God's False Prophets: El Enemigo de las Estrellas

Capítulo X: El Dilema de Pablo

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Catacumbas, Celda de Pablo (Tres días después de la revelación de la verdad definitiva)

La revelación había sido como un terremoto que había sacudido los cimientos de la fe de Pablo, como un tsunami que había arrasado todo lo que creía saber, como un incendio que había consumido las certezas que lo habían sostenido durante toda su vida, desde aquel primer día en que se arrodilló en las catacumbas y sintió el llamado del Espíritu en su corazón.

Tres días habían pasado desde que regresó de la nave, tres días desde que compartió la verdad definitiva con la humanidad, tres días desde que las palabras de la figura de luz resonaron en su corazón como un eco eterno, como una campana que no dejaba de sonar, como un tambor que marcaba el ritmo de su existencia. Y en esos tres días, Pablo no había dormido. No había comido. No había descansado. Solo había caminado por los pasillos de las catacumbas, ida y vuelta, una y otra vez, como un león enjaulado, como un pájaro en una jaula, como un alma atrapada entre dos mundos, dos verdades, dos destinos.

Cristian, Daichar, Angélica y los demás habían intentado hablar con él, pero él los había rechazado, necesitando estar solo con sus pensamientos, necesitando enfrentar su dilema sin distracciones, necesitando encontrar la respuesta que su alma buscaba. No podía comer. No podía dormir. Solo podía caminar, y pensar, y sentir el peso de la verdad que ahora llevaba en su corazón. Los pasillos de las catacumbas, que antes habían sido un refugio de paz y silencio, ahora eran una prisión, un laberinto de sombras y dudas, un lugar donde el eco de sus pasos resonaba como el latido de un corazón que no encontraba reposo.

Por un lado, la verdad que había revelado la figura de luz: que la humanidad era el producto de un experimento, que la religión era un diseño para guiar su evolución, que la prueba final estaba cerca, que la raza ancestral observaba desde las sombras, esperando el momento en que la humanidad finalmente despertara. Esa verdad era coherente, lógica, explicaba los misterios que habían atormentado a la humanidad durante milenios, que habían llevado a guerras santas y persecuciones, que habían dividido a la humanidad en facciones irreconciliables. Encajaba con todo lo que había visto, todo lo que había sentido, todo lo que había experimentado a lo largo de su vida. Era una verdad que liberaba, que daba sentido al sufrimiento, que ofrecía una esperanza para el futuro, que explicaba por qué la humanidad había sido tan violenta, tan cruel, tan despiadada, pero también tan amorosa, tan compasiva, tan capaz de sacrificio.

Pero por otro lado, estaba la verdad que había sostenido su fe durante toda su vida: que Dios era un padre amoroso, que la humanidad era su creación, que la fe era un don, no un diseño, que el amor era la esencia misma de la existencia, que el sacrificio era el camino hacia la redención. Esa verdad era la que había guiado sus pasos desde el principio, la que lo había sostenido en los momentos más oscuros, la que lo había llevado a donde estaba ahora, la que lo había hecho resistir cuando todo parecía perdido. Era una verdad que dolía, que desafiaba, que exigía sacrificio, que pedía que confiaras incluso cuando no entendías, que creyeras incluso cuando todo parecía mentira. Y ahora, parecía estar en conflicto con la verdad que había descubierto en la nave de luz, como dos ríos que fluían en direcciones opuestas, como dos voces que gritaban al mismo tiempo, como dos almas que luchaban por el control de su ser.

Pablo se detuvo frente a la pared de su celda, apoyando la frente contra la piedra fría, sintiendo el contacto de la superficie rugosa contra su piel, sintiendo el frío que se filtraba en sus huesos, sintiendo el peso de la responsabilidad en sus hombros, el peso de la verdad en su corazón, el peso de la duda en su alma. No sabía qué hacer. No sabía qué creer. No sabía cómo reconciliar las dos verdades que ahora habitaban en su interior, como dos fuegos que ardían en el mismo hogar, como dos amores que luchaban por el mismo corazón.

—"Padre" —murmuró, su voz apenas un susurro, ronca por la falta de uso, por las horas de silencio—. "Padre, ¿qué debo hacer? ¿Qué debo creer? ¿Cómo puedo reconciliar estas dos verdades? ¿Cómo puedo ser fiel a ti y fiel a la verdad que he descubierto?"

El silencio fue su única respuesta. Un silencio profundo, pesado, absoluto, que parecía extenderse más allá de los límites de la celda, más allá de las catacumbas, más allá de la ciudad entera. Un silencio que antes había sido un consuelo, una presencia que lo acompañaba en la oscuridad, pero que ahora era un peso, una ausencia, un vacío que no podía llenar, una herida que no podía cerrar.

—"¿Me has abandonado?" —preguntó, con voz quebrada, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, corriendo por sus mejillas como ríos de dolor y confusión—. "¿Acaso todo ha sido un plan? ¿Acaso mi fe ha sido solo un diseño? ¿Acaso el amor que he sentido ha sido solo un experimento? ¿Acaso todo lo que he creído, todo lo que he amado, todo lo que he dado, ha sido parte de un experimento?"

El silencio se mantuvo, pesado, opresivo, como una manta que lo envolvía y lo ahogaba. Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana, que no podía ser explicado por las palabras, que solo podía ser sentido, como el calor del sol en un día frío, como el abrazo de un amigo en la tormenta.

—"No te he abandonado, Pablo" —susurró una voz en su corazón, suave pero firme, clara pero íntima—. "Nunca te he abandonado. La verdad no es una amenaza para la fe. La verdad es la fe. El amor no es un experimento. El amor es la esencia de todo lo que existe. La fe no es un diseño. La fe es la conexión que te une a la verdad, al amor, a la vida."

Pablo levantó la cabeza, sintiendo que las lágrimas corrían por sus mejillas, sintiendo que el corazón se le abría. No sabía si la voz era real o solo producto de su imaginación, si era el Espíritu o su propia conciencia. Pero sentía que, de alguna manera, era verdad. Sentía que, de alguna manera, las dos verdades podían coexistir, como dos caras de la misma moneda, como dos orillas del mismo río, como dos notas de la misma melodía.




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