Año 20.260 - Vaticano, Sala del Sínodo
La Sala del Sínodo era un lugar diseñado para imponer respeto y temor. Sus paredes de mármol blanco estaban decoradas con frescos que representaban escenas del Juicio Final, con ángeles y demonios luchando por las almas de los condenados. En el centro, un tribunal elevado dominaba la sala, con siete asientos ocupados por los cardenales más poderosos del Vaticano. Detrás de ellos, una enorme cruz de oro brillaba con la luz de las lámparas de plasma que flotaban en el techo.
Jesua fue traído a la sala esposado, con los brazos atados a la espalda y los pies encadenados. A pesar de todo, caminaba con la cabeza alta y la mirada serena, como si estuviera asistiendo a una ceremonia en lugar de a su propio juicio.
La sala estaba llena de espectadores: sacerdotes, teólogos, periodistas, y algunos seguidores de Jesua que habían logrado colarse. Entre ellos, Pablo observaba desde una esquina, con el corazón latiéndole con fuerza y las manos sudorosas.
—Que comience el juicio —anunció el Cardenal Martelli, golpeando el tribunal con un martillo de madera—. El acusado, Jesua, es declarado hereje y blasfemo por el Santo Sínodo. ¿Tiene algo que decir en su defensa?
Jesua levantó la mirada. Sus ojos recorrieron la sala, deteniéndose brevemente en cada uno de los presentes.
—"He dicho todo lo que tenía que decir" —respondió, su voz suave pero firme—. "Mis palabras están en las Escrituras. Mis obras están en los corazones de los que han sido sanados. No necesito defenderme. La verdad se defiende a sí misma."
—¡Blasfemia! —gritó Martelli—. ¡Se atreve a compararse con las Escrituras!
—"No me comparo con las Escrituras" —dijo Jesua—. "Las Escrituras hablan de mí. Desde Moisés hasta los profetas, todo anunciaba mi venida."
—¡Mentira! —exclamó otro cardenal, el Cardenal Benítez, levantándose de su asiento—. Las Escrituras son claras: el mesías vendrá en gloria y poder, no como un mendigo que predica en las calles.
—"El mesías vino en gloria y poder" —respondió Jesua—. "Pero la gloria de Dios no es la gloria del mundo. El poder de Dios no es el poder de los ejércitos. Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores lucharían por mí."
—¡Es un engañador! —gritó Martelli—. ¡Utiliza las Escrituras para justificar sus mentiras!
—"No engaño a nadie" —dijo Jesua con calma—. "Solo digo la verdad. Y la verdad es que vosotros, que os llamáis guías espirituales, habéis extraviado al pueblo de Dios. Le habéis dado reglas en lugar de amor. Le habéis dado tradiciones en lugar de verdad. Le habéis dado templos en lugar de fe."
La sala estalló en murmullos. Algunos cardenales se levantaron de sus asientos, otros se miraron entre sí con preocupación, otros apretaron los puños con ira.
—¡Basta! —gritó Martelli, golpeando el tribunal con el martillo—. ¡Este juicio no es un foro para predicar! ¡Es un tribunal para juzgar al acusado!
—"Juzgadme entonces" —dijo Jesua—. "Pero recordad que el que juzga será juzgado. Y el que condena será condenado."
Martelli lo miró con odio.
—¿Tienes algún testigo que pueda hablar en tu defensa?
Jesua sonrió con tristeza.
—"Mis testigos son los que he sanado. Los que he consolado. Los que han vuelto a la fe gracias a mí. Pero no están aquí. Porque tienen miedo. Miedo de ser perseguidos como yo."
—Entonces no hay testigos —dijo Martelli—. ¿Tienes alguna prueba de tu inocencia?
—"Mi inocencia está en cada palabra que he dicho. En cada obra que he hecho. En cada vida que he tocado."
—¡Eso no es una prueba!
—"¿Y qué prueba necesitas?" —preguntó Jesua—. "¿Acaso un milagro? He hecho muchos. ¿Acaso un testimonio? He dado muchos. ¿Acaso una señal? He ofrecido muchas. Pero vosotros no queréis ver. Porque si vierais, tendríais que creer. Y si creyerais, tendríais que cambiar."
—¡Basta! —gritó Martelli, levantándose de su asiento—. ¡Declaro al acusado culpable de herejía y blasfemia! ¡La sentencia es la muerte!
La sala estalló en un caos. Los seguidores de Jesua comenzaron a gritar y a llorar, mientras los soldados intentaban contenerlos. Los cardenales se levantaron de sus asientos, discutiendo entre sí. Los periodistas comenzaron a transmitir la noticia a todo el mundo.
Pablo sintió que la sangre se le helaba en las venas.
No.
No podía permitir que esto sucediera.
Se abrió paso entre la multitud hasta llegar al frente de la sala, donde los cardenales estaban reunidos.
—¡Deténganse! —gritó.
Todos los ojos se volvieron hacia él.
—¿Quién eres tú? —preguntó Martelli con desprecio.
—Soy Pablo. Líder de La Verdad del Libro.
—¿El hereje? ¿Qué haces aquí?
—He venido a hablar en defensa del acusado.
Martelli rió con desdén.
—¿Y qué puedes decir tú? ¿Qué pruebas puedes ofrecer?
Pablo dio un paso adelante. Su corazón latía con fuerza, pero su voz era firme.
—Tengo pruebas de que Jesua no es quien dicen que es. Pero no en el sentido que ustedes creen.
—Explícate.
Pablo sacó el dispositivo holográfico que Kevin le había dado y activó una imagen. El rostro de María apareció flotando en el aire.
—Esta es María, la madre de Jesua. Durante diecisiete años, creyó que su hijo había muerto al nacer. Pero en realidad, fue secuestrado por una secta religiosa que lo crió para ser el mesías.
La sala estalló en murmullos.
—¿Y eso qué prueba? —preguntó Benítez—. ¿Prueba que es un impostor?
—No —dijo Pablo—. Prueba que su historia es más compleja de lo que ustedes creen. Prueba que no podemos juzgarlo sin conocer toda la verdad.
—¿Y cuál es la verdad? —preguntó Martelli.
Pablo guardó silencio durante un largo momento. Luego, lentamente, dijo:
—La verdad es que no lo sé. No sé si Jesua es el mesías o un falso profeta. Pero sé que no merece morir sin que se haya hecho una investigación completa.
—¿Y por qué deberíamos escucharte a ti? —preguntó Benítez—. Eres un hereje. Un enemigo de la Iglesia.