Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Central - Plaza del Redentor
La luz del sol se filtraba entre los rascacielos de cristal cuando Jesua salió a la superficie. A su alrededor, los miembros de La Verdad del Libro y sus seguidores más cercanos formaban un círculo protector, con los rostros marcados por la tensión y la determinación.
La Plaza del Redentor estaba vacía a esa hora temprana. Solo algunos transeúntes matutinos y los primeros trabajadores que se dirigían a sus empleos. Pero eso no duraría mucho.
Jesua caminó hacia el centro de la plaza, donde una fuente de mármol blanco se alzaba como un monumento a la esperanza. Se subió al borde de la fuente y levantó los brazos hacia el cielo.
—"¡Oídme, habitantes de Nueva Jerusalén!" —gritó, y su voz resonó con una claridad que parecía desafiar la acústica de la plaza—. "¡Oídme, todos los que tenéis oídos para oír!"
Los transeúntes se detuvieron. Los trabajadores dejaron sus tareas. Poco a poco, una multitud comenzó a congregarse alrededor de la fuente.
—"He sido perseguido. He sido acusado. He sido condenado a muerte. Pero aquí estoy. Porque la verdad no puede ser silenciada. La verdad siempre prevalece."
Un murmullo recorrió la multitud. Algunos reconocieron a Jesua de las transmisiones del templo. Otros habían oído hablar de él, pero nunca lo habían visto en persona. Todos estaban cautivados por su presencia.
—"El Vaticano me ha declarado hereje" —continuó Jesua, su voz llena de emoción—. "El Vaticano ha dicho que soy un falso profeta. Pero os pregunto: ¿es herejía curar a los enfermos? ¿Es herejía consolar a los afligidos? ¿Es herejía devolver la esperanza a los que la han perdido?"
—¡No! —gritó alguien en la multitud.
—"El Vaticano ha dicho que soy un blasfemo. Pero os pregunto: ¿es blasfemia amar a vuestro prójimo como a vosotros mismos? ¿Es blasfemia perdonar a los que os han ofendido? ¿Es blasfemia buscar la verdad con todo vuestro corazón?"
—¡No! —gritaron varios.
—"El Vaticano ha dicho que soy un engañador. Pero os pregunto: ¿he engañado a alguien? ¿He prometido algo que no he cumplido? ¿He tomado algo que no me pertenece?"
La multitud guardó silencio.
—"No he engañado a nadie. Solo he dicho la verdad. La verdad que el Vaticano no quiere que escuchéis. La verdad que los poderosos quieren ocultar. La verdad que os hará libres."
Una mujer en la primera fila comenzó a sollozar. Era una de las que habían sido sanadas por Jesua, una mujer que había estado postrada en una cama durante años y que ahora caminaba sin ayuda.
—"¡Es el enviado de Dios!" —gritó la mujer—. "¡Yo lo he visto! ¡Yo lo he sentido! ¡Él me ha sanado!"
—¡Él me ha sanado a mí también! —gritó otro.
—¡Y a mí!
—¡Y a mí!
Uno tras otro, los testimonios comenzaron a fluir. Hombres y mujeres que habían sido sanados, consolados, transformados por la presencia de Jesua. Sus historias llenaban el aire como una sinfonía de esperanza.
La multitud comenzó a crecer. Decenas, cientos, miles de personas se congregaban en la plaza, atraídas por la voz de Jesua y los testimonios de los sanados. Pronto, la plaza estuvo tan llena que apenas se podía mover.
Jesua levantó las manos y la multitud enmudeció.
—"Hermanos y hermanas" —dijo—. "El Vaticano me ha declarado hereje. Pero yo os digo: no temáis a los que matan el cuerpo, sino a los que pueden destruir el alma. No temáis a los que os persiguen, sino a los que os apartan de la verdad."
—¡Amén! —gritó la multitud.
—"El Vaticano me ha condenado a muerte. Pero yo os digo: la muerte no es el final. La muerte es solo el comienzo. Porque el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y el que vive y cree en mí, no morirá para siempre."
—¡Amén! —gritaron más fuerte.
—"No tengáis miedo de la persecución. No tengáis miedo del sufrimiento. No tengáis miedo de la muerte. Porque el Padre está con vosotros. Y el Padre nunca os abandonará."
La multitud estalló en aplausos y alabanzas. Algunos caían de rodillas, otros levantaban las manos al cielo, otros abrazaban a sus vecinos con lágrimas en los ojos.
Pablo observaba desde la distancia, con el corazón latiéndole con fuerza. Nunca había visto nada igual. La forma en que Jesua conectaba con la gente, la forma en que sus palabras tocaban las fibras más profundas del alma humana, era algo que trascendía cualquier explicación racional.
—Es increíble —murmuró Ximena a su lado—. Nunca había visto nada igual.
—Yo tampoco —admitió Pablo—. Es como si... como si supiera exactamente lo que cada persona necesita escuchar.
—Porque lo sabe —dijo Jesua, apareciendo detrás de ellos sin hacer ruido—. "El Espíritu me guía. Me dice lo que debo decir. Y yo solo lo repito."
Pablo se volvió para mirarlo. El rostro de Jesua estaba radiante, iluminado por una luz que parecía venir de su interior.
—¿Cómo haces eso? —preguntó—. ¿Cómo puedes tocar a tanta gente?
Jesua sonrió.
—"No soy yo quien toca a la gente, Pablo. Es el Padre. Yo solo soy un instrumento. Un canal. Una voz."
—Pero ¿por qué tú? ¿Por qué no otro?
Jesua lo miró largamente.
—"Porque he sido elegido. Porque he sido preparado. Porque he sido enviado."
—¿Preparado por quién?
—"Por los que vinieron antes. Por los que guardaron la profecía. Por los que esperaron este momento."
Pablo sintió que un escalofrío recorría su espalda.
—¿La secta? ¿Los Guardianes del Cordero?
Jesua asintió lentamente.
—"Ellos me criaron. Ellos me enseñaron. Ellos me prepararon. Pero no me crearon. Yo ya existía antes de que ellos me encontraran."
—¿Qué quieres decir con "ya existías"?
Jesua sonrió con tristeza.
—"Eso es algo que debes descubrir por ti mismo, Pablo. No puedo decírtelo. Porque si lo hiciera, no me creerías."
Pablo guardó silencio. Las palabras de Jesua eran un misterio, un enigma que parecía no tener solución.