Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Múltiples ubicaciones (Una semana después de la revelación de la verdad definitiva)
La revelación de Pablo había encendido una chispa que ahora se convertía en un incendio incontrolable, un fuego que consumía todo a su paso y amenazaba con reducir a cenizas todo lo que la humanidad había construido con tanto esfuerzo y sacrificio.
Lo que había comenzado como un debate teológico, como discusiones apasionadas en las plazas y en los hogares, como preguntas que surgían en las mentes de los creyentes y dudas que se instalaban en sus corazones, se había transformado en algo más oscuro, más peligroso, más violento. La verdad que Pablo había compartido sobre la raza ancestral, sobre el origen de la humanidad, sobre la prueba final que se avecinaba, había dividido a los fieles como un cuchillo afilado corta un tejido tenso, como un hacha que parte un tronco en dos mitades irreconciliables. La unidad que había costado tanto construir, que había sido forjada en el fuego de la guerra de los Pecadores y templada en la sangre de la guerra de Sangre, se estaba desmoronando ante sus ojos, y no había nada que pudiera hacer para detenerlo. La fe que había unido a millones de personas ahora se había convertido en un campo de batalla, y el amor que había curado tantas heridas ahora era la fuente de nuevas heridas.
En el distrito norte, un grupo de seguidores de la Iglesia de la Verdad había levantado barricadas en las calles, utilizando los escombros de los edificios destruidos en la guerra anterior, proclamando que Pablo era un falso profeta y que la revelación era una mentira de los Guardianes de la Profecía, una trampa para desviar a la humanidad del verdadero camino. Sus carteles, pintados con letras rojas como la sangre, proclamaban: "¡Pablo es un traidor!", "¡La verdadera fe es la de Jesua!", "¡No al falso profeta!". Se habían atrincherado en las iglesias y edificios abandonados, y desde allí lanzaban ataques verbales y físicos contra los seguidores de Pablo.
En el distrito sur, otro grupo había tomado una iglesia, declarando que la verdadera fe era la que había sido revelada por Jesua, y que Pablo la había traicionado al compartir una verdad que no era de Dios. Se negaban a aceptar que la humanidad fuera un experimento, que la fe fuera un diseño, que el amor fuera parte de un plan mayor. Para ellos, la fe era un acto de libre albedrío, no un producto de la ingeniería genética. Se reunían en la iglesia, día y noche, cantando himnos y rezando, esperando que Dios los salvara de la herejía de Pablo.
En el distrito este, una multitud enfurecida había atacado una sinagoga donde se reunían los seguidores de Pablo, quemándola hasta los cimientos. El fuego se había extendido a los edificios vecinos, y las llamas habían iluminado el cielo nocturno durante horas. Los cuerpos de los que no habían logrado escapar fueron encontrados entre los escombros, carbonizados, irreconocibles. Los rostros de los que habían sobrevivido estaban marcados por el horror y la incredulidad de que sus hermanos en la fe pudieran hacer algo tan terrible.
En el distrito oeste, los carteles con la imagen de Pablo habían sido arrancados y sustituidos por otros que lo llamaban "traidor" y "hereje". Su rostro, que antes había sido un símbolo de esperanza, ahora era un símbolo de división. Las consignas escritas en las paredes eran un recordatorio constante de la fractura que se estaba produciendo en la sociedad: "¡Pablo miente!", "¡La verdadera Iglesia es la de Jesua!", "¡No al nuevo orden!". Los seguidores de Pablo que se atrevían a salir a las calles eran insultados, golpeados, y en algunos casos, asesinados.
La ciudad, que había renacido de las cenizas de la guerra de Sangre, que había sido reconstruida con amor y esperanza, que se había convertido en un símbolo de la unidad humana, ahora se estaba desgarrando de nuevo, como una herida que se reabre antes de haber sanado. Las calles, que habían vuelto a llenarse de vida y risas, que habían sido testigos de la alegría de los niños y la paz de los ancianos, ahora estaban llenas de manifestaciones, de enfrentamientos, de violencia. Los carteles se alzaban en cada esquina, unos proclamando a Pablo como el salvador de la humanidad, otros denunciándolo como un traidor, otros exigiendo su muerte. Los grupos de seguidores y detractores se enfrentaban en las plazas, sus voces elevándose en cánticos y consignas que se mezclaban con el ruido de los cristales rotos y los golpes.
Pablo estaba en las catacumbas, reunido con los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban. La cámara principal estaba llena de rostros sombríos, de miradas cargadas de preocupación y determinación. Las velas parpadeaban en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones agitados. El aire estaba cargado de tensión, y el silencio era roto solo por el goteo constante del agua de condensación y el susurro de las ropas.
—La situación está empeorando —dijo Cristian, con voz grave, su rostro marcado por el cansancio y la preocupación. Sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño, y sus manos temblaban ligeramente. Había visto demasiada violencia en su vida, y cada nuevo enfrentamiento le recordaba las pérdidas que había sufrido—. Los grupos rebeldes están creciendo. Cada día, más personas se unen a ellos, atraídas por el miedo y la confusión. La violencia se está extendiendo por toda la ciudad como una plaga. Ya hay más de cien muertos en los enfrentamientos de los últimos días, y los heridos se cuentan por miles. Los hospitales están desbordados, y los médicos no dan abasto.
—No podemos permitir que esto continúe —dijo Angélica, con voz firme, sus puños apretados sobre la mesa. Su rostro estaba pálido, y sus ojos mostraban signos de cansancio y preocupación. Había perdido a demasiados seres queridos en la guerra, y el miedo a perder a más la consumía—. Si no hacemos algo pronto, la ciudad se desmoronará. La humanidad se desmoronará. Todo lo que hemos construido, todo por lo que hemos luchado, todo lo que hemos sacrificado, se perderá.