God's False Prophets: El Enemigo de las Estrellas

Capítulo XIII: El Sacrificio de Cristian

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén y Espacio Profundo (Tres días después del inicio de la guerra interestelar)

La nave del "verdadero Dios" brillaba en el cielo como un sol que había decidido detenerse, como una estrella que había caído del firmamento, como una promesa que finalmente se estaba cumpliendo después de tanto tiempo de espera y de incertidumbre. Su luz se intensificó hasta ser casi cegadora, envolviendo la ciudad con su resplandor, bañando los rostros de los que miraban hacia arriba con una mezcla de miedo y esperanza, de asombro y temor, de fe y duda. Era una luz que parecía venir del mismo corazón del universo, una luz que traía consigo el eco de la eternidad, una luz que decía que la humanidad no estaba sola, que nunca lo había estado, que nunca lo estaría.

La multitud en la Plaza del Redentor se arrodilló, alzando las manos al cielo, cantando himnos de alabanza y gratitud. Las lágrimas corrían por los rostros de los que habían visto la muerte de cerca, de los que habían perdido a seres queridos, de los que habían sentido el peso de la desesperación en sus corazones. Pero ahora, la luz de la nave les recordaba que la esperanza no se había desvanecido, que la fe no se había apagado, que el amor no se había rendido. La luz les recordaba que la verdad siempre prevalece, que el amor siempre vence, que la fe siempre triunfa.

Pablo estaba en el centro de la plaza, rodeado por los líderes de la Iglesia de la Verdad y los cardenales que lo apoyaban. Sentía el calor de la luz en su piel, sentía el peso de la responsabilidad en sus hombros, sentía la ligereza de la fe en su corazón. La nave del "verdadero Dios" estaba respondiendo a sus oraciones, estaba actuando en su nombre, estaba protegiendo a la humanidad. Pero sabía que la batalla no había terminado. La flota de la raza ancestral se había retirado, pero el señor de la guerra había prometido regresar. Y cuando lo hiciera, la humanidad necesitaría estar preparada.

—"¡Hermanos y hermanas!" —gritó, su voz resonando en el silencio de la noche—. "¡Mirad hacia arriba! ¡Mirad la luz! ¡Mirad la esperanza! ¡Mirad la promesa!"

La multitud levantó los ojos hacia el cielo, sintiendo que la luz de la nave los envolvía como un abrazo, como un consuelo, como una bendición. La nave del "verdadero Dios" seguía brillando, pero su luz se estaba atenuando lentamente, como si estuviera regresando a un estado de reposo, como si hubiera cumplido su propósito y ahora esperara el siguiente paso.

—"No temáis" —continuó Pablo—. "El amor es más fuerte que el odio. La fe es más fuerte que el miedo. La verdad es más fuerte que la mentira. Y mientras tengamos amor, fe y verdad, no podemos ser vencidos."

—¡Amén! —gritó la multitud, un rugido que sacudió los cimientos de la ciudad.

Pero mientras la multitud celebraba, Cristian se retiró discretamente. Caminó por los pasillos de las catacumbas, sintiendo el eco de sus pasos en las paredes de piedra, sintiendo el peso de la decisión que había tomado en su corazón. No había compartido su plan con nadie. Sabía que si lo hacía, intentarían detenerlo. Sabía que si lo hacía, intentarían convencerlo de que había otra manera. Pero no la había. Había visto la guerra. Había visto la destrucción. Había visto la muerte. Y sabía que, para que la humanidad sobreviviera, alguien tenía que dar el paso final.

Entró en su celda, una pequeña habitación de piedra iluminada por la tenue luz de una vela. Se arrodilló en el suelo, con las manos juntas y los ojos cerrados. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y su cuerpo temblaba de emoción. No tenía miedo de morir. Había vivido una larga vida, una vida llena de propósito y de significado. Pero sentía el peso de dejar atrás a los que amaba, a los que había guiado, a los que había protegido.

—"Padre" —murmuró—. "Padre, he tomado una decisión. Voy a dar mi vida por la humanidad. Voy a hacer lo que sea necesario para proteger a los que amo. Voy a sacrificarme como Jesua se sacrificó."

El silencio fue su única respuesta. Un silencio profundo, pesado, absoluto.

Pero en el silencio, había algo más. Una presencia. Una calidez. Un amor que trascendía cualquier comprensión humana.

—"Padre" —dijo de nuevo—. "Padre, dame fuerza. Dame valor. Dame la fe para seguir adelante. Dame el amor para compartir. Dame la esperanza para guiar."

El silencio se llenó de una paz que no podía ser explicada.

Y entonces, una respuesta llegó a su corazón. No era una voz audible, sino una certeza, una convicción, una fe.

—"No estás solo, Cristian" —susurró—. "Nunca has estado solo. Siempre he estado contigo. Y siempre estaré contigo. Hasta el final de los tiempos."

Cristian abrió los ojos y sonrió. No era una sonrisa de alegría, sino de gratitud. Sabía que estaba haciendo lo correcto. Sabía que su sacrificio no sería en vano. Sabía que la verdad siempre prevalece.

Cristian encontró a Pablo en la Plaza del Redentor, observando la nave que se desvanecía lentamente en el cielo. Pablo estaba solo, con la mirada perdida en el horizonte, con el corazón lleno de preguntas, con el alma llena de incertidumbre.

—Pablo —dijo Cristian, acercándose a él—. Necesito hablar contigo.

Pablo se volvió y lo miró. En los ojos de Cristian, vio algo que no había visto antes. Una determinación. Una paz. Una despedida.

—¿Qué pasa, Cristian? —preguntó, con voz preocupada.

—He tomado una decisión —dijo Cristian—. Voy a regresar a la nave del "verdadero Dios". Voy a hablar con el señor de la guerra. Voy a ofrecerle mi vida a cambio de la salvación de la humanidad.

Pablo sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Qué? —preguntó, con incredulidad—. No puedes hacer eso. No puedes sacrificarte.

—Es la única manera —dijo Cristian—. El señor de la guerra necesita ver que la humanidad es capaz de sacrificarse por los demás. Necesita ver que la humanidad es capaz de amar hasta la muerte. Y yo puedo mostrarle eso.




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