God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo XII: La Huida

Año 20.260 - Vaticano, Mazmorras - Nivel Máximo de Seguridad

El disparo resonó en el túnel como un trueno, y el cuerpo de Kevin cayó al suelo con un golpe sordo. Elizabeth permaneció inmóvil, con la pistola aún humeante en la mano, los ojos fijos en el hombre que acababa de matar. Sus labios temblaban, y las lágrimas corrían por sus mejillas sin que ella pareciera notarlo.

—Lo siento —murmuró—. Lo siento tanto.

Pablo la miró con incredulidad. Todo había sucedido demasiado rápido. Kevin había muerto. Elizabeth lo había matado. Y detrás de ellos, los soldados del Vaticano se acercaban.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Cristian—. ¡Ahora!

Pablo reaccionó. Agarró a Jesua del brazo y comenzó a correr hacia la salida del túnel. Los demás lo siguieron, dejando atrás el cuerpo de Kevin y el eco de los disparos.

—¡Por aquí! —gritó Daichar, señalando un desvío en el túnel—. ¡Este camino nos lleva directamente a las catacumbas!

Corrieron sin mirar atrás. Las voces de los soldados se desvanecían lentamente, reemplazadas por el silencio pesado de los túneles subterráneos.

Cuando finalmente llegaron a las catacumbas, Pablo se detuvo, jadeando. Sus piernas le temblaban, y su corazón latía con fuerza. Pero no podía descansar. Tenía que asegurarse de que todos estaban a salvo.

—¿Están todos bien? —preguntó, mirando a su alrededor.

—Estamos todos —respondió Ximena, aunque su voz temblaba—. Pero... Elizabeth...

Todos se volvieron hacia Elizabeth. La joven estaba de pie al final del grupo, con la pistola aún en la mano y los ojos vidriosos.

—Elizabeth —dijo Pablo, acercándose a ella con cuidado—. ¿Estás bien?

Ella levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y confusión.

—No lo sé —respondió—. No sé lo que he hecho.

—Has salvado nuestras vidas —dijo Pablo—. Kevin iba a matarnos a todos.

—Pero... era mi amigo. He trabajado con él durante años. Me había enseñado todo lo que sé. Y ahora... ahora está muerto. Por mi culpa.

Pablo la tomó suavemente por los hombros.

—No fue tu culpa. Kevin eligió su camino. Tú solo hiciste lo que era necesario.

Elizabeth guardó silencio. Luego, lentamente, asintió.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Pablo la soltó y miró a su alrededor. Los miembros de La Verdad del Libro estaban reunidos en la cámara principal de las catacumbas, con los rostros pálidos y las miradas cargadas de incertidumbre. Jesua estaba en el centro, con las manos atadas aún, pero con la misma serenidad que siempre.

—Ahora tenemos que decidir qué hacer —dijo Pablo—. No podemos quedarnos aquí. Los soldados del Vaticano encontrarán las catacumbas tarde o temprano. Y cuando lo hagan, nos matarán a todos.

—¿Adónde podemos ir? —preguntó Angélica—. Estamos en toda la lista de buscados. No podemos salir a la superficie sin ser detectados.

—Hay otros refugios —dijo Cristian—. Otras catacumbas en otras ciudades. Podemos movernos, podemos escondernos. Pero no será fácil.

—No vamos a escondernos —dijo Jesua, y su voz resonó en la cámara con una claridad que sorprendió a todos—. "No hemos venido a escondernos. Hemos venido a proclamar la verdad."

Pablo lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Jesua dio un paso adelante, con las manos aún atadas.

—"La verdad no puede ser escondida, Pablo. La verdad debe ser proclamada. Si nos escondemos, el enemigo habrá ganado. Pero si seguimos adelante, si seguimos predicando, si seguimos sanando... entonces el enemigo no podrá detenernos."

—Pero si volvemos a la superficie, nos matarán —dijo Zamtio—. Acaban de declararte hereje. Te van a ejecutar.

Jesua sonrió.

—"Tal vez. Pero la muerte no es el final, Zamtio. La muerte es solo el comienzo."

Pablo sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Jesua eran como las de un hombre que ya había aceptado su destino. Un hombre que no temía a la muerte porque sabía que había algo más allá.

—No vamos a dejar que mueras —dijo Pablo—. Te hemos salvado una vez. Podemos salvarte de nuevo.

—"No puedes salvarme de lo que está destinado, Pablo. Pero puedes ayudarme a cumplir mi misión."

—¿Cuál es tu misión?

Jesua lo miró directamente a los ojos.

—"Preparar el camino. Anunciar la llegada del que ha de venir. Y luego... partir."

Pablo guardó silencio. Las palabras de Jesua resonaban en su mente como un eco persistente. "Preparar el camino. Anunciar la llegada del que ha de venir."

—¿Quién es el que ha de venir? —preguntó finalmente.

Jesua sonrió.

—"Eso no puedo decírtelo, Pablo. Porque aún no estás listo para escucharlo. Pero cuando llegue el momento... lo sabrás."

Pablo asintió lentamente. No entendía completamente lo que Jesua quería decir. Pero sabía una cosa: no podía abandonarlo. No podía dejarlo morir.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó.

Jesua levantó las manos atadas.

—"Primero, suéltame. Luego, reunamos a todos los que quieran escuchar la verdad. Y luego... empecemos."

—¿Empezar qué?

Jesua sonrió con una luz que parecía iluminar toda la cámara.

—"La guerra, Pablo. La guerra contra la mentira."

Pasaron las horas. Mientras Pablo y los suyos liberaban a Jesua y planeaban los siguientes pasos, la noticia del escape se extendió por toda Nueva Jerusalén como un incendio forestal.

En el Vaticano, el Cardenal Martelli estaba furioso. Había ordenado una búsqueda exhaustiva de los fugitivos, pero hasta ahora no había encontrado nada. Los soldados habían registrado todas las catacumbas conocidas, todos los refugios posibles, pero no habían encontrado rastro de Jesua ni de sus secuaces.

—¿Cómo es posible? —gritó Martelli, golpeando la mesa con el puño—. ¡Han escapado de las mazmorras más seguras del mundo! ¡Han matado a uno de mis hombres! ¡Y nadie sabe dónde están!

—Cardenal —dijo uno de los soldados—. Hemos encontrado el cuerpo de Kevin. Estaba en el túnel. Murió por un disparo.



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 03.07.2026

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