Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Distrito Central - Plaza del Redentor
La multitud estaba en estado de shock. Habían visto cómo los soldados del Vaticano se llevaban a Jesua, cómo lo esposaban y lo arrastraban hacia los vehículos blindados que esperaban en las afueras de la plaza. Algunos lloraban. Otros gritaban. Otros se arrodillaban en oración.
Pablo permanecía inmóvil, con los puños apretados y el rostro pálido. Las palabras de Emilio resonaban en su mente como un eco persistente:
"Esto es solo el principio. El principio de algo mucho más grande."
—No puedo creer que haya permitido que esto sucediera —murmuró Pablo, con voz temblorosa—. No puedo creer que haya dejado que lo arrestaran.
Emilio se acercó a él y puso una mano en su hombro.
—No fue tu decisión, Pablo. Fue la suya. Jesua sabía lo que iba a pasar. Sabía que lo arrestarían. Y aun así, decidió seguir adelante.
—¿Por qué? ¿Por qué haría eso?
Emilio guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—Porque confía en el Padre. Porque sabe que todo esto es parte de un plan más grande. Porque cree que, aunque ahora parece una derrota, al final será una victoria.
Pablo negó con la cabeza.
—No entiendo. No entiendo cómo puede tener tanta fe. No entiendo cómo puede estar tan seguro de que todo va a salir bien.
—Tal vez porque ha visto lo que nosotros no podemos ver —dijo Emilio—. Tal vez porque sabe algo que nosotros no sabemos.
Pablo lo miró largamente.
—¿Y tú? ¿Tú también sabes algo que yo no sé?
Emilio sonrió con tristeza.
—Solo sé que Jesua me pidió que confiara en él. Que no intentara detenerlo. Que dejara que las cosas siguieran su curso. Y eso es lo que voy a hacer.
—¿Y si el curso de las cosas lleva a su muerte?
Emilio guardó silencio. Luego, suavemente, dijo:
—Entonces morirá. Pero no será en vano. Porque su muerte será el principio de algo nuevo.
Pablo sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
—No sé si puedo aceptar eso.
—No tienes que aceptarlo ahora —dijo Emilio—. Solo tienes que tener fe. Fe en que Dios está en control. Fe en que todo sucede por una razón. Fe en que la verdad siempre prevalece.
Pablo guardó silencio. Las palabras de Emilio eran las mismas que Jesua había dicho. Las mismas que resonaban en su corazón.
—Está bien —dijo finalmente—. Confiaré en él. Pero no voy a quedarme de brazos cruzados. Voy a hacer todo lo posible para salvarlo.
Emilio sonrió con tristeza.
—Eso es exactamente lo que Jesua esperaba que hicieras.
Mientras los soldados se llevaban a Jesua, en el Vaticano, el Cardenal Martelli observaba la transmisión con una sonrisa de satisfacción.
—Al fin lo tenemos —dijo, frotándose las manos—. Esta vez no va a escapar.
—Cardenal —dijo el Cardenal Benítez, con voz preocupada—. ¿Está seguro de que esto es lo correcto? La multitud está furiosa. Si ejecutamos a Jesua, podría haber una revuelta.
—No me importa —respondió Martelli—. Este hombre es un hereje. Un blasfemo. Un peligro para la Iglesia y para la humanidad. Hay que eliminarlo.
—Pero ¿y si la gente se rebela?
—Entonces la sofocaremos. La Iglesia ha sobrevivido a persecuciones mucho peores. Sobrevivirá a esta también.
Benítez guardó silencio. Sabía que no podía discutir con Martelli cuando estaba decidido. Pero algo en su interior le decía que estaban cometiendo un error.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó finalmente.
—Ahora, vamos a juzgarlo de nuevo —respondió Martelli—. Pero esta vez, no va a haber escapatoria. Vamos a condenarlo a muerte. Y vamos a ejecutarlo públicamente, para que todos vean lo que pasa cuando se desafía a la Iglesia.
—¿Públicamente?
—Sí. En la Plaza de San Pedro. Frente a todos los fieles. Para que sepan que la autoridad de la Iglesia es absoluta.
Benítez sintió que un escalofrío recorría su espalda.
—¿Está seguro de que es sabio hacerlo en público? Podría provocar un motín.
—Que provoque un motín —dijo Martelli—. Si la gente quiere rebelarse, que lo haga. Pero entonces sabrán lo que les espera.
En las catacumbas, los miembros de La Verdad del Libro se habían reunido para discutir la situación. Todos estaban consternados por el arresto de Jesua. Pero también estaban decididos a hacer algo al respecto.
—No podemos permitir que lo ejecuten —dijo Ximena, con el rostro encendido por la emoción—. Tenemos que hacer algo.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Angélica—. Está en el Vaticano, rodeado de soldados. Si intentamos rescatarlo, nos matarán a todos.
—Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados —insistió Ximena—. Si lo ejecutan, todo habrá sido en vano.
—Tal vez no —dijo Cristian, levantándose de su asiento—. Tal vez esto es exactamente lo que tiene que suceder.
Todos lo miraron con incredulidad.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Daichar.
—Quiero decir que tal vez Jesua tiene razón. Tal vez su muerte es parte del plan de Dios. Tal vez tenemos que dejar que las cosas sigan su curso.
—¿Cómo puedes decir eso? —exclamó Angélica—. ¡Es nuestro líder! ¡Nuestro profeta! ¡No podemos dejar que muera!
—No es nuestro profeta —dijo Cristian con calma—. Es el profeta de Dios. Y si Dios ha decidido que debe morir, entonces debe morir.
La sala estalló en murmullos. Algunos estaban de acuerdo con Cristian. Otros estaban furiosos.
—¡No puedo creer lo que estoy escuchando! —gritó Angélica—. ¡Estás dispuesto a dejar que muera solo porque crees que es la voluntad de Dios!
—No estoy dispuesto a dejar que muera —dijo Cristian—. Estoy dispuesto a aceptar la voluntad de Dios, sea cual sea.
—¡Y si la voluntad de Dios es que lo salvemos! —gritó Angélica—. ¡Si la voluntad de Dios es que luchemos por él!
Cristian guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—Entonces tendremos que discernir cuál es la voluntad de Dios. Y para eso, necesitamos orar.