God's False Prophets: El Enemigo de las Estrellas

Capítulo VII: El Viaje Interestelar

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Puertos Espaciales y Nave de Exploración (Una semana después de la unificación del Vaticano)

La unificación del Vaticano había sido un paso crucial, un hito en el camino hacia la preparación de la humanidad para la prueba final, un momento de luz en medio de la oscuridad que había envuelto a la humanidad durante tanto tiempo. Pero Pablo sabía que era solo el principio, solo el primer paso en un viaje que lo llevaría más lejos de lo que jamás había imaginado. La verdadera prueba, la que definiría el destino de la humanidad para siempre, estaba por llegar, y para enfrentarla, necesitaba respuestas que solo podían encontrarse más allá de los límites de su mundo.

La nave del "verdadero Dios" seguía suspendida sobre Nueva Jerusalén, inmóvil, silenciosa, como una esfinge que observa sin revelar sus secretos, como un enigma que espera ser resuelto, como una promesa que aún no se ha cumplido. Sus superficies de luz se movían lentamente, como si estuvieran respirando, como si la nave estuviera viva, y a veces, cuando la luz cambiaba, se podían ver formas en su interior, sombras que se movían, figuras que parecían observarlos desde las alturas. El mensajero que había descendido de ella había desaparecido tan misteriosamente como había aparecido, dejando tras de sí más preguntas que respuestas, más dudas que certezas, más sombras que luces. La voz que había hablado a la humanidad se había callado, y el silencio era más aterrador que cualquier palabra, más pesado que cualquier amenaza, más oscuro que cualquier noche.

Pablo sabía que no podía esperar. El tiempo se agotaba. La humanidad necesitaba saber qué venía. Necesitaba saber cómo prepararse. Necesitaba saber si la prueba era una oportunidad para redimirse o una sentencia de muerte que no podía ser revocada. Necesitaba saber si el "verdadero Dios" era un salvador o un juez, un padre o un verdugo, una luz o una oscuridad.

—No podemos quedarnos aquí esperando —dijo Pablo, en una reunión con los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban. Su voz era firme, pero en sus ojos se veía el cansancio de un hombre que ha llevado demasiado peso durante demasiado tiempo. La Sala del Sínodo estaba llena de rostros sombríos, de miradas cargadas de determinación y miedo, de corazones latiendo al ritmo de la incertidumbre. Las velas parpadeaban en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de mármol, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados—. La nave no se comunica. El mensajero ha desaparecido. La voz se ha callado. Si queremos respuestas, tenemos que buscarlas nosotros mismos. No podemos esperar a que nos lleguen. Tenemos que ir a buscarlas.

—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Cristian, con voz grave, sus ojos fijos en Pablo. Su rostro estaba pálido, y sus manos descansaban sobre la mesa con una tensión que delataba su preocupación. Había visto demasiado para confiar en soluciones fáciles—. La nave está a miles de kilómetros de distancia, en el espacio profundo, más allá de cualquier misión que la humanidad haya emprendido. No tenemos una nave que pueda llegar hasta ella. No tenemos la tecnología para viajar a esas distancias. No tenemos el combustible, los suministros, ni la experiencia.

—Tenemos la tecnología —dijo Teus, que había estado investigando los archivos del Vaticano y las colonias espaciales durante las últimas semanas. Su voz era calmada, pero en sus ojos brillaba la luz del descubrimiento. Había estado sumergido en documentos antiguos, planos olvidados, proyectos abandonados—. He encontrado planos de una nave de exploración interestelar que fue construida en el siglo XXII, durante la primera expansión de la humanidad más allá del sistema solar. Fue abandonada cuando la colonización se detuvo, pero está intacta. Puede ser reparada. Puede ser puesta en funcionamiento.

—¿Y cómo sabemos que funciona? —preguntó Daichar, con escepticismo, sus ojos entrecerrados. Su voz era ronca, y sus manos se movían inquietas sobre la mesa—. ¿Cómo sabemos que no se desintegrará en el primer intento de viaje? ¿Cómo sabemos que no es una ruina que solo servirá para llevarnos a la muerte?

—He estado estudiando los planos —dijo Teus, con calma, con la paciencia de un hombre que sabe que la verdad no necesita gritar para ser escuchada—. La nave es sólida. Fue construida para viajes largos, para soportar las condiciones del espacio profundo, para llevar a la humanidad más allá de los límites de su sistema solar. Con las piezas que tenemos en los almacenes de las colonias, podemos repararla en cuestión de días. No es un sueño. Es una posibilidad real.

—¿Y quién va a ir? —preguntó Angélica, con voz tensa, sus puños apretados sobre la mesa. Su rostro estaba pálido, y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. Había perdido a demasiados seres queridos, y el miedo a perder a más la consumía—. ¿Quién va a liderar esta misión? ¿Quién va a enfrentar lo desconocido?

Pablo guardó silencio. Sintió el peso de la mirada de todos sobre él, el peso de la responsabilidad, el peso del momento. Luego, lentamente, dijo:

—Yo iré. Yo lideraré la misión. La nave me ha llamado. La voz me ha elegido. Si alguien debe enfrentar lo que está allí arriba, soy yo. No puedo pedir a otros que hagan lo que yo no estoy dispuesto a hacer.

—No —dijo Cristian, con voz firme, levantándose de su asiento—. No puedes ir. Eres el líder de la humanidad. Eres el que mantiene unida a la gente. Eres el que ha guiado a la humanidad a través de la guerra, a través de la oscuridad, a través de la duda. Si algo te pasa, si algo te sucede, todo lo que hemos construido se desmoronará. La gente perderá la esperanza. La fe se desvanecerá. La oscuridad regresará.

—Y si no voy, todo lo que hemos construido se desmoronará de todos modos —dijo Pablo, con una calma que contrastaba con la furia de Cristian—. La prueba final está cerca. Si no sabemos qué es, no podemos prepararnos. Si no sabemos qué esperar, no podemos enfrentarla. Si no sabemos cómo sobrevivir, no podemos vencer. Tengo que ir. Es mi misión. Mi destino. Mi verdad.




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