Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Plaza del Redentor (Tres meses después de la victoria sobre los Guardianes de la Profecía)
La ciudad había renacido de sus cenizas, como un fénix que se eleva desde el fuego, como una flor que brota de la tierra quemada, como una esperanza que renace después de la desesperación.
Nueva Jerusalén ya no era el campo de batalla que había sido durante la guerra de Sangre, un infierno de fuego y sangre donde la muerte era la única certeza y el miedo el único compañero. Los edificios que habían caído bajo el embate de la artillería, que habían sido reducidos a escombros y polvo, habían sido reconstruidos, más altos y más hermosos que antes, sus fachadas de vidrio y acero brillando bajo el sol como espejos que reflejaban la esperanza. Las calles que habían estado llenas de escombros y cadáveres, de heridos y moribundos, ahora estaban limpias y llenas de vida, con el sonido de las transacciones, las risas de los niños, las voces de los vendedores, el bullicio de una ciudad que había sobrevivido a lo peor y ahora celebraba lo mejor. Los parques, que habían sido trincheras y campos de batalla, lugares de muerte y desesperación, ahora estaban llenos de flores y árboles, de familias que paseaban y niños que jugaban, de parejas que se besaban y ancianos que recordaban.
La vida había vuelto a la ciudad. La esperanza había vuelto a los corazones. La fe había vuelto a las almas. La gente caminaba con la cabeza en alto, con los ojos brillantes, con los labios sonrientes. Habían sobrevivido a la guerra. Habían sobrevivido a la mentira. Habían sobrevivido a la oscuridad. Y ahora, estaban listos para vivir en la luz.
Pero Pablo sabía que la paz era frágil, una burbuja de cristal que podía romperse en cualquier momento, un sueño que podía desvanecerse con el amanecer. Las palabras de Fiore resonaban en su mente como un eco persistente, una advertencia que no podía ignorar, una profecía que no podía olvidar: "Una amenaza que viene de fuera del sistema solar. Una amenaza que destruirá todo lo que has construido. Una amenaza que los Guardianes de la Profecía han estado tratando de contener durante siglos."
Había pasado tres meses desde la victoria sobre los Guardianes de la Profecía. Tres meses desde la muerte de Ximena, desde que su amor se había desvanecido en sus brazos, desde que su alma había partido hacia lo desconocido. Tres meses desde que la verdad había sido revelada y la oscuridad había sido derrotada, desde que la luz había entrado en las sombras y el mundo había cambiado para siempre. En ese tiempo, Pablo había trabajado sin descanso para reconstruir la ciudad, para sanar las heridas de la guerra, para unificar a la humanidad bajo la bandera de la verdad. Había predicado en las plazas, había consolado a los afligidos, había respondido a las preguntas de los que dudaban. Había sido el líder que todos necesitaban que fuera, el faro en la tormenta, la roca en la marea.
Pero ahora, mientras observaba el cielo desde la Plaza del Redentor, sintió que algo estaba a punto de cambiar. Sintió que la calma que había envuelto la ciudad era solo el ojo de la tormenta, el silencio que precede al trueno, la respiración contenida antes del grito.
El cielo estaba despejado, sin nubes, sin nada que pudiera presagiar lo que estaba por venir. El sol brillaba en lo alto, cálido y dorado, como un recordatorio de que la vida seguía su curso. Las estrellas, que se ocultaban tras la luz del día, esperaban la noche para brillar de nuevo. Pero Pablo sintió que había algo diferente en el aire, una tensión, una expectación, un presentimiento que no podía explicar con palabras, pero que podía sentir con todo su ser.
—Pablo —dijo Cristian, acercándose a él con paso firme, su rostro marcado por las arrugas del esfuerzo y la preocupación—. ¿Estás bien? Te veo preocupado. Te veo distante. Como si estuvieras mirando algo que los demás no podemos ver.
Pablo no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el cielo, buscando algo que no podía ver, pero que sabía que estaba allí, acechando en las sombras, esperando el momento adecuado para revelarse.
—¿Crees que las palabras de Fiore eran ciertas? —preguntó finalmente, su voz apenas un susurro, como si temiera que el viento se llevara sus palabras—. ¿Crees que hay una amenaza que viene de fuera del sistema solar? ¿Crees que los Guardianes de la Profecía estaban diciendo la verdad sobre lo que se avecina?
Cristian guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—No lo sé. Pero si hay una amenaza, la enfrentaremos. Como hemos enfrentado todo lo demás. Como hemos enfrentado a los Guardianes de la Profecía. Como hemos enfrentado la guerra. Como hemos enfrentado la muerte.
—¿Y si es demasiado? —preguntó Pablo, con voz tensa—. ¿Y si no podemos enfrentarla? ¿Y si todo lo que hemos construido se desmorona?
—Entonces moriremos —dijo Cristian, con una calma que contrastaba con la tensión de Pablo, una calma que venía de lo más profundo de su ser—. Pero moriremos sabiendo que hicimos todo lo posible. Moriremos sabiendo que luchamos por la verdad. Moriremos sabiendo que amamos. Moriremos sabiendo que no nos rendimos.
Pablo sonrió débilmente, sintiendo el peso de las palabras de Cristian en su corazón.
—Eso es lo que Ximena decía —dijo, su voz cargada de emoción—. Siempre decía que la muerte no era el final, que la verdad siempre prevalece, que el amor siempre vence. Siempre decía que no debíamos tener miedo, que debíamos confiar en el Padre.
—Ximena era sabia —dijo Cristian—. Y tenía razón. En todo lo que decía.
—Lo sé —dijo Pablo—. Pero a veces, la sabiduría no es suficiente. A veces, la fe no es suficiente. A veces, el amor no es suficiente. A veces, parece que todo es en vano.
—¿Y qué más hay? —preguntó Cristian, con voz suave.
Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:
—La esperanza. La esperanza de que, pase lo que pase, todo tendrá sentido. La esperanza de que, pase lo que pase, la verdad prevalecerá. La esperanza de que, pase lo que pase, el amor vencerá.