God's False Prophets: El Despertar de los Corderos

Capítulo XV: El Amanecer de la Guerra

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén, Vaticano - Plaza de San Pedro

La noche había sido larga y tensa. Mientras la multitud se congregaba en las afueras del Vaticano, los soldados se preparaban para la eventualidad de un motín. Los cardenales estaban reunidos en la Sala del Sínodo, discutiendo el futuro de la Iglesia. Y en las mazmorras, Jesua esperaba su destino con la misma serenidad que siempre.

Cuando el sol comenzó a elevarse sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados, la Plaza de San Pedro estaba llena hasta el borde. Millones de personas se habían congregado allí, algunas desde la noche anterior, otras llegando con las primeras luces del alba. Cantaban himnos, rezaban, y elevaban sus voces al cielo pidiendo un milagro.

En el centro de la plaza, se había erigido un cadalso. Una estructura de madera oscura, con una horca en el centro y una plataforma elevada para que todos pudieran ver. Era un recordatorio macabro de la justicia implacable del Vaticano, una advertencia para todos los que se atrevieran a desafiar su autoridad.

Pablo estaba en la primera fila de la multitud, rodeado por los miembros de La Verdad del Libro y los seguidores más cercanos de Jesua. Su corazón latía con fuerza, y sus manos sudaban. Sabía que lo que iba a suceder en las próximas horas cambiaría el curso de la historia para siempre.

—¿Estás listo? —preguntó Ximena a su lado, tomando su mano.

—No lo sé —admitió Pablo—. Pero tengo que estarlo.

—Pase lo que pase, estoy contigo.

Pablo la miró. Sus ojos estaban llenos de amor y determinación.

—Gracias —dijo, apretándole la mano—. No sé qué haría sin ti.

—No tienes que hacerlo sin mí —respondió Ximena—. Siempre estaré a tu lado.

Las puertas del Vaticano se abrieron. Los soldados salieron en formación, con sus armaduras blancas y sus cascos de visor completo. Detrás de ellos, los cardenales caminaban en procesión, con sus túnicas rojas y sus rostros graves.

En el centro, custodiado por dos soldados, caminaba Jesua. Tenía las manos atadas a la espalda y los pies encadenados, pero su cabeza estaba alta y su mirada serena. No había rastro de miedo en su rostro. Solo una paz profunda que parecía desafiar la oscuridad que lo rodeaba.

La multitud estalló en gritos. Algunos lloraban, otros rezaban, otros gritaban insultos a los cardenales.

—¡Libertad para Jesua! —gritaba alguien.

—¡No lo ejecuten! —gritaba otro.

—¡Es el enviado de Dios!

Los soldados formaron un cordón alrededor del cadalso, manteniendo a la multitud a distancia. Los cardenales subieron a la plataforma, con Martelli al frente.

—¡Silencio! —gritó Martelli, alzando la voz—. ¡En nombre del Santo Sínodo, os ordeno que guardéis silencio!

La multitud enmudeció lentamente, aunque el murmullo de fondo no cesaba del todo.

—¡El acusado, Jesua, ha sido declarado hereje y blasfemo! —continuó Martelli—. ¡Ha sido condenado a muerte por sus crímenes contra la Iglesia! ¡La sentencia se ejecutará ahora!

La multitud estalló en gritos de protesta.

—¡No! —gritó Pablo, abriéndose paso entre la multitud—. ¡Esto no es justicia! ¡Esto es un asesinato!

—¡Cállate, hereje! —gritó Martelli—. ¡O te arrestaremos a ti también!

—¡Arrestadme si queréis! —gritó Pablo—. ¡Pero no vais a silenciar la verdad!

La multitud coreó sus palabras. Miles de voces se alzaron en apoyo a Pablo.

—¡La verdad! —gritaban—. ¡Queremos la verdad!

Martelli miró a la multitud con desprecio.

—¡La verdad es que este hombre es un falso profeta! —gritó—. ¡La verdad es que está llevando a la gente al pecado! ¡La verdad es que merece morir!

—¡No! —gritó Pablo—. ¡La verdad es que no sabes quién es! ¡La verdad es que tienes miedo! ¡Miedo de que sea realmente el enviado de Dios! ¡Miedo de que todo lo que has construido se derrumbe!

Martelli palideció. Sus puños se apretaron.

—¡Basta! —gritó—. ¡Soldados, arresten a este hombre!

Los soldados avanzaron hacia Pablo, pero la multitud los detuvo. Miles de personas se interpusieron entre ellos, formando una barrera humana.

—¡No lo toquen! —gritó alguien.

—¡Déjenlo en paz!

—¡Váyanse!

Los soldados dudaron. No estaban preparados para enfrentarse a una multitud tan grande y tan enfurecida.

Martelli miró a su alrededor, evaluando la situación. Sabía que si ordenaba a los soldados que usaran la fuerza, podría haber un baño de sangre. Y sabía que si eso sucedía, la Iglesia nunca se recuperaría.

—¡Basta! —gritó finalmente—. ¡Traigan al acusado!

Los soldados arrastraron a Jesua hacia el cadalso. La multitud gritó y lloró, pero no pudieron detenerlos.

Jesua subió los escalones de la plataforma con paso firme. Cuando llegó a la cima, se volvió hacia la multitud y sonrió.

—"No lloréis por mí" —dijo, su voz resonando con una claridad sobrenatural—. "Llorad por vosotros mismos. Porque los días que vienen serán difíciles."

—¡Maestro! —gritó Pablo, abriéndose paso entre la multitud—. ¡No! ¡No puedes morir!

Jesua lo miró directamente a los ojos.

—"Pablo, hijo mío" —dijo—. "Has sido valiente. Has sido fiel. Has luchado por la verdad. Pero ahora, tienes que dejar que esto suceda."

—¿Por qué? —gritó Pablo, con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué tienes que morir?

—"Porque esta es la voluntad del Padre" —respondió Jesua—. "Porque mi muerte es el principio de algo nuevo. Porque la verdad siempre prevalece."

—No entiendo —dijo Pablo, con voz quebrada—. No entiendo por qué tiene que ser así.

Jesua sonrió con ternura.

—"No necesitas entenderlo todo, Pablo. Solo necesitas confiar. Confiar en que el Padre sabe lo que hace. Confiar en que la verdad siempre prevalece. Confiar en que, aunque ahora parece una derrota, al final será una victoria."

Pablo sollozó.

—Pero... ¿y si no puedo? ¿Y si mi fe no es lo suficientemente fuerte?

—"Tu fe es más fuerte de lo que crees, Pablo. Has recorrido un largo camino. Has enfrentado la duda, el miedo, la persecución. Y sigues aquí. Sigues luchando. Eso es fe."



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En el texto hay: utopia, diosa de todo, profecía antigua

Editado: 03.07.2026

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