God's False Prophets: El Enemigo de las Estrellas

Capítulo II: El Mensaje de los Alienígenas

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Tres días después de la aparición de la nave)

La nave había estado suspendida sobre Nueva Jerusalén durante tres días.

Tres días de silencio. Tres días de espera. Tres días de incertidumbre que se habían extendido como una sombra sobre la ciudad, como una nube negra que ocultaba el sol y teñía todo de un tono sepulcral. Tres días en los que la humanidad había mirado al cielo con una mezcla de miedo y esperanza, de asombro y terror, de fe y desesperación. Tres días en los que el tiempo parecía haberse detenido, como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento, esperando lo que iba a venir.

La nave no se movía. No emitía ningún sonido. No mostraba ningún signo de actividad. Era como una esfinge en el cielo, una presencia enigmática que observaba sin actuar, que esperaba sin explicar, que juzgaba sin condenar. Sus superficies de luz se movían lentamente, como si estuvieran respirando, como si la nave estuviera viva. Y a veces, cuando la luz cambiaba, se podían ver formas en su interior, sombras que se movían, figuras que parecían observarlos desde las alturas.

Y la humanidad esperaba.

En la Plaza del Redentor, miles de personas se habían congregado, mirando hacia el cielo con los ojos cansados y los corazones latiendo con fuerza. Algunos rezaban, sus labios moviéndose en oraciones silenciosas, sus manos levantadas hacia el cielo. Otros cantaban himnos, sus voces elevándose en una mezcla de esperanza y miedo. Otros simplemente observaban en silencio, con los ojos fijos en la nave que flotaba sobre ellos como una luna artificial, como un sol que se había negado a ponerse, como una promesa que aún no se había cumplido. No habían dormido en tres días. No podían. No querían. El miedo a perderse algo era más fuerte que el cansancio. La esperanza de que algo sucediera era más poderosa que la fatiga.

Pablo estaba en el centro de la plaza, rodeado por los líderes de la Iglesia de la Verdad. Su rostro estaba cansado, marcado por las noches sin dormir y la preocupación constante, surcado por las arrugas del esfuerzo y la falta de sueño. Sus ojos estaban enrojecidos, pero aún brillaban con la luz de la determinación, una luz que no se había apagado a pesar de todo, una luz que decía que no se rendiría, que no se detendría, que no se dejaría vencer.

—No podemos seguir así —dijo Cristian, su voz grave y preocupada, sus ojos fijos en la nave. Su rostro estaba pálido, y sus manos temblaban ligeramente. Había visto muchas batallas, había perdido a muchos amigos, había enfrentado a muchos enemigos. Pero nunca había visto algo como aquello—. Llevamos tres días esperando, sin saber qué va a pasar. La gente está asustada. Los rumores se extienden como un incendio, consumiendo todo a su paso. Algunos dicen que es el fin del mundo, el apocalipsis anunciado por las profecías. Otros dicen que es el verdadero Dios que ha llegado para salvarnos, para llevarnos a un nuevo mundo. Otros dicen que es una invasión alienígena, una amenaza que destruirá todo lo que hemos construido. Necesitamos respuestas. Necesitamos saber qué está pasando.

—¿Y cómo vamos a obtenerlas? —preguntó Angélica, su voz tensa y frustrada, sus puños apretados a los costados. Su rostro estaba pálido, y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. Había visto demasiada muerte, había perdido a demasiados seres queridos, había soportado demasiado dolor—. La nave no se comunica. No responde a nuestros mensajes. No muestra ningún signo de vida. Hemos intentado todo: señales de radio, transmisiones láser, sondas de exploración. Nada. Es como si nos estuviera ignorando.

—Tal vez no quiere comunicarse —dijo Daichar, su voz seria y reflexiva, sus manos apoyadas en la mesa—. Tal vez solo quiere observarnos. Tal vez está esperando algo. Tal vez quiere ver cómo reaccionamos, cómo nos comportamos, cómo enfrentamos lo desconocido.

—¿Qué?

—No lo sé. Pero tal vez nosotros deberíamos tomar la iniciativa. Tal vez deberíamos enviar una misión. Acercarnos a la nave. Intentar establecer contacto. Intentar entender qué es, qué quiere, por qué está aquí.

—¿Y si es una trampa? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa, sus ojos brillando con miedo. Su rostro estaba pálido, y sus manos sudaban. Era el más joven del grupo, y el miedo era un compañero constante para él—. ¿Y si nos están esperando para atacarnos? ¿Y si todo esto es una trampa para destruirnos?

—Entonces moriremos —dijo Pablo, con voz firme, su mirada fija en la nave. Su voz era tranquila, pero en sus ojos se veía la determinación de un hombre que ha aceptado su destino—. Pero moriremos sabiendo que hicimos todo lo posible. Moriremos sabiendo que intentamos entender. Moriremos sabiendo que no nos rendimos. Moriremos sabiendo que luchamos por la verdad.

—¿Y quién va a ir? —preguntó Angélica, su voz cargada de preocupación—. ¿Quién va a liderar esta misión?

Pablo guardó silencio. Luego, lentamente, dijo:

—Yo iré. Yo lideraré la misión. Yo enfrentaré lo que sea que esté allí arriba.

—¡No! —gritó Cristian, su voz llena de emoción—. No puedes ir. Eres el líder de la Iglesia de la Verdad. Eres el que mantiene unida a la humanidad. Eres el que ha guiado a la gente a través de la guerra, a través de la oscuridad, a través de la duda. Si algo te pasa, si algo te sucede, todo lo que hemos construido se desmoronará. La gente perderá la esperanza. La fe se desvanecerá.

—Entonces alguien más tomará mi lugar —dijo Pablo, con una calma que contrastaba con la furia de Cristian—. Pero si no voy, si no enfrento esto, si no busco la verdad, entonces no soy el líder que la humanidad necesita. No puedo pedir a otros que hagan lo que yo no estoy dispuesto a hacer.

—Pablo tiene razón —dijo una voz desde el fondo de la multitud.

Todos los ojos se volvieron hacia la figura que avanzaba lentamente entre la gente. La multitud se abrió para darle paso, como el mar se abrió ante Moisés, como la luz se abre paso en la oscuridad.




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