God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo XI: La Noche Antes de la Muerte

Año 20.260 - Vaticano, Mazmorras - Nivel Máximo de Seguridad

La celda de Jesua estaba en el nivel más profundo de las mazmorras del Vaticano, un lugar donde la luz del sol nunca llegaba y el silencio era tan pesado que podía sentirse como una presencia física. Las paredes eran de piedra negra, húmedas por la condensación que se filtraba a través de las grietas. El único mobiliario era una cama de madera podrida y un lavabo de metal oxidado. No había ventanas. No había esperanza.

Pero Jesua estaba en paz.

Sentado en el borde de la cama, con las manos apoyadas en las rodillas y los ojos cerrados, parecía estar meditando. Su respiración era lenta y profunda, y en su rostro no había rastro de miedo o ansiedad. Solo una serenidad que parecía desafiar la oscuridad que lo rodeaba.

La puerta de la celda se abrió con un chirrido metálico. Un guardia entró, seguido por una figura encapuchada que se movía con sigilo.

—Tienes diez minutos —dijo el guardia—. Después de eso, tendré que reportar tu visita.

La figura encapuchada asintió y se acercó a Jesua. Cuando se quitó la capucha, reveló el rostro de Sebastián. El anciano sacerdote tenía los ojos enrojecidos y las mejillas surcadas por lágrimas recientes.

—Maestro —dijo, arrodillándose frente a Jesua—. He venido a pedirte perdón.

Jesua abrió los ojos. Su mirada era suave, compasiva, como la de un padre que mira a su hijo arrepentido.

—"No tienes nada que perdonar, hijo" —dijo—. "Has hecho lo correcto."

—No, Maestro. He fallado. He fallado en protegerte. He fallado en defenderte. He fallado en tener fe.

—"No has fallado, Sebastián. Has sido valiente. Has hablado en mi defensa cuando otros se callaron. Eso es más de lo que la mayoría ha hecho."

Sebastián levantó la cabeza, con lágrimas brotando de sus ojos.

—¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar?

Jesua sonrió con tristeza.

—"Mañana al amanecer, voy a morir. Y eso es exactamente lo que debe suceder."

—¡No! —exclamó Sebastián—. No puedo permitir que eso suceda. No puedo dejar que te maten.

—"No es tu decisión, hijo. Es la decisión del Padre. Y yo acepto su voluntad."

—Pero ¿y si la voluntad del Padre es que vivas? ¿Y si nosotros podemos salvarte?

Jesua extendió la mano y tocó suavemente el rostro de Sebastián.

—"La voluntad del Padre es un misterio, Sebastián. A veces, el camino que parece más oscuro es el que nos lleva a la luz. A veces, la muerte es el principio de la vida. No temas por mí. Temes por ti mismo. Porque lo que viene después será más difícil que cualquier cosa que hayas enfrentado."

—¿Qué viene después?

—"La tormenta. La guerra. La prueba de la fe. Todo lo que he anunciado va a suceder. Y cuando suceda, necesitarás recordar lo que has visto aquí. Necesitarás recordar que la verdad siempre prevalece."

Sebastián guardó silencio, procesando las palabras de Jesua. Luego, lentamente, dijo:

—¿Hay algo que pueda hacer? ¿Algo que pueda hacer para ayudarte?

Jesua lo miró largamente. Luego, suavemente, dijo:

—"Hay algo. Pero no es fácil."

—Dime qué es. Haré cualquier cosa.

—"Necesito que protejas a los que han creído en mí. Cuando yo muera, la persecución comenzará. Mis seguidores serán cazados, encarcelados, ejecutados. Necesito que los guíes. Necesito que les recuerdes que la fe no es creer en un hombre. Es creer en la verdad."

Sebastián asintió lentamente.

—Lo haré, Maestro. Lo juro.

—"Y hay algo más."

—¿Qué?

Jesua se inclinó hacia él y susurró:

—"Necesito que encuentres a Pablo."

—¿Pablo? ¿El líder de La Verdad del Libro?

—"Sí. Él es importante. Más importante de lo que cree. Va a enfrentar una prueba difícil. Y necesitará ayuda."

—¿Qué clase de prueba?

Jesua negó con la cabeza.

—"No puedo decirte. Pero cuando llegue el momento, lo sabrás."

Sebastián asintió. Luego, con un último abrazo, se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Maestro —dijo, volviéndose antes de salir—. ¿Crees que volveré a verte?

Jesua sonrió.

—"Nos veremos de nuevo, Sebastián. No en este mundo. Pero en el que está por venir."

Mientras Sebastián salía de la celda, en otro lugar del Vaticano, Pablo estaba reunido con los miembros de La Verdad del Libro en una pequeña sala de seguridad que habían logrado ocupar. Ximena, Cristian, Daichar, Zamtio, Angélica y Teus estaban todos allí, con los rostros sombríos y las miradas cargadas de determinación.

—Tenemos que salvarlo —dijo Pablo, sin rodeos—. No puedo permitir que muera sin haber llegado al fondo de esta historia.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? —preguntó Angélica—. El Vaticano está lleno de soldados. No podemos simplemente irrumpir y sacarlo.

—No vamos a irrumpir —dijo Cristian, activando un holograma en la mesa—. Vamos a usar un pasadizo secreto que conecta las catacumbas con las mazmorras del Vaticano. Fue construido hace siglos, cuando los papas temían ser atacados por herejes.

—¿Y cómo sabemos que sigue abierto? —preguntó Daichar.

—Lo he verificado —respondió Cristian—. El pasadizo está en buenas condiciones. Nos llevará directamente a las celdas de máxima seguridad.

—Pero ¿y los guardias? —preguntó Zamtio—. ¿Y los sistemas de seguridad?

—Los guardias serán un problema —admitió Cristian—. Pero tengo un plan. Kevin nos ha proporcionado unos dispositivos de camuflaje que nos harán invisibles a los sistemas de seguridad. Y los guardias... bueno, para eso estamos nosotros.

Pablo levantó la mirada.

—No quiero que nadie muera.

—No vamos a matar a nadie —dijo Cristian—. Solo vamos a neutralizarlos. Temporalmente.

—¿Y si algo sale mal?

Cristian guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—Entonces todos moriremos.

Pablo asintió lentamente. Sabía que el plan era peligroso. Sabía que podía salir mal. Pero también sabía que no podía dejar que Jesua muriera sin haber hecho todo lo posible por salvarlo.



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 03.07.2026

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