God's False Prophets: El Enemigo de las Estrellas

Capítulo VI: El Vaticano Unificado

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Vaticano, Sala del Sínodo (Tres semanas después del discurso de Pablo)

La Sala del Sínodo estaba llena como nunca antes en su historia milenaria, abarrotada hasta los límites de su capacidad, con una multitud que se extendía por los pasillos adyacentes y se derramaba por las escaleras de mármol que llevaban a las galerías superiores.

No solo estaban los cardenales del Vaticano, con sus túnicas rojas como la sangre y sus rostros solemnes como los de jueces en el día del juicio final. También estaban los líderes de la Iglesia de la Verdad, hombres y mujeres que habían luchado en las trincheras de la guerra de Sangre, que habían visto la muerte de cerca y la habían desafiado con la fuerza de su fe. También estaban los representantes de las colonias espaciales, llegados de los confines más remotos del sistema solar, con sus vestimentas exóticas y sus acentos extraños. También estaban los líderes políticos de los mundos habitados, los comandantes militares que habían dirigido ejércitos en la guerra de los Pecadores, los científicos que habían estudiado la nave y sus misterios, y los seguidores de Jesua que habían mantenido viva la fe en los momentos más oscuros, cuando todo parecía perdido y la esperanza parecía una ilusión.

Miles de personas se habían congregado en la sala, sus cuerpos apretados unos contra otros en una masa humana que vibraba con la energía de la expectación. Y millones más seguían la transmisión en vivo en todo el sistema solar, sus ojos fijos en las pantallas holográficas, sus corazones latiendo al ritmo de lo que estaba a punto de suceder.

Era un momento histórico, un momento que quedaría grabado en la memoria de la humanidad para siempre, un momento que sería recordado por las generaciones futuras como el instante en que todo cambió. El momento en que el Vaticano, que había estado dividido durante tanto tiempo, que había sido escenario de guerras y traiciones, de conspiraciones y asesinatos, de luchas de poder que habían durado siglos, que había sido un símbolo de división y conflicto, finalmente se unificaba bajo un solo líder. El momento en que la humanidad, que había estado fragmentada y dispersa, que había estado llena de odio y miedo, finalmente encontraba un camino hacia la unidad.

Pablo estaba en el centro de la sala, de pie frente al altar donde una vez había sido juzgado Jesua, donde una vez había sido aclamado Elías, donde una vez había caído Fiore, donde la historia de la humanidad había dado giros inesperados. Llevaba ropas sencillas, como siempre, sin adornos ni símbolos de poder, pero su presencia era magnética, como la de un hombre que ha sido elegido para una misión más grande que él mismo, como la de un hombre que ha sido preparado desde el principio de los tiempos para este momento. Su rostro estaba sereno, iluminado por la luz de las velas que parpadeaban en la oscuridad, pero en sus ojos brillaba la luz de la determinación, la luz de la fe, la luz de la esperanza.

A su alrededor, los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que habían aceptado su liderazgo formaban un círculo de apoyo. Cristian estaba a su derecha, con el rostro marcado por las cicatrices de la guerra y la sabiduría de los años. Daichar estaba a su izquierda, con su silencio y su fuerza, su lealtad inquebrantable. Angélica estaba detrás de él, con su ferocidad y su pasión, su fuego interior que no se había apagado. Zamtio estaba junto a ella, con su juventud y su fe, sus ojos brillando con lágrimas de emoción. Teus estaba en un rincón, observando con su inteligencia y su calma, su mente analizando cada detalle. Emilio estaba entre la multitud, con su devoción y su esperanza. Milenca estaba en la primera fila, con Daniel en brazos, el niño que había sido sanado por Jesua y que ahora crecía con la fe de los que han visto milagros.

—"Hermanos y hermanas" —comenzó, y su voz resonó con una claridad que llenó cada rincón de la sala, que llegó a cada corazón, que tocó cada alma. Era una voz que parecía venir de otro mundo, una voz que contenía toda la sabiduría de los siglos, todo el amor de la eternidad—. "Hemos venido hoy para unificar lo que ha estado dividido durante demasiado tiempo. Hemos venido hoy para dejar atrás las diferencias que nos han separado. Hemos venido hoy para construir un futuro basado en la verdad, en el amor, en la fe. Hemos venido hoy para recordar lo que significa ser hijos de Dios."

—¡Amén! —gritó la multitud, un rugido que sacudió los cimientos del Vaticano, que resonó en los pasillos de mármol, que se elevó hacia el cielo.

—"El Vaticano ha estado dividido" —continuó Pablo, su voz llena de emoción, sus ojos brillando con lágrimas que no podía contener—. "La Iglesia ha estado dividida. La humanidad ha estado dividida. Y esa división nos ha llevado a la guerra, a la muerte, al sufrimiento, a la oscuridad. Hemos luchado entre nosotros. Hemos matado en nombre de Dios. Hemos perseguido a los que pensaban diferente. Hemos olvidado lo que significa amar."

Hizo una pausa, y su mirada recorrió la multitud, viendo cada rostro, cada corazón, cada alma.

—"Pero ya no más" —dijo, con voz firme—. "La verdad ha sido revelada. El amor ha vencido. La fe ha triunfado. La oscuridad ha sido derrotada. La luz ha entrado en las sombras. Y ahora, tenemos la oportunidad de empezar de nuevo. De construir un mundo nuevo. De ser la humanidad que siempre hemos estado llamados a ser."

—¡Amén!

—"Hoy, declaramos una nueva era" —dijo Pablo, levantando los brazos hacia el cielo, sintiendo que la luz del Espíritu descendía sobre él—. "Una era de unidad. Una era de paz. Una era de amor. Una era de verdad. Una era de esperanza. Una era de luz."

La multitud estalló en vítores, en lágrimas, en abrazos. La energía que llenaba la sala era palpable, una energía de esperanza, de amor, de unidad, una energía que parecía venir del mismo cielo. Miles de personas levantaron los brazos al cielo, gritando su nombre, llorando de emoción, abrazándose unos a otros. La unidad que había sido tan esquiva durante tanto tiempo finalmente se había materializado.




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