God's False Prophets: El Enemigo de las Estrellas

Capítulo XII: La Guerra Interestelar

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén y Espacio Profundo (Dos semanas después de la reconciliación en el Vaticano)

La paz que Pablo había logrado en el Vaticano era frágil, como un cristal que podía romperse con el más mínimo golpe, como una burbuja que podía estallar en cualquier momento, como un sueño que podía desvanecerse con el amanecer. Los rebeldes habían depuesto las armas, pero la desconfianza seguía latente en sus corazones, y el miedo seguía siendo un compañero constante en sus mentes. Las heridas de la división aún no habían cicatrizado, y las cicatrices de la guerra aún estaban frescas en las almas de los que habían sobrevivido. La unidad que Pablo había predicado aún no se había materializado por completo, y la sombra de la división seguía extendiéndose sobre la ciudad como una nube oscura, amenazando con cubrirla de nuevo.

Pero una amenaza mayor se cernía sobre la humanidad, una amenaza que haría que las divisiones internas parecieran insignificantes en comparación, una amenaza que uniría a la humanidad en un frente común o la destruiría para siempre. Una amenaza que venía de las estrellas, de las profundidades del cosmos, de los lugares donde la humanidad nunca había puesto un pie.

La nave del "verdadero Dios" seguía suspendida sobre Nueva Jerusalén, inmóvil, silenciosa, observando. Sus superficies de luz brillaban con una intensidad que no había mostrado antes, como si estuviera preparándose para algo, como si estuviera esperando el momento adecuado para actuar. Pero ahora, algo había cambiado. Una nueva señal había aparecido en el cielo, una señal que no era como las anteriores. No era una luz suave que envolvía la ciudad como un manto de paz. No era un mensaje críptico que invitaba a la reflexión. Era una advertencia. Una advertencia de que el tiempo se estaba agotando, de que la prueba final estaba a punto de comenzar, de que la humanidad debía prepararse para lo que venía.

Y entonces, la flota llegó.

No era una flota de naves de luz como la que había aparecido sobre la ciudad. No era una flota de naves de exploración o de mensajeros. Era una flota de naves de guerra, naves de metal y fuego, naves que habían sido construidas para la destrucción, para la aniquilación, para el exterminio. Miles de ellas, tal vez decenas de miles, surgieron del hiperespacio como un enjambre de avispas, rodeando el sistema solar, bloqueando todas las rutas de escape, cerrando el cerco sobre la humanidad. Eran naves de la raza ancestral, pero no eran las mismas que habían creado a la humanidad. Eran una facción diferente, una facción que había estado esperando el momento adecuado para atacar, una facción que no creía que la humanidad mereciera sobrevivir, una facción que veía a la humanidad como un error que debía ser corregido.

—"Hijos de la Tierra" —dijo una voz, que resonó en cada rincón del sistema solar, en cada hogar, en cada corazón, en cada mente—. "Soy el señor de la guerra de la raza ancestral. He observado vuestra evolución durante milenios. He visto vuestros triunfos y vuestras caídas. He visto vuestro amor y vuestro odio. He visto vuestra fe y vuestra duda. He visto vuestra luz y vuestra oscuridad. He visto todo lo que habéis hecho, todo lo que habéis sido, todo lo que habéis soñado. Y he llegado a una conclusión: la humanidad no merece sobrevivir."

La humanidad enmudeció. El silencio era absoluto, tan profundo que se podía oír el latido de los corazones, el susurro de las oraciones, el crujir de la ropa, el temblor de los labios. El pánico se extendió como un virus, infectando a todos los que escuchaban las palabras del señor de la guerra.

—"La prueba del amor ha sido un fracaso" —continuó la voz, con una frialdad que helaba la sangre—. "La humanidad ha demostrado ser incapaz de amar, de perdonar, de creer, de sacrificarse. La humanidad ha demostrado ser indigna de la vida que le fue dada. La humanidad ha demostrado ser una abominación, un error, un fracaso. Y ahora, la humanidad será juzgada. Y será encontrada faltante. Y el mundo será purificado para comenzar de nuevo."

—¿Purificado? —preguntó alguien, con voz temblorosa—. ¿Qué significa eso? ¿Qué va a pasar con nosotros?

—"Significa que vuestro mundo será destruido" —dijo la voz, sin piedad, sin compasión, sin amor—. "Significa que vuestra civilización será aniquilada. Significa que vuestra especie será extinguida. Para que una nueva humanidad pueda surgir de las cenizas. Una humanidad que sea digna de la vida. Una humanidad que haya aprendido a amar."

La humanidad estalló en pánico. La gente corrió por las calles, gritando, llorando, rezando. Los líderes políticos y religiosos intentaron mantener la calma, pero el miedo era demasiado grande, la desesperación demasiado profunda. Las familias se abrazaban en las plazas, los niños lloraban en los brazos de sus madres, los ancianos caían de rodillas pidiendo clemencia al cielo. La ciudad, que había renacido de las cenizas de la guerra, ahora se enfrentaba a una muerte que parecía inevitable.

Pablo estaba en la Plaza del Redentor, rodeado por los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban. La multitud se había congregado a su alrededor, miles de personas que buscaban respuestas, que buscaban esperanza, que buscaban una salvación. Sus rostros estaban iluminados por la luz de la nave que brillaba en el cielo, y sus corazones latían al ritmo de la incertidumbre.

—"Hermanos y hermanas" —dijo Pablo, con voz resonante, con la autoridad de un hombre que ha sido llamado a una misión más grande que él mismo—. "No temáis. El miedo es la herramienta de la oscuridad. El amor es la luz que la disipa. No dejéis que el miedo os controle. No dejéis que la desesperación os consuma. No dejéis que el odio os ciegue."

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó alguien desde la multitud, con voz desesperada, sus ojos brillando con lágrimas de miedo—. ¿Cómo vamos a enfrentar a una flota de naves de guerra? ¿Cómo vamos a sobrevivir a esto?




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