God's False Prophets: La Guerra de Sangre

Capítulo II: El Nuevo Profeta

Año 20.260 - Ciudad de Nueva Jerusalén - Distrito Central, Plaza del Redentor (Dos semanas después de la muerte de Jesua)

La noticia se extendió como un incendio forestal arrasando un bosque seco, devorando todo a su paso y dejando solo cenizas y preguntas.

Primero fueron rumores, susurros en las esquinas, palabras intercambiadas en voz baja en los mercados y en las plazas. Gente que había visto algo. Gente que había sentido algo. Gente que juraba que el profeta había regresado. Luego, testimonios concretos, historias que se repetían con variaciones, pero que siempre compartían un núcleo común: un hombre, una luz, un milagro.

—Lo vi con mis propios ojos —decía un hombre de mediana edad, con los ojos brillantes de emoción y las manos temblorosas, en el mercado del distrito sur—. Estaba en la Plaza del Redentor, como cada mañana desde que el profeta murió. Iba a rezar, a recordar, a mantener viva su memoria. Y de repente, una luz blanca. Una luz como la que envolvió a Jesua cuando murió. Una luz que cegaba, que calentaba, que transformaba. Y cuando la luz se desvaneció, allí estaba él. De pie. Vivo.

—¿Jesua? —preguntaba una mujer, con los ojos abiertos de par en par, su voz apenas un susurro.

—No —respondía el hombre, con una mezcla de asombro y confusión, como si él mismo no pudiera creer lo que estaba diciendo—. No era Jesua. Era otro. Pero igual. Igual de carismático. Igual de poderoso. Igual de... divino. Tenía la misma luz en los ojos, la misma paz en el rostro, la misma autoridad en la voz.

—¿Quién es? —preguntaba otro hombre, acercándose al grupo.

—No lo sé. Pero dice que es el que ha de venir. El que Jesua anunció. El que preparará el camino para el verdadero mesías. Dice que su nombre es Elías.

—¿Y si es un impostor? —preguntaba un escéptico, un joven con el rostro marcado por la duda—. ¿Y si es alguien que está usando el nombre de Jesua para ganar poder?

—¿Un impostor? —el hombre reía con incredulidad, una risa que no contenía alegría, sino asombro—. He visto sus milagros. He visto cómo sana a los enfermos. He visto cómo devuelve la vista a los ciegos. He visto cómo resucita a los muertos. ¿Eso es un impostor? ¿Eso es un engaño? ¿Eso es un truco?

—¿Y cómo sabes que no es un truco?

—Porque lo he visto con mis propios ojos —dijo el hombre, con una convicción que no admitía réplica—. He visto a un paralítico levantarse y caminar. He visto a un leproso recuperar la piel. He visto a un ciego recuperar la vista. Y no era magia. No era tecnología. Era algo más. Algo que no puedo explicar. Algo que solo puedo sentir.

Pablo escuchaba los rumores con el corazón apretado, con una mezcla de miedo y esperanza que no podía conciliar.

Había pasado las dos semanas desde la muerte de Jesua tratando de mantener la fe de los seguidores, tratando de unificar a las facciones, tratando de prepararse para la guerra de Sangre. Había predicado en las plazas, había consolado a los afligidos, había respondido a las preguntas de los que dudaban. Había trabajado sin descanso, durmiendo apenas unas horas por noche, comiendo cuando podía, siempre en movimiento, siempre en lucha.

Pero ahora, este nuevo desafío amenazaba con deshacer todo su trabajo, con dividir a los seguidores, con sembrar la duda en los corazones que apenas comenzaban a sanar. Si este nuevo profeta era real, entonces todo lo que había hecho tenía sentido. Pero si era un impostor, entonces todo estaba en riesgo.

Estaba en una pequeña habitación en las catacumbas, una celda de piedra húmeda que olía a moho y desesperación, rodeado por los miembros más cercanos de La Verdad del Libro. Todos tenían los rostros sombríos, las miradas cargadas de preocupación, el peso de la incertidumbre en sus hombros. La luz de una vela parpadeaba en el centro de la mesa, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra.

—He oído los rumores —dijo Cristian, rompiendo el silencio, su voz grave y preocupada—. He enviado a algunos de los nuestros a investigar. Dicen que hay un nuevo profeta en la Plaza del Redentor. Dicen que está haciendo milagros. Dicen que está atrayendo a miles de seguidores. Gente que había perdido la fe, que había abandonado la esperanza, que había olvidado el amor, ahora está volviendo a creer.

—¿Crees que es real? —preguntó Angélica, su voz teñida de duda y esperanza—. ¿Crees que realmente es el que Jesua anunció? ¿Crees que es el que ha de venir?

—No lo sé —admitió Cristian—. Pero sé que debemos investigar. No podemos actuar sin saber. No podemos juzgar sin ver. No podemos condenar sin entender. Si es un impostor, debemos exponerlo. Si es real... entonces debemos saberlo.

—¿Y si es real? —preguntó Zamtio, con voz temblorosa, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y esperanza—. ¿Y si realmente es el que Jesua anunció? ¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo sabemos si debemos seguirlo o no?

Pablo levantó la cabeza. Sus ojos estaban cansados, enrojecidos por la falta de sueño y el peso de la responsabilidad, pero en ellos brillaba una luz de determinación que no se había apagado.

—Entonces lo aceptamos —dijo, su voz firme aunque cansada—. Jesua nos dijo que vendría alguien después de él. Nos dijo que preparáramos el camino. Nos dijo que el que ha de venir llegaría en el momento adecuado. Si este hombre es el que ha de venir, entonces debemos seguirlo. Debemos confiar en él. Debemos creer en él.

—¿Y si no es real? —preguntó Daichar, su voz ronca por el cansancio—. ¿Y si es un impostor que está usando el nombre de Jesua para ganar poder? ¿Y si está manipulando a la gente, explotando su dolor, su miedo, su desesperación?

—Entonces lo expondremos —dijo Pablo, su voz firme y clara—. Pero no podemos juzgar sin ver. No podemos condenar sin saber. No podemos actuar sin entender. Debemos ir a verlo. Debemos ver sus milagros con nuestros propios ojos. Debemos escuchar sus palabras con nuestros propios oídos. Debemos sentir su presencia con nuestro propio corazón. Y luego, decidiremos. Juntos. Como hermanos. Como hermanas. Como una sola Iglesia.




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