God's False Prophets: La Guerra de Sangre

Capítulo I: Las Cenizas del Profeta

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Catacumbas, Cámara Principal (Una semana después de la muerte de Jesua)

La muerte de Jesua había dejado un vacío que parecía imposible de llenar.

No era solo la ausencia de su presencia física, la falta de su voz que resonaba en las plazas, la desaparición de sus manos que sanaban a los enfermos. Era algo más profundo, más visceral. Era como si una parte esencial del mundo se hubiera desgarrado, como si el tejido mismo de la realidad se hubiera rasgado, dejando un agujero negro que absorbía toda la luz, toda la esperanza, toda la fe.

La ciudad, que había comenzado a reconstruirse después de la guerra de los Pecadores, se había sumido en un silencio pesado, un luto que se sentía en cada calle, en cada hogar, en cada corazón. Las calles que una vez habían estado llenas de vida, de risas, de cantos, ahora estaban vacías, desiertas, como si la vida misma se hubiera retirado, como si la ciudad estuviera de luto junto con sus habitantes. Las ventanas estaban cerradas, las puertas atrancadas, y los pocos transeúntes que se aventuraban a salir caminaban con la cabeza gacha y los pasos lentos, como si llevaran el peso del mundo sobre sus hombros.

La luz que Jesua había traído al mundo se había apagado, y en su lugar solo quedaban sombras, dudas y preguntas sin respuesta. ¿Por qué había tenido que morir? ¿Por qué el Padre lo había permitido? ¿Cuál era el propósito de tanto sufrimiento, de tanta pérdida, de tanta muerte?

Pablo estaba en la cámara principal de las catacumbas, rodeado por los miembros de La Verdad del Libro y los seguidores más cercanos de Jesua. Todos tenían los rostros pálidos y las miradas vacías, como si hubieran perdido algo esencial, algo que no podía ser reemplazado, algo que había sido arrancado de sus entrañas. La luz de las velas parpadeaba en la oscuridad, creando sombras danzantes en las paredes de piedra, sombras que parecían moverse al ritmo de sus corazones rotos.

El silencio era absoluto. Nadie hablaba. Nadie se movía. Solo el goteo constante del agua de condensación rompía el silencio, un sonido que parecía contar los segundos que les quedaban, los minutos, las horas, los días de una vida que ya no tenía sentido.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Angélica, rompiendo el silencio con una voz quebrada, apenas un susurro—. Jesua ha muerto. La Iglesia está en ruinas. El Vaticano está dividido. Los seguidores están dispersos, perdidos, sin rumbo. ¿Qué nos queda? ¿Qué sentido tiene seguir luchando si él ya no está?

—Nos queda la fe —dijo Pablo, su voz firme pero cansada, gastada por días de insomnio y desesperación—. Nos queda la verdad. Nos queda el amor. Y mientras tengamos eso, no estamos perdidos. No importa lo que pase. No importa lo que suframos. No importa lo que perdamos. Mientras tengamos fe, mientras tengamos verdad, mientras tengamos amor, tenemos todo.

—Pero ¿cómo podemos seguir luchando sin él? —preguntó Zamtio, con lágrimas en los ojos, su voz temblorosa—. Él era nuestra fuerza. Nuestra esperanza. Nuestra guía. Sin él, no somos nada. Somos como un barco sin timón, como un ejército sin general, como una fe sin profeta. ¿Cómo podemos seguir adelante cuando el camino está tan oscuro?

—No somos nada sin él —dijo Pablo, levantándose lentamente, sintiendo el peso de sus propias palabras—. Pero somos todo con él. Y él sigue con nosotros. Aunque no esté físicamente, sigue con nosotros. En nuestro corazón. En nuestra alma. En cada pensamiento, en cada palabra, en cada acción. Su espíritu no puede ser encarcelado. Su verdad no puede ser encadenada. Su amor no puede ser apagado.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Daichar, con voz cargada de duda, su rostro marcado por el cansancio y la desesperación—. ¿Cómo puedes saber que sigue con nosotros? ¿Cómo puedes tener tanta fe cuando todo parece perdido?

Pablo lo miró directamente a los ojos. En su mirada había una luz que Daichar no había visto antes, una certeza que trascendía cualquier duda, cualquier miedo, cualquier desesperación.

—Porque lo siento —respondió Pablo, su voz firme y clara—. En mi corazón. En mi alma. En lo más profundo de mi ser. Lo siento. Y sé que, mientras lo sienta, no estamos perdidos. Mientras su amor viva en nosotros, mientras su verdad nos guíe, mientras su esperanza nos sostenga, no estamos perdidos. No importa lo que pase. No importa lo que suframos. No importa lo que perdamos. Mientras tengamos su amor, tenemos todo.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Cristian, su voz grave pero firme, aunque sus ojos mostraban signos de cansancio y desesperación—. ¿Cómo vamos a seguir adelante? ¿Cómo vamos a reconstruir lo que se ha perdido?

Pablo guardó silencio. El peso de la responsabilidad caía sobre sus hombros como una montaña. Miró a los rostros de los que lo rodeaban: Ximena, con sus ojos llenos de amor y preocupación; Cristian, con su sabiduría y su fuerza; Daichar, con su lealtad silenciosa; Angélica, con su ferocidad y su dolor; Zamtio, con su juventud y su fe temblorosa; Teus, con su inteligencia y su calma; Emilio, con su devoción y su tristeza; Milenca, con su fe inquebrantable y su hijo Daniel en brazos; Elizabeth, con su compasión y su fuerza; Sebastián, con su sabiduría y su humildad.

Todos lo miraban. Todos esperaban una respuesta. Todos necesitaban una guía.

—Vamos a continuar su misión —dijo Pablo finalmente, su voz firme y clara—. Vamos a predicar su mensaje. Vamos a construir el mundo que él soñó. Vamos a preparar el camino para el que ha de venir. Vamos a ser la luz en la oscuridad, la esperanza en la desesperación, el amor en el odio.

—¿Quién es el que ha de venir? —preguntó Ximena, con voz temblorosa, tomando la mano de Pablo.

Pablo la miró largamente. En sus ojos había una tristeza profunda, pero también una paz infinita.

—No lo sé —admitió—. Pero sé que vendrá. Y sé que debemos estar preparados. Jesua nos lo dijo. Nos lo prometió. El que ha de venir llegará en el momento adecuado. Y nosotros debemos estar listos para recibirlo.




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