los enfermos, ha consolado a los afligidos, ha devuelto la fe a los que la habían perdido. ¿Es eso un crimen?

—Es blasfemia —dijo el comandante—. Afirma ser el mesías. Afirma tener autoridad sobre la ley de Dios. Eso no puede ser tolerado.

—¿Y quién eres tú para juzgarlo? —preguntó Sebastián, con voz cada vez más firme—. ¿Acaso has visto los milagros que ha hecho? ¿Has visto cómo la gente ha cambiado a su alrededor? ¿Has sentido el amor que emana de él?

El comandante se acercó a Sebastián, con el rostro contraído por la ira.

—Te aconsejo que te calles, anciano. No quiero tener que arrestarte también a ti.

—Arréstame entonces —dijo Sebastián, levantando la cabeza con orgullo—. Prefiero ser arrestado por defender la verdad que vivir libremente sabiendo que he traicionado mi fe.

La multitud estalló en aplausos. Algunos comenzaron a cantar himnos, otros a gritar palabras de aliento.

El comandante miró a su alrededor, evaluando la situación. Sabía que arrestar a un sacerdote anciano frente a una multitud enfurecida podría causar un motín.

—Basta —dijo finalmente—. No estamos aquí para arrestar a sacerdotes. Estamos aquí para arrestar al falso profeta.

Se volvió hacia sus soldados.

—¡Traedlo!



#213 en Ciencia ficción
#1967 en Otros
#354 en Acción

En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 03.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.